Palíndro-meado

Son pero no existen. No hay ojo.
Por tanto tampoco el antojo.
Pues el que mira es quien ata el cerrojo.
Y lo hace para sí, fuera de sí. Hasta de su enojo.
Y sin embargo, es un ojo con anteojos.
Nada realmente ve o, mejor, lo que ve lo hace siempre de reojo.
De manera tal, que también va cojo.
Poniendo sus proyectos todos en aparente remojo.
Porque el río del tiempo agarra a cada todo débil de raíz, flojo.
Y se lo lleva, como a toda felicidad y como a cada uno de los abrojos.
Dígame si no. ¡Ojo pues! Póngale el ojo.


Invivible

Todo lo que se atasca.
La semilla envenenada que la boca masca.
Todo eso que lento atravieza la garganta.
Un animal muerto, un río sucio como sucia la muerta planta.
Todo ese miedo y esa desdicha que sólo el silencio propio escucha.
Poca la luz, poca el agua, mientras que la desdicha es siempre mucha.
¿Nos queda acaso sólo la ficción de la sonrisa?
¿La espera remota de un fin que viene sin prisa?
Nada hay en el silbido de la brisa.
Nadie hay en la certeza de la casa.
Supura entre tanto sangre invisible.
Y se apaga la única brasa.
Todo es finalmente imposible.
El Todo se hace trizas.
Porque la Nada todo lo pisa.



Tras la confinanza

Cuando uno materializa las ideas, por sobre todas las cosas deja de tener poder absoluto sobre ellas. Las circunstancias se vuelven entonces las enemigas máximas. Contra quienes luchamos para controlar las ideas que un día fueron nuestras. Y sin embargo, solamente es en las ideas materializadas en donde construimos eso aquello que llamamos vida y pasa eso aquello que hace que podamos pensar que algo somos y pensarnos-conciencia.

No de tres

Rehacer los colores, recuadrar los ladrillos. Amontonar de nuevo y notar que esa casa propia, era de hecho una ajena. Que la cama sigue vacía y que sólo un cuerpo cierto y verídico abunda. La lucha es la misma, la lucha es con nuevas armas. He de vigilar la entrada y he de resguardar tu partida.

Discurso de los dolores

Sigue, pasa, se da. La sombra nos persigue. Te persigue. Te mira con los ojos abiertos. Y parece que te quiere comer. Pero no quiere. Sólo está atada sin así quererlo. La luz nos huye. Pero es hacia a ella a quien siempre nos dirijimos. Quizás porque la vida es sobre todo un discurso de los dolores. Aveces, las menos de las veces, se es alguna vez feliz.

¿De cuándo?

Las lágrimas que se atascan. Las sonrisas débiles. Las miradas al piso. El cemento frío, la baldosa fría. Y entre esas sombras, entre esa niebla nocturna sin luna: hay un respiro. Universos flotantes que dicen que todo puede ser. Que hay un yo allá, más allá de mí, que soy yo y se hace y se construye nadando en un fluido tibio que sólo aguarda descanso y placer. Existe. Es aquello que creo que existe. Sólo existo, mientras en mí crea. Y mientras crea en el fondo de este abismo que es contexto, entorno, circunstancia toda de todos. De todo aquél que tiene ojos para mirarse a sí mismo.

La casa

Cualquier casa. Cualquier cuarto, la sala que sea, el baño que toque, ¿la cocina pequeña? ¿La puerta suena? Hay ruido o hace frío. La que caiga. La casa no es un sitio, es un hecho. Es esa piel tersa, es esa piel de arrugas, el pelo blanco y el liso negro. La sonrisa de quien aprende, los ojos de quien ya ha aprendido. La mesa pequeña, el óvalo grande, con los cuerpos de sus circunstancias, con los trapos de estas circunstancias. Si alguien ha de entender, que lo entiendan ellos que yo puedo dejar la vida irse en intentar aprender y vivir así lleno de todo y con todos hasta el aliento final: lleno de mí.

