27 de junio de 2012

La barcaza y la Colombia de a 20



Tu sangre es hoy toda la roja sangre viva del ancestro africano.
Hija en todos los tiempos del tambor, la flauta, la noche y el desierto,
del ardiente trópico húmedo como de su primer verdoso grano.
Llevada con hierro forjado fue tu historia a la mar y a todo puerto,
embarcada así por oro y fuerza en la caravana de la colonia.
Lo supiste como lo sabes. Con los españoles se fue encubierto
el desfile austero y fatal de quien llora toda última ceremonia.

¿Qué sientes tú que fuiste y eres en el amasijo de esta amalgama?
¿Hay para todos un mismo cobertizo con una misma coraza?
El fuego del pasado arde contigo y conmigo está tu ardiente llama.

Ah mi Nueva Granada que aquél día te vio llegar así desnudo
a sacar de los campos y de la tierra la azúcar que no era tuya,
a querer hacer de tus signos y tu madre lengua apenas un nudo,
forzándote con puño y cadenas a entonar el primer aleluya.
¡Fuiste pies y planta del ritmo de todo aquello que me soy y canto!
En las alturas con tus alpargatas de algodón, de fique y cabuya
lavaste el tosco ladrillo, la dura piedra y untaste el calicanto.

¿Qué sientes tú que fuiste y eres en el amasijo de esta amalgama?
¿Hay para todos un mismo cobertizo con una misma coraza?
El fuego del pasado arde contigo y conmigo está tu ardiente llama.

Soportaste como esclavo creando de la desdicha un cimarrón,
orgullo del viejo Espartaco que no vio los cimientos del palenque.
Pusiste ahí con la cumbia y con la marimba en tu cabeza un jarrón
y que ahogaba en lo más hondo la falta de ritmo del criollo enclenque.
No llegó a las Américas con la espada y ocaso de Napoleón
mas que otra palpable forma evidente del miedo ciego y su rebenque,
mas que otra forma de engullirte vivo en el invisible Panteón.

¿Qué sientes tú que fuiste y eres en el amasijo de esta amalgama?
¿Hay para todos un mismo cobertizo con una misma coraza?
El fuego del pasado arde contigo y conmigo está tu ardiente llama.

Estabas entonces en un conflicto esencial con todo dueño blanco,
estabas entonces del lado callado de todo cuerpo oprimido.
Mientras Haití en el norte se bebía su libertad en el barranco,
tú creabas mágicos códigos secretos con llamas y silbidos.
Entretanto se escribió en el diecinueve la aparente Independencia
que al final no te trajo sino un apaciguamiento ya conocido
y quizás también el sueño de que Yanga compartiera su cadencia.

¿Qué sientes tú que fuiste y eres en el amasijo de esta amalgama?
¿Hay para todos un mismo cobertizo con una misma coraza?
El fuego del pasado arde contigo y conmigo está tu ardiente llama.

Ese mismo siglo vio nacer empapada la palabra mestizo,
contenedor de todas las aguas históricas en la misma taza.
Ese mismo siglo vio a Martí hallar en las pieles espejo postizo
al escribir que “no hay ningún odio de razas porque aquí no hay razas”.
La Gran Norma de Núñez se abrió camino con la rojiza alborada
y que no desató al ciudadano ni te aflojó mucho las tenazas,
empezando nuevamente el estribillo de la añosa mascarada.

¿Qué sientes tú que fuiste y eres en el amasijo de esta amalgama?
¿Hay para todos un mismo cobertizo con una misma coraza?
El fuego del pasado arde contigo y conmigo está tu ardiente llama.

Los Mil Días con su Guerra expulsaron a tu cuerpo de los terrajes
levantando en el Cauca la resistencia de Cinecio, El Empautado,
para encaminar con Córdoba el Chocó al estrado de corbata y traje.
En la perdida aldea se alzaban en lucha los tuyos enlutados;
por todas las promesas de cal y arena y todas las nubes errantes.
Llega con la reciente norma de normas un nuevo juego de dados
que se ha mostrado hasta este sol andino cojo, sordo e inoperante.

¿Qué sientes tú que fuiste y eres en el amasijo de esta amalgama?
¿Hay para todos un mismo cobertizo con una misma coraza?
El fuego del pasado arde contigo y conmigo está tu ardiente llama.

Recuerda señor mío hoy el horizonte y tú el mañana bella dama.
Que la ventisca seca la lágrima turbia y afloja la mordaza,
filtrando luz de esperanza, aclarando el más venturoso panorama.
Navegarás de vuelta hacia tus sueños nostálgicos en la barcaza.
¿Qué sientes tú que fuiste y eres en el amasijo de esta amalgama?
¿Hay para todos un mismo cobertizo con una misma coraza?
El fuego del pasado arde contigo y conmigo está tu ardiente llama.

21 de junio de 2012

Un plan



"No solo importa cuan efectivo es el resultado sino el conocimiento sistemático de cómo está hecho" se repetía a sí mismo.

'El punto finalmente es que todo experimento valioso pueda ser replicado en multitud de ocasiones y oportunidades guardando el contexto de cómo se hizo y para qué y que la comunidad científica -y hasta la no científica- pueda modelarlo nuevamente y para siempre hasta el final de los tiempos. Que ese mismo resultado les permita a varios hacer esas caras de ajá, sí, claro, mano que estrecha otra mano de satisfacción y hasta orgullo porque sí, en efecto, la cosa funcionó, y abrazos de fraternidad intelectual porque sí, no cabe duda, la joda esta da si se le mira por abajo y por debajo, por arriba, de medio lado, en diagonal, con pendiente de 45. ¡Funciona! Le funcionó a un sinfín de los muy-muy, estrellas faranduleras de la ciencia y la matemática, aunque, bueno, la matemática es otro parche, de verdad es que es otro maní, mejor dicho, es otro cantar porque ahí no se trata de amontonar datos y datos ni hecharle número a bases de información puesta gota a gota en espera de que la conclusión estadística sea la esperada, al contrario, el 'cuy' del trabajo es montar teoremas en caballo y que se demuestren infaliblemente. Pregúntenle al Fermat que le jodió la vida por décadas a una fila de güevas hasta que pin, salió el que con papel y lapiz, como todos, encontré el arito rojo. Chistoso, por ejemplo, andar  con lanza mental y con ojímetro a la caza de esos neutrinos de mierda que como divas sólo sacan un dedo de cuando en cuando -una única vez cada miles de años- entre cúmulos enormes de hielo en donde fácilmente podrían caber todas las ballenas azules del mundo. Pufff el suicidio, la inutilidad y la paciencia infinita de sentarse a ver el pasto crecer, y digamos, verlo crecer en cámara lenta. Pero como hay gente pa'to'o pues yo también'. 

En esas, con las manos aún rodeando el cuello ya rojizo por el estrangulamiento en esta noche de jueves y grillos, en la soledad varias horas río arriba de un terreno inmenso como Alemania cubierto de árboles y matas y maleza, habitado por no más de un centenar de personas de otra lengua y otro origen, se dio cuenta, como en un chispazo de Eureka con bola de fuego 1604, que su plan minucioso en este caso en particular tenía un pequeñísimo incoveniente: el resultado no podría ser practicado nuevamente, no habría nunca una oportunidad más de poder analizar el objeto de su interés ni de seguirle sus pasos. Nunca en lo sucesivo habría cómo nuevamente medirle cada uno de sus encuentros y formas, cada una de sus expresiones. Su voz, sus maneras, las redes de su aleatoriedad. Descubrió en la fiebre y en el mar de su pesadilla de carne y hueso que esa apretujada carne sólo pertenecía a ese hueso roto y que sólo se podía, como aún sólo se puede, 'perseguir, diagramar y matar un cuerpo amado una única vez'.  

4 de junio de 2012

Siguiente.


Y es que no va a ver un sitio disponible para él sino el sitio ocupado que nunca va a ocupar. Se quedará observando todo ese círculo cerrado al que no va a pertenecer. Rosca y anillo de alianza, club secreto que ignorará para siempre. Rasgando la puerta de entrada. Intentando mirar por entre las rendijas y los matorrales. Perdido en un cúmulo de frases y códigos ininteligibles. Armado de diccionarios en línea, en físico, en rombos verdes y azules. No le queda de otra que aceptar que ya no está. Que acaso si estuvo, es hora de dar la media vuelta y retornar a ese campo de luces en donde pelean caballeros dorados y las armaduras se enlazan en un sueño de comedia y de divinidad. Le queda por destino un aro de arena ardiente que tiene su nombre solo para él, para gente como él, para quienes ya fueron tasados tal cual como él. Habrá de sumergir sus penas y dolores y lamentarse hasta que el Todo supremo de burbujas universales se encoja entre un Kelvin infinito y se expanda con el frío absoluto separando átomos y corpúsculos. Sin más, la silla vacía de él siempre ocupada de ti.

23 de mayo de 2012

Famosos hocicos


No, hombre, no. No te podés sólo quedar viendo por la ventana esperando que alguien venga y te salude. Menos si te escondés detrás de la cortina y apenas dejás ver un ojito café, de noche y cuando llueve. Está bien, ya estoy exagerando. Pero apuesto este hueso carnudo mío a que tan lejos de lo que te pasa no estoy. La verdad es que entiendo que sos tímido y que te afana que te hablen y no tener qué decir pero no cabe duda que más allá de esa sala debe estar quién quiera acompañarte a dar un paseo saltando líneas en los andenes del cemento. Un personaje por ahí de esos que lanzan cosas y te conversan como si te importara el tema o como si acaso pudieras entenderlo. ¿No te han dicho alguna vez bebé? ¿Niño? Claramente ninguna de las dos. A mí, debo decir, me molesta que me confundan o me quieran hacer parecer uno de ellos. No es cierto. Nosotros somos lo que somos. ¿Qué se creen tan interesantes como para quitarnos nuestra descripción milenaria para adaptarnos a la de ellos? Me pido 'no'. Voy por el 'gracias pero no, gracias'.  Pero bueno, me fui por entre las ramas. Hablábamos de tu dizque tristeza. Ok, ok. Hablamos. En presente y aún no en pretérito. Pues bien, la verdad es que yo pasé por cosas similares cuando descubrí que además de patio existía en ante-jardín lleno de flores y un camino cual atajo a la calle cuarta en dirección al centro de la ciudad. Deberías ver esos museos casi llegando al Morro. Llenos de árboles para recostarse y darles vuelta y dejarles una marca. Uno piensa, ¿de tanto territorio marcado, aún queda territorio por marcar? Yo creo que sí. Yo creo que en ese entrecruzamiento de amoníaco queda visto que hasta para nosotros la globalización es un hecho. Pero vos, que te la mantenés de la cocina al patio, del cuarto y la cama al baño y el sanitario, vos que no hacés sino jugar a onomatopeyas humanas debajo de las sábanas, vos que sólo se te ocurre aparecerte cuando te dan pan y te lanzan un pedazo de carne como a una foca. ¿Es que te creés una foca? Habrese visto tal absurdo. Vos que no  hacés sino mirar poniendo tus dos patas en ese vidrio esperando un no sé qué para no sé quién y nunca sabemos cuándo, vos, este vos al que veo oler la rendija inferior de la puerta para sentir el día y sus vientos, que no te has pillado que las redes sociales nos pertenecen a nosotros también, mejor dicho, ¿ vos me venís a decir a mí que lo único que te enseñaron para manifestar inconformidad y pereza y modorra y furia fue a ladrar?

14 de mayo de 2012

El Acomodador y la Nueva


"Pues no, no compro ningún producto de Apple porque no me da la gana. Porque me pasé a la contrareforma como si estuviera yo jodiéndole la vida al ahora, al actual Lutero. Me armo de ganas y del ejército de mi propia voluntad y mis ganas de hacer berrinche y quedarme quieto como un burro que pone su rabo para no levantarlo jamás nunca. Nada. Ni Microsoft ni cafecito de Starbucks. Mucho menos una de esas hamburguesas McDonalds que van en contra de la entropía como si así de chistoso pudiese uno ir por la vida negando la termodinámica. Tampoco aguanto hambre y me endeudo hasta quedar sin un culo de plata mirando por la ventana como un perro porque no tengo pa' gastar, para comprarme un pedazo de trapo y bolsa que dejará de ser interesante en unos, digamos, dos meses. ¡Dos meses! No. No quiero pertenecer a esas sectas modernas disfrazadas de tecnología donde la gente celebra que se abra una tienda nueva y duerme en las puertas como un mendigo para pagar quién sabe cuánta plata y que hace filas por horas y horas para ponerle pasta metálica a una adicción que más parece un T.O.C. y un BANG en la sociedad. No me vengan con cuenticos de dizque innovación ni pantalones desgastados, envejecidos porque sí, ni comidas que saben diferente porque son de tal o cual marca y son súper buenas, más allá de lo mejor, lo último de lo último, lo más de lo más; y no porque sepan diferente sino porque, mezclados con esa acosadera y ese bombardeo constante de imágenes, cual día D, nos hacen creer que son diferentes y buenos y que hay que tener varios en la alacena a la espera que se venzan porque se nos vencen. ¡Y nos lo creemos! Me molesta esa visión casi religiosa y familiar de Coca Cola y Nike y quién sabe cuánta maricadita más por ahí metiéndose en los portaretratos como si fuera la mamá de alguien o el hijo de alguien o algo importante y no un líquido negro con mucha azúcar y que sirve para soltar las tuercas oxidadas del carro de mi papá. ¿En qué momento se dio que nuestro cerebro se alumbra con las revistas en las mismas partes que se alumbran con los rostros de nuestras mamás, con la intagibilidad de la fe? ¿Por qué este afán de compartir todo con todos a toda hora?"

Luego de tan larga perorata que se decía a sí mismo mientras acomodaba uno de los detergentes para ropa de color en el pasillo tres de la sección de aseo, se decidió a continuar con las cajas de cereal. Era un día feriado en el que tuvo que reemplazar a la Nueva. La tonta hermosa que, por más hermosa y nada tonta, seguro estaba durmiendo justo en ese momento con un alguien que él quisiera ser. Se decidió a hacerlo en espera de que su sacrificio al menos le diera la oportunidad de decirle a ella: "de nada, cuando quieras".  De mirarla a los ojos. De permitirle gastar en ella por lo menos la mitad del salario mínimo que recibía mensualmente y que no le alcanzaba ni para olerlo. Eran ya las cinco de la tarde. Sentado en un banquito diminuto para su gordura, miró por una de las ventanas enormes del súper mercado hacia la calle 53: el cielo estaba gris y las calles, o esa calle, estaba solitaria. El cemento estaba quieto y no temblaba siquiera por la proximidad de un bus articulado. Empezaba a llover. De sus ojos, que le picaban por el polvo de los cartones, se deshidrataba un mundo solitario. Se evaporaba de arriba hacia abajo una laguna azul en la que flotaba un futuro ahogado.

7 de mayo de 2012

La última


¿Por qué gritas? De hecho, ¿por qué no lo hago yo? Sólo veo arrancándote, desgarrando cada palmo de tu miedo, de ver ese cuerpecito ahí, sentado, que pudo suspirar una última vez. No hay nada más que quieras proteger, sólo tu propio ser que protege esas manitos que ahí adentro juegan a modular nuevas palabras. Quizás ignorando el cataclismo que pudo ser. Hay mucho más que hubiese podido ser. Una realidad fantasma en la que se acumulan todos esos teatros invisibles. Tus lágrimas son el grito del cemento. Las cuerdas tensas de tu garganta. Mi mutismo.

27 de abril de 2012

Cuántas


Y yo te puedo imaginar a ti leyéndome a mí y acordándote tú de ti. Y yo te leeré y me verás leyéndote y me veras viéndome a mí: recordándome en las letras que un día tú escribiste. ¿Te animas a vivir en un mundo de espejos? Contigo preferiré ver el reflejo de aquello que imaginas cuando ves el mío. Veo aquello que proyectas y ahora quiero ver la proyección de eso que reflejan las ondas que tu todo rechaza. Quiero perderte en el reflejo infinito de una habitación tapizada de cristales lisos. No te pares enfrente. Déjame observarte con la espalda. Con los ojos confusos de tanto verte en todas partes. Ni tampoco apagues la luz que ilumina esta cueva hija del cuarzo. Intentaré no dormir. Y aun si me vence el cansancio y la sangre del cuerpo, aun si la fuerza del piso me empuja sobre su regazo, soñaré que te puedo imaginar a ti leyéndome a mí y tú me soñarás acordándote tú de ti y de mí soñándote en esta intersección de burbujas flotantes.

22 de abril de 2012

Aislar


Me privaste de sensaciones.
De una luz que quemara mi rostro.
De un sonido que invadiera el aire que respiro.
De un espacio finito que pudiesa palpar.
Me dejaste en un cuarto cuyas paredes son mi propia piel.
En donde estoy conmigo y a nadie puedo hablar.
Me desaparezco sin saber si sigo vivo.

¿Cómo doy cuenta de mi existencia?
¿Qué podría indicar el punto de mi yo en un aquí y en un ahora?

El encierro y el olvido.
Una noche infinita sin estrellas en el infinito temporal es ahora mi universo.
Pequeña área sin registro que navega inúltimente mi conciencia
intentando dar un mapa físico a esta cama en la que me recuesto.
A este piso y esto que parece una puerta sellada.
Siento que me encuentro entre la intersección de vivir y de estar ya muerto.
Y retorno a mi memoria y alguno de mis sueños
buscando el reto del oasis inasible
que aparece en este desierto de penumbra absoluta y silencios.
Me atacan mis nostalgias.

Suena un piano y una flauta.
Las orquestas todas retumban dentro de mi cabeza
acosándome por renacer más allá de mi cuerpo.
Un pitido constante,
ruido acumulado de todo aquello que pudo sonar en mi pasado.
Me acosa y me persigue y no puedo sino golpearme
contra las paredes rogando por orden sonoro o de nuevo filoso mutismo.
Mi mente busca manifestar a sí misma el mundo.
Crear un saco de señales en el cual pueda introducirme y asfixiarme.
Y se detiene y vuelve. Me despierta cuando estoy despierto.
No sé cuánto tiempo ha pasado ni cuanto habrá de pasar.

Ahora puedo ver luces en esta ceguera inducida.

11 de abril de 2012

En segunda persona.


Aquello que soy yo cuando me puedo ver a mí mismo.
Ahí en dónde está mi yo cuando soy los ojos de un ser que mira mi cuerpo.
Separado de mi carne, juzgo el acero filoso sobre mis venas en un brazo que no me pertenece.
Ausente de esta escenografía en la que he estado siempre inmerso.
Acaricio a dos palmas mi espalda.
Pues es este yo el que toca mi piel y esta piel ajena que toco.
Me he puesto otros ojos y otro espejo.
Y con ellos un yo que elude los sonidos y las carnes que sostengo.
He visto cómo ver en otro rostro
y me he visto sentir en otras manos.
Toqué mi labios con otros labios
y me sentí besado por mí.
Converge en cada yo dos mundos
que se diluyen en un sistema.
En una estructura de sensaciones
a las que yo llamo yo.
Hubo un instante
en el que el reflejo de mí mismo
era alguien más.
Y la conciencia de mí ser no existía.
Hay un ahora que cree decidir el disparo
cuando eso otro que también me abarca
ya ha optado por disparar y a qué
y el porqué.
Eras tú quien poseía en ese entonces.
Eras tú quien sostenía el arma.
¿Fueron justo ahora tus labios?

1 de abril de 2012

96


Hay dolores que me humanizan.
Soy este murmullo que grita.
Este río que se apaga.
La sangre que fluye de la herida.
La cabeza rota y la fruta amarga
Hay dolores ajenos que me pisan.
Mientras tanto,
me callo atrapándome en una sonrisa.
Todas las noches mientras dormir intento
aparece la penumbra afilada
y me escondo bajo el peso de la piel
y el párpado.
Y ahí te escucho, que llegas y arrancas mis nervios.
Y los estiras.
Porque no me queda sino este adentro
en donde el cuchillo y el diente habitan.
Hay dolores.

22 de marzo de 2012

Memoria sistemática.



¿Cuánto es una vida? Todo el tiempo que siento que pasa en mis días y miro hacia atrás y pienso, ¡ya diez años desde que empecé aquello! ¡Ya veinte desde que terminé con ello! ¡Ya casi treinta desde empezar a empezar! Mi sensación de los días que se van es de mucho haber vivivo, de mucho recordar, de mucho querer escribir y planear y dormir y comer y compartir. Cuántos 'y' podría acumular. ¿Qué es una vida? Una esperanza de vida, que en el mejor de los casos, no supera los ochenta y cinco, algunos cien y otros, no sé, ¿130? Y sin embargo, llevamos milenios, treinta milenios amontonados en huesos y herramientas por ahí enterrados en cuevas y desiertos antes mares y valles antes lagos y edificios imperiales antes montículos, memorias que se guardan como cuentas de ahorro en el banco del tiempo. Pienso en todo lo que ellos una vez pensaron mientras ponían sus manos en rocas y acantilados con un propósito que no sólo nos resta imaginar y suponer. Pretendiendo sistematizar ese silencio que nos llega palpable. Hace tanto...hace apenas un suspiro de una estrella. Cuando llegaron y se decidieron a por las playas del mundo y las cordilleras y las nieves perpetuas, las bacterias ya tenían casa y esposa y finca y veían en estos humanos erguidos una novedad, una irrupción al día corriente de lo que siempre había sido. Esos que se decidieron un día por carne y puntas de lanza, corriendo por ahí con planes y miedos pensando que quizás esos cuerpecitos que en el océano infinito y sin nombre tambaleaban miles, bien podían ser cazados, mordidos y mirar a ver qué pasaba. La escritura, que tanto la defendemos, llegaría mucho pero mucho después y sólo para hacernos no más humanos sino más sociedad. El lenguaje que se formó como conclusión fortuita de estar juntos para no estar separados como osos polares y demorarnos en comer y sobrevivir y reproducir. El amor, con toda su música y arte y pintura y poesía detrás, apenas un mecanismo para asegurar la colaboración y la manutención. Mi vida, que arrastra apenas un pedazo de todo lo que podría recordar, me parece larga y más larga me parecerá mientras continúe hacia adelante caminando el río ese de Heráclito, que no me queda de otra, y me pregunto si la sensación de mucho llega a un límite en donde dos veces mucho es simplemente mucho. No importan los superlativos o los eufemismos a los que acudamos sino esa percepción interna de todo lo bailado. De cuando ya no podemos contar el número de palabras que le dijimos, ni las lágrimas que le lloramos. Ni siquiera los días, con sus horas y sus minutos, apenas si los años. La vida no es corta, preguntésmole por si las moscas a la mosca, sino que de repente se corta. Se va así nada más al archivo y compendio histórico del horizonte que nos registra y se registra a sí mismo. Antes de tanta cosa, estaba un olvido o mejor, un recuerdo que no sé recordaba a sí mismo.

12 de marzo de 2012

Durmiente.


Tengo otra vez miedo de mis sueños.
De esos rostros que veré. De esos espacios sin sonido y paredes huecas y corredores sin fin. De sombras en donde todo es borroso y complementan huecos y pinturas a medio hacer. Superpuestas siguen las sensaciones en mi piel. Allá aún te siento.
Anoche me saludaste y es ya tu cuerpo y voz el globo perdido en el horizonte que alumbra con gasolina las estrellas en el fondo. Me hablaste y me dijiste que volviera a las tres. Quizás porque aún creo que tu humanidad existe en este ahora. Quizás porque no hay otra manera de existir sino creyéndote. Y ahí, en ese bar en donde hablamos y en donde no se me explicó cómo debió montarse esa realidad, tus amigos eran otros. Luego fui conciente. Un mundo lúcido se me vino en un chispaso y me dijo que todo esto bien no podría ser y era momento de retirarse sin despedirse. Te quedaste trabajando y yo vi de civil, mientras salía por el ascensor, al vigilante de mi edificio.
Cuánto temo de las imprecisiones. Y ahora es el pánico de dormir el que asfixia.

26 de febrero de 2012

Quien se preocupa.