G



La soledad que se avecina será de más de cien años.
Su cuerpo, que se deshace, se rehace impreso.
No importa la entropía.
Queda el olvido en la infinita memoria.
Ese universo allá de chocolate volador.
Entre puertas e iglesias. Guerras y cartas.
Y yo, y yo...
Yo he de pagar de algún modo.
Que todo debo.
Nada tengo, y no me soy.
Empezó así, un día de niño.
Con un ahogado entre medusas, con un hombre corpulento.
Un hermoso.
Siguió inagotable: inabarcable.
Medicina ininteligible de infancia, remedios bellos de silencio.
Remedia, remanga, La Bella.
He de flotar, quizás, entre sábanas colgadas.
Despejando el tiempo atascado con la luz de mañana.
Ya veremos.
Esas letras tuyas ya veremos.

Disyuntiva


Por un lado las cortinas se abren y el polvo se sacude. Entra el aire fresco de la mañana o el viento tibio de mitad de tarde. Se ve la pradera, el mar en calma o la montañana alta y brillante. Se acomodan las repisas con nuevas flores y el libro lleno de moho afila sus hojas, blanquea sus páginas y renueva su índice. La cama se hace nuevamente. Las sábanas sin arrugas esperan la cabeza de un sueño húmedo feliz, de un sueño espacial, de una fiesta con viejos amigos. Las cosas se acomodan solas con el universo mirando y embriagado del presente que aminora la entropía y acaricia las futuras estrellas y las charlas a carcajadas de cerveza o vino y parqués o sólo las piernas reclinadas que indican un amor venidero, un amor de hoy, una familia que se ama, una pareja amándose, unos amigos en el amor de la lucha y la compañía.

Por otro lado, más frío que cobijas disponibles, más calor que agua cercana, más lágrimas que las del estornudo y la alergia. Se confabula un dolor infinito y la niebla arrecia. Los vidrios están rotos, la cama está mojada y libros sin hojas. Tierra quemada, una montaña derruida, las hojas no se mueven, los árboles se desconchinflan, acuscambados todos los animales resguardan su infamia en las guaridas malolientes.

¿Dónde cada cuerpo? ¿Dónde el tuyo? Ahí el mío.

Rota roto poco

No se dan los oídos para ningún dolor.
No llegan las manos para ninguna caída.
Se desmoronan los mañanas.
Se vierten en los ríos sucios los recuerdos.
Lamentos aquí.
Gritos aquí.
Allá, el hueco, el vacío.
Eso que eres y nada que soy.
Toda distancia es infinita.
Todo martirio es infinito.
Aveces, claro, alguien sonríe.
Mientras muere.
Mientras muere, todo sonríe.
Porque sonriendo vive la muerte.
No se dan las mareas sin ahogados.
No llegan las caricias sin factura.
El silencio, inconmensurable, afilado.
La vergüenza, siempre ahí.
La paranoia, siempre ahí.
Las ganas de no tener más ganas.
Todos pierden, nadie la nada gana.
Allá la pared ya rota.
Allá la silla rota. Ya.
Eso que eres, y yo, que a nada voy.

Aséptico

Parece venir, parece que ha llegado.
Lo siento en las noches de ausencia.
En las mañanas frías, en las cálidas.
Me empuja a cada bocado.
Me sopla, me habla, me mira.
Invisible desarmonía que rechina.
Diáfana lágrima vestida de negro.
¿Cuál es el nombre?
¿Qué lo distingue?
Este lamento que hunde las tardes.
La garganta que arde y vomita.
El cuerpo que no levanta.
La piel que se rasga.
La sangre que corre.
¿Qué es cuando no es?
Quema el futuro.
Ahoga el pasado feliz.
Si hubo uno...
La llama que hierve la vida
se extingue.
Quedan las cenizas que hablan,
estas mismas que escriben.
Pero estás...
Esa voz que me rescata.
Esa risa que me alimenta.
Esas palabras que son la vida.
Ayúdame, que me roban.
Ayúdame, que se me va la vida.

De la estructura abandonada.

No hubo rima para el treina y uno.
No la poesía ni susurro alguno.
Hubo tu cuerpo siempre oportuno
y de tu mano pan, café y desayuno.

De mañana acurrucada tu espalda,
en el abrazo tierno de la sábana.
Tus ojos profundos de esmeralda,
en la mirada tierna que emana

de saberte cerca, de tocarte cerca.
¿O hubo rima para el treina y uno?
Y mar en distancia a mí te acerca.
Siempre tu voz, siempre oportuno.