Lo miraba entre ojos mientras él hablaba por teléfono con su familia. Se escuchaba de fondo ¡aló! ¡mamá! y sólo podía suspirar apenas entrecortádamente y tomar agua con el dolor en la garganta por ese puño de pensamientos que le aprisionaban las amígdalas y lo dejaban respirando a medias. "Hoy, no sé, hoy otra vez me invade ese miedo por él. Ese susto porque un día tome un taxi y se vaya entre golpes y amenazas a los rincones perdidos de colinas verdes y casas de madera en donde sólo la desolación aguarda y las ganas de gritar agarrándose la cara y llorar la indignación de la desgracia y la pérdida de toda fortuna. ¿Qué es más de temer que evidenciar cuán frágiles somos, cuánto daño nos pueden hacer, cuánto pueden herirnos? Lo escucho de fondo reírse sin saber todo lo que puede pasarle y sin saber que yo no puedo hacer nada ni advertirle ni protergerle. Que su cuerpo es dueño de ese río que lleva a quién sabe dónde y con quién sabe quién. A un desierto infinito en donde el calor deshidrata todos los sueños e inunda de arena todas las fosas nasales. ¿Qué habré de decir si un día pasa todo esto que me aterroriza a la ropa que dejó, al café que quedó sin preparar, a las puertas que no cerró? ¿Qué habré de decir los días en que no pase y en los que yo me ahogo de pánico y certeza?"

10 de febrero de 2012

Del azar.


La felicidad de ahora se empaña mañana con la filosa hacha de la incertidumbre.
Con el pedregoso camino nublado y perdido que parece de oro o podredumbre.
Empuja empero el miedo al vacío de toda esta desconocida muchedumbre.
Que sin saberlo es presa inevitable del afán del futuro. Inocua servidumbre.
Dejándonos así el cansancio, el hambre y la lejanísima visión de la cumbre.

Es que son todos los destinos hijos expulsados de un padre impreciso y aleatorio.
Pues la tarea es ya vivir y nada saber y nunca adivinar en un mandato obligatorio.
Dormir y despertar en la sensación perpetua de reposar en un reformatorio.
Pidiendo, a quien creemos nos escucha, heridos de rodillas en el reclinatorio.
Todo ondula, es ambulatorio. Sólo resta la única verdad: y es el crematorio.

Cierto es que es esa sola la única llamada de sonido claro y la única final certeza.
Y nos resumiremos un día en la memoria de pocas alegrías y de muchas tristezas.
Quitando de nosotros, con uñas cortas, rostros caídos y resistentes cortezas.
Así pues no hay pobre que a la nada no tema ni sirve ser de púrpura Alteza.
Todo puede cambiar de repente y la zeta no va más aquí y viene la sorpresa.

Es mi amigo invisible: el azar
el que callado todo llega a tazar.

1 de febrero de 2012

9.


Hoy, en este uno de este dos en el 2012, ha llegado el nueve. 29.
Es ahora la mitad del día y afuera el sol en Bogotá ya alumbra.
No hay lágrima que caiga ni la luz del alma se ha hecho penumbra.
El río es claro y es el tiempo, que corre a toda, un suspiro breve.

Ah veo de reojo un pelo menos en esta cabeza de poco relieve,
una arruga invisible que entre cortinas pronto hará su entrada.
Ahora quieren aflorar barrigas derretidas por tanta cucharada,
porque casi llegan los tiempos de la fiesta corta y el licor leve.

Habrá que correr un poco más. Sudar bajo el cielo mientras llueve.
O quizás entre hierros suspirar y aspirar y hacer de todo un vegetal.
Que ya la sombra de la queja constante y la llamada final y letal,
viene fría y cercana a mi encuentro como una tormenta de nieve.

Pero me queda la alegría y soy feliz en esta barca que me mueve.
He aprendido un poco a mejor caminar liberando algo de la carga.
Y con lo que amo y me ama jamás habrá adelante agua amarga
pues no hay número infeliz ni nada duele en este mi año veintinueve.

19 de enero de 2012

Bus 491


Te miró. En esa silla roja cuando apenas te subiste. Estabas tú de pie, él sentado. Pagaste los mil quinientos pesos y te diste la vuelta. Él alcanzó a mirarte de reojo. Quizás el culo. Tú hiciste esa cara que siempre haces de no me di cuenta pero como que sí y buscaste en dónde sentarte pero no era posible. Estaba ese bus mañanero de Sábado empaquetado como un canguro con trillizos en donde apenas si se podía respirar y no había espacio ni para un grano de arroz parado. Aun a pesar de los diez grados afuera, dentro de esa caja de sardinas, el vapor de los cuerpos, el dióxido de carbono expulsado en la respiración agitada de los pasajeros, esos dizque treinta y siete grados acumulados, pegados y manoseados, parecía un horno con pollos dando vueltas. Tú sudabas un poco. Habías salido tarde como para variar y habías tenido que correr las dos últimas cuadras para alcanzar a tomar el número 491 en dirección a la Avenida 68. Él quizás se había subido un poco antes. Había logrado esa silla roja que, entre otras, no te cedió. Tú de pie, incómoda pensando que él podía mirarte cómodo y sentado. ¿Qué te miraba? ¿Qué fue eso que te miró que te ponía nerviosa? Eso considerando que apenas si podías mover la cabeza para buscar la de él e imaginarte con una visión casi ingenieríl sobre la ubicación y dirección de sus ojos. Pero te gustaba, ¿no es cierto? Te gustaba un poco esa morbosidad de transporte público que descubriste diáfana una vez te quitaron con rayos de luz la miopía horrible que te acosaba. Ahora percibías con el ojo biónico del cuello, ¿lo percibiste con el ojo espiritual de tus ganas? Y es que claro, seguían y seguían subiendo personas. Más vacas, ¡más! Parecía un carro de payasos lleno de clase media y trabajadora con educación media y estudiada. Te ibas corriendo de a pocos a pesar de los empujones como para no alejarte mucho de él y que te dejara de mirar. Te seguía mirando. Era casi evidente, mejor dicho, empezaste cual James Bond a usar el vidrio de tu teléfono celular para entrever al hombrecito este que te gustaba porque, hay que decirlo, te gustaba o te gustaba la situación en la que te veías envuelta con él. Él pareció darse cuenta porque una vez usaste tu dispositivo telescópico, casi pero que casi, casi inmediatamente, sonrío. Quizás porque él se creía muy atractivo o muy interesante o porque fuiste tú la que primero lo miró sin darte cuenta mientras pisabas los tres escalones para subir a ese bus. Quizás. En esas situaciones en donde hay tantos gallos apretujados todo puede ser, uno no sabe con quién intractúa y resulta amigo de miradas y enemigo de empujones. Había pasado ya una media hora, creo, cuando cerca a la Calle 100 viste cómo, ¿sentiste?, se levantó y fue a la mitad del vehículo en donde tú a trancas y mochas habías llegado infiltrándote en esos pequeñísimos recovecos. Pasó justo detrás tuyo y te susurró algo muy al oído, si duda ningua. Era para ti el mensaje. Tú eras la destinataria de esos códigos soplados. Luego siguió, gritó algo como ¡aquí! ¡jueputa! ¡Qué no oye! Y se bajó. Como estabas justo frente al andén en dónde se bajó pudiste ver cómo se quedó quieto mirando el bus y esperando un momento. ¿Qué esperaba? ¿A ti? Decidiste hacer nada porque eso que te habló en la oreja no lo entendiste. Ni jota. Como una ilusión se desvaneció todo y el resumen de todo eso fue que te miró.

10 de enero de 2012

El último.


Algún día he de morirme y conmigo todas estas memorias que son las mías. Algún día se han de morir todos mis recuerdos.

4 de enero de 2012

Data

¿Qué será de todo esto? De estos niños que suben a las mesas en los segundos pisos y gritan y juegan con muñecos de Mario Bros. ¿Qué de las siluetas que entreveo? De ese don que conversaba y me explicaba sobre dos hermanos menores y una historia en un pueblo perdido de donde lo sacaron corriendo hacía ya veinte años con sus días y horas. La doña que siempre saluda y pregunta por el don que me llama fijo mensualmente a echar chisme y acompañarse de sí mismo y sus espejos. Se desvanece por cada baldosa que continúa y cada saludo que se pierde en la memoria, en la mía. Cuántas camas he tocado, en cuántos colchones de sábanas y comidas que vienen en bandejas y servilleta de tela. Ella, la última vez, estaba incómoda al ingresar y verme en pijama. Pertenecíamos, parecía tan evidente, a tantas diferencias y tantas humanas casualidades que apenas la sonrisa desdibujó la pereza y esa incomodidad y se perdió en el corredor de alfombra roja en donde nunca he de verla nuevamente o conscientemente nuevamente. Hubo una  que en el primer piso de esa mole de cemento que me recordaba al Minotauro y su desgracia y que se río de alguna bobada mía colgado en el mueble y que no pretendía sino manifestar una queja al aire y el vapor colado. Cuántos que llegan sin dejar marca y se van. Cuántos sonidos de fondo e imágenes y palabras y juegos de palabras y canciones y risas y espacios vacíos que con miedo caminé y que se iluminan y se oscurecen y quizás se llenan vaciándose para asustar a alguien que nunca supo que yo estuve ahí sintiendo ese temor inexplicable que nos empuja a caminar rápido y mirar de lado a lado. Cuánta memoria tiene el universo que acumula todos los sucesos. Yo apenas puedo con unos pocos míos y quiero dormir sin sueño ni pesadilla en un eterno por siempre para siempre en donde todo esté presente y perceptible y no haya que preguntar porque las respuestas nunca se fueron para volver con moño rojo escondidas, esperando ser llamadas, encontrandas, violadas. Un punto entrópico en que todo converge a una voz que me habla sin sonido dentro de mí y me indica qué escribir mientras mis dedos pulsan y construyen códigos que brotan de las entrañas de mi infancia y mi primera lengua. Ahora acostado con un aparatejo sobre mis piernas. Hace poco usaba esferos. Ahora, sólo me sirven para firmar y unas pequeñas notas.

27 de diciembre de 2011

En los míos.

No es lo que yo haría si estuviera en tu misma situación. Es lo que deberías decirme cuando lo esté. Por eso te lo digo.

12 de diciembre de 2011

El cuarto de al fondo.

Cuan callada suena al fondo la noche. Cómo se va el ruido de las motos y el bus verde que siempre espera vacío en la esquina. Mojada su superfice en el reflejo del poste de luz que a medias traza su sombra. Pasa esta hora como pasa la huella de un mañana en silencio. Y salpican, saltan. Corren las brumas y la espuma entre los dedos de quienes pagan con billetes los cigarrillos y los dulces. Se desparraman los racimos de los árboles ficticios, de entre tiendas y señoras gordas en chanclas y sillas rojas de plástico y frío y bufandas. El silbido que sale de una boca incierta llama a un suspiro mío y a un beso tuyo.

20 de noviembre de 2011

El número por 2.

La verdad estaba en ese archivo. Todas las personas que bajo su yugo habían caído, todas las historias inventadas, todas esas pantominas y esas cortinas de humo, que eran de hierro. Sabía que sólo debía encontrarse ese pequeño dispositivo que acumulaba un historial macabro de gritos y opresiones.
Se hizo un matemático primerizo para sobrellevar la carga de no encontrar una clave perfecta que sólo él pudiese saber y conocer. A través de una serie de mecanismos intentaba obtener una distribución adecuada de letras, números y símbolos que le permitieran sólo a él acceder al contenido.
Había sido sistemático y decidió armarse de toda la academia que pudo.
Carpetas de fotografías y videos acumulados de ya varias décadas de actividad constante y apasionada. De estudios formales y estadísticas. Entrevistas de tantas bocas rojas. Tantos cuerpos desnudos. Tantos suspiros y gritos. Imágenes de centenas de algoritmos e intentos tangibles, a ensayo y error, hechos a mano entre la desesperación y la convicción de quien sólo cree cierta su propia visión del mundo que le contiene.
Amontonada estaba la prueba, en ese ícono símbolo visible titilando en la pantalla de su computador y cuyo nombre era una cifra de errores sistemáticos, de almas. Él sólo necesitaba una clave perfecta.

25 de octubre de 2011

Un cuarto de media mitad.

No supo qué decirle. Le temblaban los labios ante su mirada que parecía evaluarla y juzgarla. Sin saber que ella, al frente, de frente esperaba ser empujada y desgarrada. Él tenía el control parcial de la situación. Era ella quien con su mirada, le indicaba avanzar o retroceder.
La noche se hacía cada vez más negra. De fondo apenas si escuchaban personas caminando (o corriendo) de escape de ese aguacero diminuto que llevaba apenas unos minutos cayendo. Ellos tomaron el bus a tiempo y se bajaron a tiempo. La primera gota cayó justo en el momento en que cruzaron la puerta del edificio y saludaron en casi un suspiro al vigilante. "Ricardo, buenas noches. Una compañera de trabajo". Ricardo, cubierto de cuatro metros de bufanda, musitó algunas palabras de saludo y feliz noche casi incomprensibles y los ojos, que se escondían en ese mar apretujado de lana, cerraban por la modorra y el tedio de doce horas de espera y de apretar el botón de entrada y salida. Subieron cuatro pisos en silencio. Llevaban más o menos dos meses de conocerse, un mes de gustarse, quince días de hablarse con confianza, diez de invitarse en grupo a algo más tarde, cinco de tropezarse, tres de encontrarse las rodillas cuando las sillas pegadas en las reuniones no daban espacio para más, dos de tocarse las manos, uno de invitarse a coger el bus juntos un día de estos ya que eran más o menos vecinos. (O eso les gustaba creer. Más menos que más pero cada quién elige la distancia que le resulta conveniente. De hecho, vivían a media hora en taxi el uno del otro). Él la hizo entrar tocándole quedito la espalda como quien quiere presionar con elegancia el ingreso a un espacio común y muy esperado. Ella sintió ese corrientazo de pedazo de tela peluda que pasa por el omoplato desnudo. Le ofreció la silla de enfrente y el sillón y el tapete y la silla del comedor. Realmente no dijo nada. O sí, fue con la cabeza que le indicaba en dónde sentarse. Mejor dicho, le dijo con un trío de gestos siéntese donde usted quiera, bien pueda, pero siéntese, ya. Déjeme tocarla, déjeme sacar todas estas palabras que me obstruyen la manzana de Adán y no me dejan respirar. Déjeme decirle cuántas ganas le tengo. Cuánto quiero abrazarme en cucharita con usted. Ella, que no entendía ese vaivén perdido de la cabeza de él, atintó a poner media nalga en el cojín de la mitad. Lo miró nerviosa invitándola a acompañarla.  No supo qué decirle. Le temblaban los labios ante su mirada que parecía evaluarla y juzgarla. Sin saber que ella, al frente, de frente esperaba ser empujada y desgarrada. Él le quiso quitar una pelusa en el hombro. Primero la sopló y luego pensó que era la oportunidad para posar un par de dedos sobre ella. Luego se dijo, listo, aquí fue, y le acomodó un racimo de cabellos no desacomodados para ponérselos detrás de la oreja en donde ya estaban previamente. Empezó a rozarle la frente con la yema de los dedos índice y pulgar, luego la parte superior de la nariz, luego la comisura derecha. Ella, que entraba casi en un estado de taquicardia, se dejaba palpar de a pedazos imaginando a futuro lo que él palparía esa noche. Lo que le dejaría palpar y morder. Se escuchaba la noche por ahí, filtrándose, deslizándose por entre las ventanas y los pinos sembrados en el patio del conjunto. Alguien sonreía en otra ventana ajeno a lo que pasaba en esta mientras veía la televisión. A ellos les quedan las horas y las cucharas artificiales. Poses clásicas y número y letras y cuatros y sesenta y nueves. En la mañana, a la hora de volver a trabajar y de mirarse a los ojos rapidito simulando una dizque frialdad y un aquí no ha pasado nada, se tocarían las rodillas para confirmarse que habría sin duda otra media nalga para sentar.

7 de octubre de 2011

Pupila

Se unen con este cuerpo todas tus sombras, toda la magia de las pestañas que se quedaron a rastras en las lágrimas que nos bañaron. Ese día cuando volviste otra vez a mí.

30 de septiembre de 2011

Para Tefa, con puño y letra, sin puño ni cachetada.

Esto prentendía ser un comentario de halago y admiración en un blog que me gustó mucho pero como hablo por contrato y básicamente porque hasta las flores se cansan de mi discurso, me tocó, figuró, me vi en la obligación de escribirlo como entrada en mi blog particular. ¿Propósitos publicitarios? Todos. Hay que aprovechar. Ahí va:

"Hola señorita, ¿señora? Yo queriendo ser educado -querido- y ya empecé mal, creo.

En primer lugar (primero que todo) me gustaría decirte que elegiste muy bien tu sobrenombre. O al menos a mí me encanta. Qué nick corto, efectivo y curioso. Así pues, felicitaciones. ¿Cómo llegaste a él?

Oye, hay que decirlo empujando, me gusta el tono en que escribes. Debe ser difícil, no me cabe duda, mantener un tono amable y controlado cuando intentan sacarte la piedra y poner el dedo en la herida luego del latigazo mientras, seguro, el rancho propio les está ardiendo. Van dos felicitaciones. Mejor dicho, ya me da miedo redactar acá, para ser precisos, que no exactos, dos veces que digo felicitaciones. Pfiuuu...¿Por qué se escribe siempre esa palabra en plural?

He disfrutado mucho leyendo los comentarios de apoyo. Pero disfruté más, y qué pena la sinceridad, leyendo los que te critican. Son muy divertidos la mayoría, alzados, busca-broncas y, en general, ingenuos.
Me quedé con un par inquietudes: uno, ¿la gramática desde cuándo es una ciencia? La filología quizás sí lo es; pero me late-chocolate que tampoco. ¡Mi reino de dos pesos a que no! Dos, se me hace que cometes
un error estadístico o, lo que llamaríamos, un problema de selección de grupo de control cuando dices ¿qué culpan tienen los mexicanos?

Ninguna, quizás la única culpa que tienen es que me piquen mucho sus chiles aunque me gusta el picante. Al final es mi culpa por pretencioso...pero bueno, luego dices que "a Colombia se la está carcomiendo una enfermedad llamada odio..," y "he aquí otro ejemplo de lo que es Colombia". Hay que decir que toda muestra representativa es una muestra pero no toda muestra es una muestra representativa. Ese problema de las generalizaciones sí que es un problema. Mi abuela, claro, decía: “es que uno se la puede pasar conociendo a todo el mundo”. Como cuando, de vuelta por las Europas, me decían, por supuesto, es que usted como es latino seguro baila y muy bien, y yo decía, pues no sé qué tan bien bailo pero me bailo hasta el sonido de una gotera y no sólo porque sea latino. Los hay que tienen el ritmo de un aguacero o de una balacera (en medio de un aguacero).

Por demás, muy bonito lo que escribes, me gusta el tema de la ortografía e intento con cierto esfuerzo perezoso escribir siguiendo las reglas que conozco y aprender las que desconozco. También obviar
las que sinceramente no me interesan. Por ejemplo, undécimo, decimo primero, onceavo, me tiene sin cuidado. Al final no hay desviación ninguna frente a lo que se quiere decir y lo que se dice.

Eso me quedó experimentando otros idiomas en mis estudios profesionales. Me desgastaba mucho intentando ser correcto en la gramática inglesa o alemana cuando lo que a mis interlocutores les importaba era que fuera efectivo y eficiente y pudiera expresar lo que me interesaba y que ellos me lo entendieran. Así que de “make an effort” o “put an effort”, “make the bed”, “do the bed” hay tanta distancia como de “con base en” a “en base a”. (Como escribir dos veces “y” a cambio de una “coma”). Al final, diría una excompañera de trabajo, "es la misma gata sólo que revolcada”.

Pero pues, al final, cada cual a lo que le guste. Y a lo que le disguste. Para este pechito no hay un argumento totalmente válido que no esté sesgado por el capricho en estas materias de la comunicación y los lenguajes. Las redes cuando sociales traen el velo de la incompresión. Paila game over insert coin push start.

Y ya, mi queridísima, qué bueno poder escribirte. Me siento en un estado de comodidad que lo único que me haría falta sería una cerveza, o dos, o tres…para luego derivar en un slang incomprensible y, por lo
mismo, entretenido y chistín.

Es decir, lo importante no es la verdad sino el placer de pretender discutirla. Luego a dormir pa’ siempre que la entropía le echa agua a todas las fiestas. Muchos saludos. Todos.

(Yo acá escribiéndote desde el trabajo con mi jefe acosándome cual dedo de telégrafo sólo que en mi hombro derecho)

¡Abrazos!"

18 de septiembre de 2011

Yo think dass.

No se trata de que sea como fue sino que se trata de que sea como nosotros creemos que fue.

5 de septiembre de 2011

WeBquity

WeBquidad.
Que no nos quedemos atrás.
Que atrás están los cables y la bruma.
Que la bruma no me deja agarrarte la mano.
Que necesito de tu mano para existir.
Pues sólo soy mientras fluya entre nosotros el éter invisible.
Y las palabras.
Y los silencios.
Los papeles inundan las calles y yo me ahogo entre los árboles que se mecen en las últimas.

26 de agosto de 2011

Al otro lado del charco


Era de noche.
Se levantó.
"No. No es la ciudad. Soy yo. Por mí es por el cual corre el frío y el humo negro. Es este yo el que sacia su sed con poca agua. Es la garganta que duele luego de salir a caminar. Es simplemente que no estás tú."

6 de agosto de 2011

Paila.

"¡Pero, claro, lo sabías!. Nada llega de él sin un costo para vos y para mí. ¡Para todos! A costa de algo. Lo que te perdás, lo que te pierda: ¡pues te jodiste!"
Ella sólo pudo inclinar con vergüenza la cabeza. Le pesaba no haber notado que se le iba de a pocos. Que entre tantas aparentes charlas y fiestas se le deslizaba de a gotas frías por las yemas de los dedos. Él sólo podía mirar hacia el frente, en dirección a su oreja izquierda. Sin mirar a los ojos. Como en foto de graduandos. Era incapaz de siquiera tocarla.
"Perdoname, mañana lo hago mejor".
"Tenés que. El ayer retorna sólo en nostalgias".

24 de julio de 2011

Me ahogo.

Se hundía. El agua a pocos centímetros de su cuello subía lentamente. Un minuto necesario para avanzar una uña meñique de distancia. Pudo pensar en su pasado. Tuvo tiempo para recapitular viejos recuerdos. Algunos perdidos entre la maleza de la nostalgia. Algunos sin embargo maravillosos: besos, sonidos, olores a mango en la mesa. Todo se iba en una cubeta a medias. Los que amaba. Esos rostros que dejaría y quienes se disolvían como la sal en la desesperación y la taquicardia. Respiraba agitadamente. No podía concentrarse más. El agua lo alejaba en este punto de pensamientos particulares o largos o concisos y se encaramaba a él como una babosa cubriéndolo todo. Sentía cómo la nada y la muerte expresadas en líquido diáfano le abrazaba inesperados recovecos enredándole las piernas y el torso en una tela de seda que apunta a encerrar al gusano. Finalmente se conectaron todos los hilos y tejidos poniendo llave y candado para siempre en ese cascarón. El manantial de vida lo mató.

13 de julio de 2011

Yas.

¿Entiendes? Le dijo

Bueno, entiendo con una claridad de miedo, diría yo, en una aproximación asintótica a la iluminación académica, mejor dicho, entiendo que el asunto es considerablemente bien complicado. ¿Cierto? Le respondió. –ella 1-

El tema, la verdad, es que en este preciso caso lo menos esperado es lo que, de hecho, pasó. En esa medida, tú vislumbramiento -que ni de la espada del Augurio-, es, claramente, posible, pero es sobre todo, y esto sí que viene al caso, plausible. Le enfatizó. – ella 2-

Entonces creo que debiste preguntarme si te explicabas tú correctamente. Porque asumiste que tu modelo estructural de lenguaje debía ser apenas el mismo o un poco menos que eso. ¿Me explico? Le preguntó. –ella 1-

Es cierto, me explico no dándome a entender cuando infiero que tus axiomas son los mismos. ¿Te explico? Le respondió una pregunta con otra pregunta. –ella 2-

7 de julio de 2011

En la ubicación.

"¿Qué me voy a poner a hacer? ¿Queda acaso algo más para este silencio y este frío y esta ausencia?" No supo qué decirle. Sentía que había sido todo un error, un malentendido. Que no era simplemente lo que él creía. Una historia increíble. Una excusa. "¿Qué?" Apenas murmulló: "no sé".

5 de julio de 2011

48

¿Cuándo pasa el tiempo? era lo que a oscuras en el corredor del edificio ella se preguntaba el día 48.

3 de julio de 2011

En 4.

"¿Qué será de las sombras cuando yo me vaya?" Se preguntaba enredada entre rocas de azúcar, escondida en una grieta de dos centímetros, detrás de la cómoda, a cuatro patas, mirando a todos lados, en la negra noche, una cucaracha.

27 de junio de 2011

Me la bailo.

Le decía a su hijo de cuatro años mientras sonaba un merengue en el carro. Justo en la parada del semáforo y a mitad del camino de la casa al colegio. "Cómo me gusta el Merengue. Es necesario aquí aclarar que no te estoy hablando del merengue musical. Tampoco, del merengue como postre sino del merengue que se baila, del que se escucha. El de caderas. Sus maneras y formas. Sus golpes lentos no carentes de gracia sino llenos de fiesta y cuerpos sudados. No es una marcha puntual y cuadriculada como, aunque no te lo creas, lo dijo alguien por ahí. Qué cosa tan absurda, ¿no? Pero bueno, ¿no crees tú que la agitadera viene claramente de una tierra gigante de músicas y bailes, de cumbias, de salsas sabrosas, de samba. Un mundo de pájaros y bananos, de un lugar con gentes múltiples para quienes a pesar de la marcha que les resulta vivir, siempre bailan?". Se quedó callado mirando el cielo a través de la ventana. Su hijo un poco distraído pensaba en qué comería y a qué horas. Ya tenía hambre. "Stimmt". Le dijo, pues aprobaba esa sentencia y estaba totalmente de acuerdo."

"Fíjate. Me da la impresión que va a llover". Dejó en claro nuevamente a su hijo.

18 de junio de 2011

Olla en el fogón.

No quedaban en la bolsa más marañones. ¿Qué hacer? ¿En dónde podría y a esa hora conseguir nueces para el pesto? Ella llegaría en media hora y él estaba aún intentando sacar con un tenedor los pedazos que estaban atrapados en la licuadora. El horno a punto, la paila sobre el fuego a punto, el vino blanco ya en la nevera tomando tono y frescura. Condones en el lugar adecuado, lubricante en el rincón justo. Una lista de música pensada con detalle para avivar el sí. Ropa elegante, un poco holgada para disimular la incipiente barriga y sobretodo fácil de quitar.
Decidió entonces ir a la tienda que quedaba a la vuelta. Eran dos cuadras y media. Cuatro minutos más o menos. ¿Y el fuego que ardía en las ollas? Todo cuadraba al parecer. Había el tiempo justo Se puso el saco de domingo, los primeros zapatos que encontró y salió del apartamento. Eran tres llaves, claro. Una para la puerta, otra para la reja de la puerta y otra para la reja del patio que tenía, como protección, un candado. En par voliones hizo todo, llegó al pequeño mercado y consiguió, menos mal, las tres bolsitas que necesitaba. Pagó, dio las gracias a Doña Mery -la de la tienda- y se devolvió casi corriendo, del mismo modo en que lo haría trotando en la mañana mientras le daba vueltas al parque. Finalmente, en frente de su casa, respirando a medias (la falta de ejercicio, ustedes saben), buscó azarado y afandísimo cómo abrir el dichoso y oxidado candado. Primero, una mano en el bolsillo derecho en donde usualmente guardaba las llaves. Nada. Segunda opción: en el otro bolsillo podría ser ya que no había llevado en ese afán el celular y siempre lo ponía en el izquierdo. Nada. ¿En el buso? No tenía espacio ninguno, hueco ninguno, sólo vejez, sólo dejadez. Sólo mugre. No había nada qué hacer. Miró al cielo suspirando levemente. Había olvidado dentro las llaves.

9 de junio de 2011

Mecha.

Miraba el techo blanco con detenimiento. Poco a poco se fue cobijando pues el frío glacial se entraba por entre la puerta que nunca cerraba bien. Siempre llevándose a rastras el tapete para abrirse. Intentaba concentrarse en dormir y se decía a sí mismo una y otra vez "Es hora. Apágate". Sin embargo, apagarse le recreaba cables y botones. Luces rojas que como vampiros estaba ahí entre enchufes escondidos detrás del sofá y de los sillones malgastando el flujo que algún día, destino cruel termodinámico, dejaría de suplir semejante consumo. Podía casi, pero es que mejor dicho, como si estuviera ahí, decía, podía prácticamente ver la extinción de todas las estrellas. Primero restarían miles de millones de millones, luego miles de millones, luego millones, luego cien miles, luego miles, luego cientas, luego unas cuantas decenas, seguido apenas unas ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos y finalmente quedaría una estrella en un infinito universo solo y vacío y aburridísimo como el que más, apenas alumbrando la nada en donde seguramente nadie vive ni hay quien cuente la historia. Como una vela en el viento que el Día de las Velitas está a punto de desaparecer, ya sea por el viento y la lluvia que nunca falta para esa conmemoración o porque no hay ni mecha ni cera para sostenerla. Como una llama de la estufa que le cae agua. Así veía esa moribunda estrella perderse en la lejanía de un pasado brillante y de carácter fuerte, de novela de medio día, con explosiones y arcoiris, ondas que arrastraban todo, flores que chupaban, pieles que se bronceaban, aguas que se evaporaban. "Apágate". E intentaba apretar con los dedos diferentes partes de la piel. En el culo, en las piernas, en la cabeza, en un ojo pensando que quizás sí había un interruptor para largarse de ese momento pragmático y poder ir de parche con Morfeo y Baco y hasta Jesús. ¿Quién dice que no son parranderos? A todos les gusta la pachanga, fijo. Pero no le funcionaba. Sabía que con planetas, luceros y cometas, al otro día tenía que levantarse a cumplir con el requisito, siempre aburrido, de existir y trabajar y hacer charlas y lobby y política y volver y, mejor dicho, hacer todo eso que todos hacen y que él hacía y llevaba haciendo por años. Seguramente en la vida que ya pasó, si es que lo de las reencarnaciones es verdad, le tocó la misma vaina. En la siguiente sería igual. Y en la que le sigue a esa. "Mejor que se apague esa vela" se dijo poniendo énfasis y deteniéndose en todas las sílabas. "No la prendas, apágala". De repente, abrió los ojos y ya eran las seis de la mañana. Con él una estrella en lo profundo.

1 de junio de 2011

Compás.

Era innecesario que lo intentara. No había realmente qué contorsionarse de esa manera. La cabeza bajaba con el tono de la cuerda del violín y se inclinaba en dirección a su pie derecho. La espalda recta. Las puntas de los pies en el ángulo correcto para sostener en equilibrio el cuerpo. Iba al son de cada golpe, de cada sonido del tambor, del cuero, de las palmas. Perfectamente sincronizada en piso y frente al auditorio. A todos esos ojos que miraban. 


No hacía falta, sin embargo, demostrar tanta técnica ni gracia. Bastaba con que lo mirara a los ojos a la salida del teatro. Era lo único que él, sentado viéndola danzar, le pedía para sacarla a caminar.

26 de mayo de 2011

As dust.

Time has passed, so fast. It has, at least but always comes last.

22 de mayo de 2011

Tocando la manija.

Era dolor. Al mirarla, supo que era dolor. La gesticulación, todo el grupo de músculos trabajando conjuntamente para crear en ella una imagen fiel y clara ante sus ojos de cuánto la hacía sufrir. Le corrían ya algunas lágrimas entre los ojos. Arrugaba la frente intentando sin éxito no llorar, no mostrar que acababan de pisotearla y que se sentía humillada, apartada y olvidada. Apenas pudo bajar un poco la cabeza y posar la línea de su pupila con las baldosas a cuadros. Pasaban los segundos. Mortales. El cuarto empezó a llenarse de sentimientos empujando por entre los espacios disponibles los gases inertes. Sólo se escuchaba el sollozar de la garganta de esa mujer quien, sabía claramente, había amado. Se preguntaba qué había pasado entre esos días, ahora pasados, estando juntos, con comidas en medio y planes y familia y amigos. Promesas de paraisos perdidos, viajes y sonrisas. De cuando se comían hasta la saciedad y la gula. De cuando se comían todos sus mutuos recovecos. Qué había pasado para que simplemente la rama que comunicaba sus mundos se hubiese roto para jamás rehacerse. Él configuró una máscara de vergüenza y de impotencia, supo que no podía hacer nada más que caminar por ese rincón oscuro de la mentira y la traición en donde él debía ser el culpable y ella quien sufría las consecuencias del delito. Se acercó apenas un pequeño paso en dirección a ella que parecía desmoronarse lentamente dejando caer de entre sus dedos el papel con la anotación a esfero negro que evidenciaba todo. Miraba solamente sus zapatos que él creía estaban temblando. No era capaz de enderezarse y decirle que debía irse, que no le quedaba más tiempo con ella y que la puerta siempre para él, desde el día uno hasta ese justo instante, había estado abierta. Era un hueco entre las paredes para siempre partir. Pusos sus ojos en dirección a la ventana y a la misma altura en que estaba la cabeza de ella. Afuera sólo se escuchaba el vacío. Algunos carros pasaban. Comenzó a pasarse la lengua por entre los labios como si quisiera lubricar la guillotina que resultaba su boca. Quería desangrarse y era él quien filtraba la vida de ella. Suspiró sin hacer mucho ruido pero profundamente. Mañana muero, ahora ya lo sabes de mi boca. Intentó pronunciar algo más. Añadir explicaciones de por qué había tomado una decisión semejante olvidando tanto pasado y tanta agua bebida y por beber. Ella no pudo siquiera repetir lo que acababa de escuchar. Sólo le quedaba entre las nostalgias el sonido de los zapatos que casi arrastrándose se iban cruzando la puerta.

20 de mayo de 2011

Sensor.

Como sea que sea mejor, es mejor que se haga así. 

17 de mayo de 2011

El peso.

Por supuesto no valía la pena. No tenía sentido discutir semejante cosa con quien ignoraba todo cuanto había pasado. Todas las largas caminatas. Todos los bultos que sus hombros habían resistido. Todo el peso del sol y el sudor y la piel descalza que se deshacía por el maltrato constante de un camino sin delinear. Era simplemente imposible pensar que esos ojos de vidrio de muñeco pudiesen tan siquiera compadecerse por el nivel de agitación, por el sonido fibrilante de su garganta, por sus cayos ni por la piel que ya parecía forrar los huesos. Iba hasta el pico de la colina a rellenar de tierra cada uno de las decenas de sacos dispuestos a sus pies. Le tomaba más de tres horas completar uno solo. La caminata era ardua y desgastante. Le daba tiempo para pesar su desgracia y este castigo infame por el pecado de otro. Pero no había más. Es lo que hay. Era lo que había. Dedicó horas y horas, de varios días y de un par de semanas para completar la labor. Siempre al volver miraba de reojo a su carcelero, al muro blanco de su rostro esperando al menos una comisura que se moviera en alas de conmiseración, una mirada de cariño, una palabra de aliento.
Cuando terminó, sediento, se acercó finalmente casi de rodillas -y no por la falta de dignidad ni orgullo sino por falta de energía- al puesto de mando y dirección de semejante hombre pugnaz: "he terminado, trescientos cuarenta y tres sacos. ¿Puedo retirarme?"
El hombrecillo aquél, de estatura mediana, con una cuanta de barriga, sentado por días eternos de años inmemoriales en esa misma silla viendo a reos y desgraciados cumplir sus condenas forzadas y forzosas arrastrando cadenas, alzando ladrillos y cementos, golpeando la piedra dura, cargando miserias y nostalgias, le dedicó apenas un parpadeo y mientras alistaba el siguiente cigarrillo le aclaró con un sable el panorama: "son tres colinas. LLevas una".

9 de mayo de 2011

¿Qué dice? ¿Que me pise?

Uno siempre quiere eso pero, al final, no es eso realmente lo que uno quiere. Es lo que uno dice que quiere lo que, precisamente, uno no quiere. Pero sin embargo, lo dice.

Adjet-drez.

¿Por qué aveces se dice "en todo el sentido de la palabra" si, aunque teniendo muchos sentidos una palabra, sólo puede tener el sentido que tiene?

5 de mayo de 2011

Mannheim.

Cruzo el Atlántico para estar en tu regazo.
Miro azulado tus ojos y te abrazo.
Estoy contigo.
En tu sueño y tu cansancio.
En el año que para ti llega.
En cada uno de tus pasos.

2 de mayo de 2011

Presueño.

Eran las tres de la mañana. La luz de la cocina del apartamento contiguo alumbraba una de las paredes y permitía apenas esbozar las pocas cosas que habían en su habitación. No podía dormir. El colchón viejo y ya tan usado había sido empujado a un rincón junto con la única maleta que tenía. La ropa del día estaba a medio doblar sobre la baldosa roja cuarteada por los años y la humedad. No había música. Sólo el sonido de una gotera en el patio del primer piso en donde se bañaban los niños más pequeños. Un ritmo lento, aveces rápido. El sonido del agua que caía, le recordaba a la ducha de su abuela. Su niñez secándose las manos en toallas perfumadas que era intocables pero que él usaba y con todos esos pequeños jabones aún envueltos en  plástico. Esa cortina de olor a plástico madurado. Todos los huecos taponados por el óxido ancestral, le dejaron entonces  filtrar apenas un hilito mojado que era suficiente para bañar la piel tersa de los primeros años y los pliegues de los últimos. Tenía los pies fríos. La noche estaba estrellada o parecía estarlo. Hacía frío. Entraba un viento afilado y constante por la única rendija dañada de la ventana que más temprano había tapado con el periódico de la mañana y, que la lluvia reciente, había tirado al traste. La ingeniería de la cinta pegante había cedido a la fuerza natural. En ocasiones, el vidrio silbaba a fantasma y a augurio de augustos porvenires. Sentía como si la salmuera del mundo entrase vaporosa por ese pequeño ducto y se desparramase justo entre la comida que guardaba y llevaba guardando por semanas anticipando su partida. Pero, ¿se iría? Esa era su pregunta. Llevaba yéndose constantemente, escapando de un vacío que no lograba entender o hallar, de una especie de velo invisible que aparecía de repente en los lugares que visitaba después de algunos días y que lo asfixiaba como la máscara al que está próximo a ser decapitado. Aveces sucedía en horas, otras en semanas. Pocas en años. Sentía inicialmente una angustia profunda, un temor callado de ser reconocido y aceptado en un espacio del que desconfiaba pues desconfiaba de todos los espacios llenos. Al final la desesperación se abría paso y la claustrofobia adquiría siempre un matiz absoluto pintando todas los ladrillos y todos los cementos. Cuántos años de climas diversos, de comidas con sabores distintos. Cuántas introducciones, cuántos mucho gusto, mi nombre es y estudié en y trabajo en y vengo de. Cuántos borradores de charlas. Pesadillas de cubos sin aristas y mares sin contenedores.
Intentó despejarse los ojos para arrancar con las manos los pensamientos y las preguntas. Miró a la puerta a medio cerrar y pensó en que quizás, si la cerrara completamente, no tendría ese frío glacial en los pies que lo mantenían recapitulando frases perdidas en bocas de recuerdos borrosos. Suspiró. La puerta seguiría así hasta que el sol alumbrara. Se iría. Intentó enrollarse entre las capas y capas de cobijas repitiéndose a sí mismo que mañana era otro día y que cada mañana es otro día. Que había mucho por hacer, zapatos por embetunar, cargadores por recoger. Había que enviar una carta a su familia informando sobre su nuevo paradero, reservar los tiquetes y el hotel o finalmente llamar a algún conocido. Debía dormir inmediatamente. Dejó una nota mental para recordar esas horas desveladas a través de la sombra de su mano sobre la almohada. Se dio la orden de apagar el cerebro y limitarse a cumplir con el reposo nocturno mientras seguían deslizándose las gotas por el sifón del patio. El viento por la rendija mantenía su curso. La gotera escupía. Su respiración tranquila, su estómago estremeciéndose, el deslizar de sus piernas por las cobijas, seguía escuchando el grito de sus tripas, la saliva por su garganta y todas las manías de la sangre empujada por su corazón.

28 de abril de 2011

Parte.

Cómo podía ser aquél un día soleado cuando su corazón le decía que el objeto de todas sus miradas, de todas las veces en que realmente estaba atento, se iba esa misma tarde. Era ese mes sin duda; aquél que le despedazaba el corazón y en donde se hundían las barcazas y estallaban las definitorias afrentas civiles. Se iba aquél pedazo de lo que le llamaba: pedazo de humanidad. Se iba su amor con patas, lo que amaba.
Le resultaba una ironía, un chiste cruel del destino como el de la ceguera bibliotecaria del genio argentino. Mucha luz para que todo se hiciera evidente, para que no quedara duda ninguna que eso era la realidad, la de verdad-verdad, en la que creemos que suceden todas las cosas cuando no hablamos de la realidad. Estaba pintado ese día soleado con todo detalle. Como si se cambiara la precisión de los pixeles, cada vez más pequeños, por el puntillismo; pero dejando el impacto fresco y gigante del olor a pintura vieja y su casi tangible textura. Caminaban sin tocarse. Y eso le dolía. Miraba las grietas del cemento en dirección al aeropuerto intentando conversar sobre arepas y frutas, noticias y política, paseos y amigos: temas aleatorios de fila de banco. Se daba cuenta así nada más de que todo lo que habían hecho hasta esas últimas horas amarillas y azules eran todo. (Se preguntaba el porqué se le iba lo que no debía)
Era irónico, sí, que ese día resplandeciente fuese el día en que se despedía.
Y se le fue en un avión.
De regreso, mientras se perdía entre la bruma de las personas más allá de la puerta de abordaje, no dejaba de repetirse: volverá. Volverá porque aquellos que pueden reir también en la distancia, son también quienes se encuentran de nuevo. O eso le gustaba creer tomándose el café de greca antes de coger el bus. Imaginaba las noches silenciosas que, en adelante, le aguardaban. Sabía que, de regreso a casa, sólo encontraría una cama vacía, sábanas que tomarían más tiempo en calentarse, menos comida entre sonrisas, menos una mano que toca, una boca que besa a quien desea, una casa sin el elemento que la llena.
"Seguro que sí. Volverá" Y recordaba, en medio del transporte público citadino cuando anochece y en medio de restaurantes y luces de ventanas con negocios, con señoras que algo venden y con señores que muy rápido caminan, con las manos metidas entre los bolsillos, todas las tardes juntos, todos los momentos de pulcro descanso que habían tenido.Y se sentía feliz.
Sabía finalmente que la vida al menos por unas semanas le había acariciado la espalda y, es que acaso: ¿no se necesita más para vivir que una fortuita sonrisa de la vida? Intentaba distraerse un poco escuchando música. Apretaba el botón ansioso como si en la siguiente canción fuera a escuchar su voz que le llamaba de vuelta. Cuán vagas le resultaban todas las canciones entre marimbas y cuerdas. Cuán lejanas.
Se levantaba el mismo polvo que levanta el viento precipitado cuando se dirige febril al horizonte. El tiempo, quería gritarlo, o ese tiempo en que habían estado juntos, sin duda, había volado como el águila. Ahora le vendría un poco más lento el pasar de las horas luego de un desayuno solitario y una tarde sin sus suspiros, como en la línea de quien se desacelera infinitamente.
De alguna manera, sin embargo, era feliz porque sabía que había sido feliz. Perder es ganar un poquito. "Que lo diga el de la pelota", lo mascullaba mordiéndose la comisura de los labios. Querer era también aceptar que se le fuera, se continuaba diciendo. Y eso lo aceptaba. El río de los sucesos, creía entender y creía creer,  en un instante, en el resplandor de la estrella que explota, se aceleraría: el momento cristalino cuando estuviera nuevamente a su lado.
El olor de la humedad gris de la ciudad fue para su cuerpo el siguiente día.

15 de abril de 2011

Acciones

Cómo le faltaban palabras, cómo le faltaba articular correctamente todos los músculos de la boca para poder insultarlo. Quería irse. Se levantó molesta del comedor blanco luego de preguntarle con el cigarrillo prendido y la colilla muy larga, cruzada de piernas aprisionando la punta del pie que tambalea sobre el piso. ¿Lo hiciste? Fue la pregunta. Él estaba mudo mirando con los ojos de cristal de los muñecos. Ella, perdida en el uso de las cuerdas vocales, olvidaba su lengua, el Inglés de medio pelo que había aprendido, los números en Francés. No sabía ya bien cómo respirar por la boca, cómo escupir. ¿Lo hiciste? Le preguntó nuevamente. Silencio.
Con eso le bastó para saberlo. El vacío de esa noche y de ese momento luego de tantas horas de espera, de tantos cigarrillos fumados, del café medio servido en todos los rincones, las sillas sin cuadrar, la ansiedad de quien olvida abrir la ventana para que salga el humo, un piso que se ha caminado sin parar, las lágrimas, el maquillaje corrido por el miedo y la indignación, no podían ser sino augurio de lo inevitable. De saber que el futuro sólo vendría con cuestionamientos morales y pesadillas. Con miedos abstractos y persecuciones aparentes. Que la vida no sería ya la misma que algún día fue.
Respiraba con rapidez. Sabía que no había manera de volver atrás. Se mordía los labios sin poder determinar si estaba molesta con él o con ella o con el maldito ilegible destino que los había llevado a una situación semejante. Miraba de reojo las dos maletas negras que habían comprado el día anterior llenas de afán y que estaban mal cerradas. No quedaba mucho más tiempo. No había tiempo de molestarse o preguntase si había sido lo correcto pedirle a él, a ese pedazo de hombre que tanto daño le había hecho y que tanto la amaba, que se encargara de llevar a cabo el último toque de esa parafernalia que habían creado para huir.
Había reservado dinero en efectivo tanto en dólares como en pesos, tenía sus tarjetas de crédito disponibles, dos tiquetes comprados hacia el Pacífico. Todo estaba en orden, parecía. El miedo podía más. El temor a ser descubierta y no saber cómo responder a su familia, a su esposo, a sus hijos sobre el móvil de semejante aventura. Miró por la ventana el edificio enfrente. La luz amarilla del poste de luz eléctrica entraba por uno de los costados. El vigilante dormitaba. La calle inclinada hacia el Oeste apenas tenía ya dos carros parqueados. Eran las dos de la mañana y habían transcurrido quince horas. Llevaba quince horas esperando. Finalmente, él había llegado y la miraba sin mirar. Estaba sentado frente a ella con esa pequeña barriga aprisionada entre el pantalón y los muslos como de quien, en vez de sentarse, se desparrama en la silla. Le miró el pelo. Las manos. Su callado pero evidente nerviosismo. Había sudado mucho. Se veía el rostro resplandeciente y un par de gotas aún bajando por entre las sienes. Lo odiaba profundamente. Odiaba su estupidez al hablar, su timidez al mirar, su tonta manera de tocarla y comérsela. No soportaba sus ronquidos ni su risa. Pero él la amaba o, cuando menos, lo suficiente para seguirla. Para hacer él lo que ella jamás creía poder.
Respiró nuevamente y volvió a sentarse. Lo miró de frente queriendo leer sus pupilas como una revista de súper mercado. Empezó a abrir la boca lentamente y le preguntó nuevamente: ¿lo hiciste?
Él sólo pudo mover una rodilla en la dirección contraria a la mano de ella, mirando el piso y con los brazos sueltos a cada lado: no, no lo hice.

11 de abril de 2011

Vivo el campo.

¿Dónde están? ¡Aquí! ¡Aquí! ¿En dónde que no los veo? ¡Aquí! ¡Aquí!

En dónde, carajo. Que no veo nada y apenas si las escucho. Ustedes parecen esos fantasmas de la maleza que entre más cerca se oyen, más lejos están. No se me pierdan que necesito de sus bocas y cabezas para pensarme. No me he mirado en tantos días...
¿Cuánto dura un día? No he visto ni siquiera el reflejo de mi cuerpo sin extremidades en una pupila. ¿Cómo se encuentran ustedes cuando se necesitan? Yo no sé ya ni el camino de regreso a mi casa. Todo está tan nublado y el camino que creo verlo amarillo perdiéndonse entre esas rejas de madera allá a lo lejos detrás de ese inmenso árbol verde que ¿me mira?
Creo verlo caminar. Dios, Dios. ¡Veo caminar un árbol! No puede ser que ustedes que me gritan "¡Aquí! ¡Aquí!" sean estas flores que sonríen con dos ojos, uno azul y otro morado, y bocas armadas de pedazos de zanahoria y unos bracitos diminutos que no son más que hojas verdes.
No, por favor. No. No se cojan de las manos entrelazando los dedos. No se saboreen. ¿Están cantando acaso? No me digan. ¡Cállense! ¡Cállense!
No quiero mirar la vaca. Está con esa capa roja y un tenedor ardiente en ese rincón junto al bebedero donde la gata habla dormida. ¿Es eso alemán? Y creo que la gallina está molesta y con toda razón. No hace sino darle de codazos y hacer esos sonidos de queja como los que la gente vieja hace por indignación. Pobre. Mañana va a tener un día de trabajo extenuante pujando huevos de ocho a cinco y haciendo cuclillas sin parar. Y con eso que la cafetera se dañó...
El pasto suena mientras lo piso. Se queja, de hecho. No es una onomatopeya del zapato que aprisiona la pradera. No. Le duele. Dice ay, ay, ay cuando piso una vez y la segunda y la tercera. ¿La tierra? ¿Es esta tierra la que se me sube por entre las piernas?
No puedo moverme. Se me han atascado las piernas hundidas en esta especie de fantasía que veo tan real, tan ahora, tan coherente con los cristales que brotan de mis ojos. Sudo cerveza. Moja las fibras de cabuya que desparramadas por mi frente hacen mi cabello. O mi caballo. ¿Son estas patas de caballo? Bien pueden ser pezuñas.
No veo bien. Bien que sí veo lo que no sé si debería ver o debería verme aun cuando es inerte. El río suena. El agua que cae simplemente suena. ¿En dónde están? ¡Aquí! ¡Aquí!

Ya tengo miedo de esta botella. Está completa y está abierta.

7 de abril de 2011

Pestaña.

No, señora. No. No se trata de cómo usted me ha hablado durante todas estas tardes de filas y gente amontonada esperando ser llamada. No se trata de su manera absurda de combinar las faldas con las blusas y ese bolso negro que siempre trae y que seguro lo compró en algún almacén barato de ropa usada y de pésima calidad, ni tampoco de que su voz ya carezca de la mínima explosión de vida luego de tantos años de llamar por nombre con  el micrófono a personas que no conoce entre las ocho y las seis de la tarde. No, no se trata de eso. No se trata de que yo me monto en el bus durante dos horas para bajarme y esperar media hora más por el tercer bus en donde siempre me toca de pie mientras pasamos por calles sin pavimento llenas de baches, metidos a la fuerza como un vagón lleno de judíos, en un calor insoportable y con el registro más amplio de olores que jamás una nariz haya percibido, ni que vengo apenas con lo del desayuno pues a las tres de la mañana ningún ser humano normal tiene hambre ni mucho menos de que la comida que venden acá la cobran como si fuese la última cuando apenas si es un pedazo de pastel de papa con una única papa vieja de las últimas que venden en las plazas llena de tierra y huecos negros y un café reutilizado hasta el cansacio y que no parece más que el tinte para una acuarela. Tampoco se trata de que la desesperación de toda esta gente se traduce en gritos y manifestaciones y quejas y señoras sentadas unas tras otras detallando cada una de sus vidas y padeceres y sus hijos y sus maridos que beben mucho y hacen nada y sus hijos ya grandes y sin trabajo con dos mujeres embarazadas y señores sentados unos tras otros comentando las caderas de la que pasa, las tetas de la que ya pasó, el culo de la que viene y las últimas infidencias de los partidos de fútbol en esas canchas de grama tristemente verde ni los sonidos de celulares que recrean en apenas pocos segundos el merengue, las baladas, los cantos y hasta gritos de animales o simulaciones de conversación sonando todos al mismo tiempo y contestántose todos al mismo tiempo mientras se ponen de pie creyéndose importantes y caminando de un lado a otro empujando y pisando al resto que también habla y se queja y grita y llora con todos esos niños pequeños y sus mami tengo hambre, mami mira esto, mami quiero ir al baño, no se tire al suelo, no se arrastre, no moleste, cállese. No.

No se trata de todo eso. Se trata de que cuando finalmente me siento frente a usted, usted no me mira a los ojos.

3 de abril de 2011

La pereza hambrienta

Con la cara del arroz con huevo.
Con la tristeza de un aguacate sin su queso.
Con la reacción tardía y celosa de los fríjoles rojos frente a los negros por su plátano frito.
Con las ganas de saber qué es lo que no se me da cuando la alcachofa abajo termine de preparse.
Con la felicidad fugaz del vino barato que se bebe confundido entre los buenos y no tan dulces ni amargos.
Con pantalones cortos y con chanclas.
Aveces con barba y sin camiseta.

Conforme pasa el hambre, pasa el sueño que se amaña. Se hacen más pesadas las cobijas enredadas por las artes marciales de mi adormecido cuerpo. Bostezo esta noche tragándome sus sombras y sus muros. Singular es la singularidad que se agita con el vaho que entra.

La felicidad, la más pura, asoma en la última hora. Donde la pasividad es infinita y soy un lucero que apenas si titila en el universo que se sale por la ventana.

Hace falta para esta, mi espalda, una cuchara que alimente parte el frío, parte el antojo. De la boca hambrienta de quien ronca y sopla. De ese pedazo de humanidad que entre labios habla.

¡Qué hambre de ti! ¡Qué hambre!

31 de marzo de 2011

En espera

Por manadas.

Llegamos con la espera presumida en los ojos. Como perros con hambre ya cerca al plato, como tortugas recién paridas al mundo de la migración. La arena no era fría y apacible. El sol quemaba todas las yemas y se perdían derritiéndose los cristales de cada una de sus historias. Seis horas de infamia y hasta de risas. Seis horas de silencios y cavilaciones. De adormilaciones y bostezos en un cuarto enorme con sardinas apretujadas. Horas que se fueron en sentirse reflejado en las cabezas que asentían y confirmaban el tedio en la espera. Rostros que se sentaron de este lado porque los del otro controlaban el universo del día.  Seis horas de plegarias a un santo invisible, a una agilidad inesperada, a un giro de la suerte por un sello innecesario, por la entrada validada al desierto y a la mar.

Unos se quejaban de quien enfrente se sentaba. Otros de quien faltaba por sentarse. ¡Falta uno! ¡Que la saquen a ella! Aturdidos todos los cuerpos por el hambre y el olor de empanadas y café vendiéndose a la salida. Preparaciones que azuzaban todas las fosas y sus narices. Simples suspiros que en el horizonte sólo aquellos, con las monedas suficientes para no descompletar el bus amarillo del amancer, pudieron comprar.

Pocos habían dormido bien.

Y así se fue un día. En la claustrofobia de quien pide y en la frustración de quien todos los días debe ir a dar lo que le dijeron que diera. Depositarios de vaivenes lejanos. Garrafones de agua de lluvia o de florero que un aparato estatal perpetuado en las rayas y las puertas prestó.

Nadie es culpable. Sólo la utopía.

29 de marzo de 2011

De cervezas.

Dos cervezas grandes para celebrar que hoy, es hoy. No pequeñas. Acumuladas en mililitros de necesidad de danza y cantos desafinados. De gritos y abrazos. Sudor que recorre las frentes y los cuellos de quienes beben la noche o el día de la fiesta y el jolgorio. Quizás la lujuria.

Por hoy, que no es mañana, me dejo hundir en la malta y todos los destilados. Hay música de fondo, la soledad abunda. Espero a que llegue quien espero que llegue. Con sus besos y abrazos. Con sus letras y palabras de un idioma lejano pero cercano: el mío.

A derrumbar la casa y echar las sábanas por las ventanas. Toda la comida ha de consumirse y las frutas han de acabarse. Sólo nos queda esta noche con sus luceros borrachos. Se derrama el tiempo por entre las paredes del patio trasero para tomarse a sí mismo y enlagunar de carnaval esta costa.

Por la luz que en unas horas se esconderá levanto la lata y la copa. El vaso y el cuncho. Porque te tengo entre mis manos. Así.

21 de marzo de 2011

Antaño

Se miró al espejo como siempre lo hizo. Como todas las mañanas antes de cepillarse los dientes, antes de despejarse el cabello y quitarse las lagañas. Era evidente. Era esa evidencia que llega tan clara y completa como cuando la luz llega a los focos tras un apagón y alumbra y despeja todos los rincones del cuarto. Se dijo que quizás nunca realmente observó sus rasgos con tanto detalle y que tal vez hayan sido tantos años dedicados al trabajo, a la familia, a esos dos perros y ese gato, a tantas plantas que había por regar, a reuniones y reuniones, a viajes y paseos, a las citas con la familia, a las citas con los amigos, a las citas con las citas, a ver la televisión y cocinar y comer. Tanto tiempo dedicado a vivir y nunca notó que se le había ido la vida mientras vivía. El espejo dejaba ver nuevas arrugas, las primeras que todos ya seguramente habían notado. Dejaba ver menos pelo donde alguna vez lo hubo, un ojo mas caído, un cuello gallináceo. ¿Cuánta comida hay que sacarle a la nevera para decir que está ya casi vacía?

Es extraño, se dijo. Soñé que vivía la vida de un adulto y hoy me levanto con doce años cumplidos. Mamá ya debe haber servido el desayuno y me espera el bus para el colegio. ¿Cuántos años deberé esperar para quejarme como lo hace papá cada vez que se mira al espejo y suspira en silencio?

11 de marzo de 2011

Anoche cuando me soñé.

Y entonces vino y me dijo: ¿Ya?

Sí, ya.

Es la hora triste, la hora en que te enfrentas a un mundo oscuro de soles radiantes y ríos cristalinos y verdes praderas. Te ha llegado la hora en donde la gente canta y baila y hasta se emborracha de sólo felicidad.

No lo entiendo, pensé que nunca llegaría este momento. Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarme a él y caminar estos caminos. Me da tanto miedo. No sé qué hacer, cómo actuar. No sé si quedarme.

Y te entiendo, pero debes quedarte. No es opcional para ti. Mi primera vez, si vieras, fue muy dolorosa. Aún recuerdo que me temblaban las piernas al caminar y que el mareo me acosaba en los primeros pasos. Pero el dolor pasó. Se fue y me quedó la nostalgia de los ayeres que siempre preferimos. Aveces sonrío.

Sí, así me siento. Como quien deja la lluvia que le alimenta. O la oscuridad que le define...

Pero bueno, debes despertar ya. La vida que creemos cierta está al otro lado de este lado. Levántate. Que no hay tiempo que perder y hay sonrisas para arruinar.

(Y así, entre risas y carnavales abrió los ojos la primera.)

23 de febrero de 2011

De la otra voz que era la mía.

Un día llamé y contesté mi llamada. O eso creí.

Escuché una voz que decía: buenas tardes, ¿en qué puedo servirle?
Y era yo quien hablaba. Me escuché a mí mismo y sólo yo, el que escuchaba, sabía que al otro lado de la línea estaba igualmente yo. Yo mismo por dos.
Uno, el que escuchaba que es ahora el que escribe. Otro, el que hablaba ofreciéndome un servicio y que ahora ignora que tiene un igual que es él mismo. Ahora sí que le tengo miedo al ahora.

En el primer minuto no pude articular una frase coherente. El impacto era mucho. El miedo. El verme en un espejo sin imagen pero sí con sonido.
De nuevo: buenas tardes, ¿en qué puedo servirle? ¿Aló?
Me temblaba la voz. Mi existencia misma se estaba enfrentando a que uno más uno es uno. Sin romance, sin corazones rojos ni regalos con chocolate.
Musité: necesito esto, necesito aquello. ¿Podría usted (es decir: yo) ayudarme?
Claro señor Felipe, permítame un segundo.

Necesitaba colaboración con algo relacionado a mi cuenta bancaria. Ahora necesito terapia, droga, licor, algo. Ayuda con mi existencia. No tiene sentido existir en otro lado y con otro trabajo. Seguro es más exitoso, más atractivo, más interesante, mucho más alto.

Vi la luz pero no al final del túnel. No. La vi estando al lado de la lámpara. Del mismísimo sitio en donde se produce.

Que canten los ángeles. Que alisten los tridentes. Yo ya me morí.

16 de febrero de 2011

Jau.

How could've I forgotten it? I do not remember the meaning of the word how.

Miércoles

Van mis pies cuesta abajo.
Se tropiezan las piedras en el asfalto.
Y mi ojos quieren ya cerrarse.
Yo, este yo, quiere regresar a mi primera sombra.

¿Cómo terminé en esta piel y en esta boca?

Mi silencio es mi mayor tesoro, especialmente mi mayor deuda.

A callar aprenderé.

9 de febrero de 2011

A que sí.

Si no eres una idea,
vacío estás como una vacía aldea.
Si no eres una palabra, apenas si eres una hebra.
Eres eso que te contiene: pues eso también te sostiene.
Si eres esa sombra, lleno estás de la noche sola que no se nombra.
Si eres esas notas, eres agua que sopla y empuja la música en pequeñas gotas.
Eres aquello que no eres, pues de la vida sólo queda nuestro cuerpo y sus placeres.

De la perdida mente.

Aquél al que le llamaron Finalmente, definitivamente, debe estar ya demente.
Pues mentecato es quien nombres innombrables pone y dispone. Y aquél que los propone.
Ponedero de pocas dichas pero de muchas malas fichas. Un vacío monedero.
Y perecedero.

8 de febrero de 2011

Dicen afuera: cambio y fuera

Nowadays it is not about learning new things but instead the sense of leaving all behind.
That's what movement is.

6 de febrero de 2011

Apuntando.

Cambia el más fino brillante,
cantó el Pájaro Cantor,
en aquellos días de sopor
cuando ya muerto lo supo Dante.

Cambia de los billetes con monedas, el cambio;
las vueltas y los vueltos optan por otra imagen.
Lo supo uno muy rico pero sobretodo sabio,
uno más pobre e ingenuo supo también de su origen
especialmente de la línea que crea el margen.

Lo supo todo el Mundo.
Se ha sabido a cada segundo.
Ah el que trabaja, o el que es vagabundo.

Cambio los colores, le cambio la cara,
he pintado con yema de nuevas cáscaras
y para la fiesta queda hecha la máscara.
Sobretodo que la algarabía es barata
pues sobran tragos, sobran piratas,
sobran rostros perdidos y todas las erratas.

Así que nuevamente: por el principio
que no queda más sino eso que queda:
las huellas en medio de esa polvareda,
¡A montar casa nueva en nuevo municipio!

No hay sino el cambio
y no vale queja, no vale labio.

¿Quién tendrá el mejor astrolabio?

1 de febrero de 2011

Del cero.

Sí, es ya. Parece que ha pasado tanto y ha pasado tan poco. Y aún no aprendo.

30 de enero de 2011

Al acecho de un sorbete popocho.

Y ya llega el Ocho pues se fue el Siete.
Miedo me empieza a dar cuando se me borra el casete.
Y se me mezclan recuerdos de coloretes.
¡Me he levantado con ganas hoy de un filete!

Eso sí, sé que el motivo es, de hecho,
y hay que meterle pecho
pero sobretodo sacarle provecho,
el Martes que viene y llega con todo el peso de un ocho
que pudo celebrarse calmadamente en un Domingo de sancocho.
Fue sin embargo, baile, licor y clarinete.
Y unos resultaron de otros ser sus juguetes.
Y otros se hicieron muy amigos del retrete.
Las nostalgias, sin duda, me hacen algo viejo y chocho.
Sobretodo ahora que el más mínimo trasnocho
me deja cual pisoteado bizcocho.

No he quedado, claro está, insatisfecho
pero sí he quedado, oh vejez, desecho.
Así pues me he ido a mi cuarto derecho
y he pasado el día entero metido en mi lecho.
¡Cuánta falta me haces! Prefiero estar contigo estrecho
que celebrar sin ti. Ay dolor, ay despecho.
Hay tanto espacio ahora entre-nos, tanto trecho...

22 de enero de 2011

Pa'ya.

En la dispersión de vinos, éramos dos outliers con jugo de papaya.

21 de enero de 2011

The meaning.

It's interesting, it is always more important what we did than how we did it.
To me, how frustrating.
There is only one time when the top of the mountain is hit it.
Underlying
in the fleeting
source
of the result
that we have created.
We see it.

13 de enero de 2011

Mientras duermes.

Finalmente llegó la noche y allá la noche ya se hizo.
Es un cielo sin estrellas, oscuro, es un mundo ahora cenizo.
Pues cierras tus ventanas al murmuro de la distancia
mientras yo te espero en el día claro, en su infancia.

Mis ojos, mis ojos. Aún se mecen en la duda. Asustadizo
está mi pecho que se hunde en el cemento triste y más macizo.
¿Por qué te me pierdes en las decembrinas fragancias
que no son más que espejos rotantes de las circunstancias?

Yo sigo ciego al embrujo de tu certero hechizo,
embriagado del horizonte que todavía veo brillante y mestizo.
Que habrán en los días que ya llegan inevitables discrepancias
pero podrán más nuestros hinchados corazones: constancia
de este amor gigante, amor mío, que aveces parece escurridizo
como de la aventura de tenerte a mi lado y toda su Abundancia.

2 de enero de 2011

De llamadas fallidas.

Llamando al teléfono. Llamando y no contestas.
¿Dónde estás? Lo sé: en las fosas del sueño.
En las cuevas recónditas de las que sólo tu bosque es dueño.
Ah la noche solitaria: una, cincuenta, cien. ¿Acaso doscientas?

Imaginándome escuchando ya tu voz me imagino.
Soñándome soñándote: que desde ya en la vigilia
te sueño. Levantando la madera de esta fogata viva.
Recorriendo árboles y matorrales y corales marinos.
Sombras que juntas hacen la inesperada comitiva
en una solitaria fogata de la cruda selva y su familia.

Ya llega el día. Ya llega con los aires de enero el veinte.
Círculo solar o lluvia recia de abrazos ardientes,
en el que se mirarán eternos nuestros ojos
y no habrán más aguas profundas que nos separen,
no habrá otra partida ni dolor u otro despojo,
pues quedará en el pasado la distancia y su rastrojo
y aparecerán los soplidos fuertes que nos unan y nos desaten.

Un golpe a la puerta, un llamado más.
Dormir y no escucharte: jamás.

22 de diciembre de 2010

Una vez ido. ¿Desaparecido?

Quien se va corriendo arrastra consigo el peso del polvo que se levanta. Se lleva todas las sombras insolubles. Todos los ahogados en los mares. Su propio pasado.

¡Qué será! ¡Qué será!

Las amenazas volverán. Volverán las amenazas con las tormentas y arroyuelos: como las ilusiones.

Amontonadas. Apeñuscadas.

Y una vez elevándose en los aires, sólo darán, como dieron, paso a la frustración porque no hay mar menos manso y grato que el desprecio.

No hay más, se ha dicho, que este horizonte difuso. Espejo del hoy que ya se va. Del que ya se fue. ¿Dónde está la algarabía esperada? ¿El vuelo ágil? ¿La espalda que antes soportaba los cielos, ahora libre? La primera sonrisa es de aquél que llega a su destino como de quien, de él escapando y de su designio, escapa. Cuánto se diferencian nuestros antojos de los racimos que finalmente sostenemos y comemos.

Este hoy no era Hoy.

9 de diciembre de 2010

La sentencia acato.

Estoy que mato al ingrato.
Con una mirada maligna, una pócima secreta o hasta con un zapato.
¿A quién? Al que se fue. Al novato.
Era un hombre timorato.
Era un ser que para todo sentenciaba: “mejor al rato”
“¿Para qué comprar lo caro si siempre está lo más barato?”
Ah es que para el concurso de pereza fue siempre el primer candidato
y de la sociedad siempre se creyó del mejor estrato.
Nunca lavarse tan siquiera un plato.
Siempre dormido, siempre pidiendo. Siempre un mojigato.
Ustedes se preguntarán: ¿y yo por qué vengo ahora con semejante relato?
¿De dónde acá semejante arrebato?
Perdónenme la queja innecesaria, el exceso de confianza y la falta de recato.
Pero la verdad es que hablando en pasado dejo a un lado tanto alegato
y resulto en tercera persona hablando de mí y describiendo mi retrato.
Así es y ahí está. Mil disculpas. Ahí les dejo el dato.
¡Ay que me siento un neonato!
¡Me mato!

2 de diciembre de 2010

Tengo.

Se puede ver todo.
Se puede ver todo pero
nunca se puede ver uno a sí mismo.

25 de noviembre de 2010

The Great.

Sé que veré. Sé que mis ojos se posarán sobre tus pupilas. En algún momento en que la respiración se nos agote y podamos sonreir al misterio y a la incertidumbre. Hoy te veo. Deslizándote en las habitaciones vacías sin mí. Vacías de ti en todos los rostros, en todos los rasgos y las paredes. En todo el cemento que parece perderse en los buses. Visto, visto todas las aguas de rocío. Todos los cielos de azul: celeste. Celeste será este cuarto apenas pueda verte.

Cómo pasan las aguas por los ríos, cómo pasa el viento entre las laderas, cómo pasa el tiempo por esta lengua que describe su sed. Que se sumerge en una canción con guitarras. Un solo asolas. Una voz para todas las aves que vuelan las riveras llenas de perlas, todas las arenas que pisas, todas las huellas. Ricas son las costas de tus sueños.

De los sueños, cuando te sueño conmigo.

Pues todo ha llegado en las hojas que empujas, en esas piedrecillas rodantes de los caminos de polvo. Ha llegado lo que he pedido. A mi lado. Conmigo.

19 de noviembre de 2010

Sí, que sí. Tan, tan.

Yes,
(we can-n)-abis-mos.
Pez,
que ya sabes nadar.
Al primer cielo vamos.
De tus ojos: el cosmos.
Al último vol-cán.

11 de noviembre de 2010

Tiritan.

“Es que yo cuando me pongo bravo, me pongo nervioso.
Entonces cuando me asusto, me pongo bravo.
Pero cuando me pongo nervioso, me asusto.
Entonces me asusta que al ponerme bravo me ponga nervioso.
Es tan triste.” Me dijo.

Y yo sin qué decir, improvisé: “Pues bueno, a mi me pone nervioso que le asuste que al ponerse bravo se ponga nervioso. Me asusta mi nerviosismo porque cuando me pongo bravo usted se asusta. Sí, es muy triste”.

8 de noviembre de 2010

Es-tán.

Son los olores, las noches, esas noches contigo. Los días, cada rato. Se pasa el río entre las nubes que lo reflejan. Se van las sombras de las nubes. Se va la vida. Es tan fácil perderse en el mismo camino...

En el propio. Perdernos en lo que precisamente nos da la herramienta para creer que sí somos. Perderse ahí. Donde todo converge. En donde todo converge. Y que converge en esta realidad fangosa, aveces abierta y sonora, otras hermosa.

Es bella solamente cuando te pienso en ella.

Es hermosa cuando en ella te tengo. Ahora.

Ya llega con los vientos la hora.

De tenerme contigo en una estrella.

2 de noviembre de 2010

Cha cha cha...


No me oye. ¿Puede oírme? No me mira. Tampoco me escucha.
¿Dónde está el agua caliente en esta vieja ducha?
Vieja, desvencijada. Oxidada. Digamos: ¡cucha!
De este vetusto ladrillo llamado casa. Digamos: ¡casucha!
¡Siempre el grito ahogado del chorro frío, siempre la misma lucha!
A veces ganas de bañarme vestido me da o, al menos, con cachucha.
Pero la intención poco me dura pues la ventaja final no es mucha.
Al principio veinte minutos, luego diez y luego cinco cual trucha.
Triste es: mañana será de nuevo. Ay Dios mío, qué tristeza, pucha…