La fiesta es licor si es de tu boca,
la boca es esa fiesta tuya de miel,
se levantan al aire todas mis rocas,
en cada tacto tuyo, piel con piel.

Quizás sí hubo la acordada rima.
Quizás reposa ya cubierta esa cima.

Pero hecha o incompleta tú eres de acá la luz.
El cálido clima.
Conmigo. Sin cruz.








Ni pera ni manzana ni fríjol

Se repite. Todo se repite. El agua fría vuelve y cae entre las cobijas. El viento fuerte regresa y empuja sobre los resbaloso. Las sombras se hacen más oscuras, el aire más afilado y nadie puede respirar. Todo parecía caminar cogido de la mano de un noviazgo feliz, de un principio de final feliz de hermanos Grim con bailarín de casa solitaria que baila su música en audífonos y se canta a sí en escenario de semáforo en rojo y sin voz se canta también en el bus y es feliz como feliz quien sonríe mirando por la ventana sin mirar el andén que nadie mira y nos mira siempre. Cemento que todo lo cubre y todo lo embalsama. Cemento que penetra las pupilas y los futuros grises y tristes y desabridos y sobre todo aburridos. Ha regresado. Parecía que se fue con el 31 y hubo festín de nunca jamás, borrachera de la media vuelta y 'ta lueguito pero del otro ladito. Era la sonrisa más feliz, el aguardiente más sonado con chuleta al final, silla de parque mirando al cielo y las iglesias pensando que ya era, que ya fue, que pretérito, que pasado, que finalmente, que ahora es ahora y no hay más que lo que queda y se ve brillante, con moño bonito de papel regalo caro del almacén de adentro y no del vendedor de afuera que vende lo mismo pero afuera entre el sol y la salpicadera a toda hora, las 2pm, sin baño y sentado ahí, sin más, esperando y soñando adentro, el papel que venderá adentro con esmaltes baratos pero no tan baratos como los de la otra esquina. Regresa. Todo regresa en óxido y desorden. Descachalambrado, desconchinflado, desarmado, en-brutecido, vomitado, pero regresa sabiendo que es aún lo que fue y así la ropa le quede rota y pequeña y aún así se le salgan los gordos y se le hundan las costillas, se te sienta al lado y se me sienta al lado, al otro lado, a conversar infinito y acostarse cual ocho sobre las piernas mías mientras yo me quiero sordo y me pido muerto y me sueño sin cuerpo soñante sin cerebro soñador o memoria vacía de memorias ajenas y propias y todas y el universo que se abre y se deshace allá muy lejos en donde yo no soy y me sigo acá entre muchos y entre nadie y ellos que son nadie entre muchos son todos y nos somos todos sin ser nada ni nadie ni universo pero sí, pero requete sí, requete recontra sí, dolor. Hiper mega maldita sea. Hiper mega maldito dolor.

Ni siquiera


Las lágrimas que todos los días se forman. Aveces brotan, aveces se mantienen hirviendo adentro. Todas las imágenes de aquello que fue y todos los sueños de aquello que pudo ser y no será. Porque la vida sólo empuja cuerpos muertos. Vidas muertas. Dolores que envenenan toda la sangre, dolores de siempre, dolores de todos. En la edad que sea, en el sitio que sea. Miedo a no poder cumplir lo propio, miedo a incumplir lo dicho al ajeno, miedo a ignorar y saber que el olvido llega despacio a todas las promesas y cada sueño feliz. Una niebla que cubre los caminos y se posa y hunde y no deja respirar. Las gargantas gritan asolas. Perdidas. No saben quiénes son, no saben en dónde están, no saben de sus mañanas ni del sol ni del mar tibio. Sólo saben de lamentos, de hordas de asesinos, de árboles sin hojas. La incertidumbre. No poseer siquiera el retrato de la daga que llegará sin duda. No ser dueños siquiera de la pesadumbre porque llega temprano, mira a los ojos y se instala para siempre con la existencia hueca, vacía de todo, la nada que llega al ser a ser eso: nada. Un nada, una nada. Yo, tú, las madres, los hijos. En la roca que se ata al tobillo, en la herida que se pisa al ir a trabajar, en la puerta que rompe la llave una noche fría, en el cuerpo viejo abandonado en la sala. El mundo que sólo pide y chupa y nosotros que sólo  pedimos y chupamos. Somos ese dolor, esa pesadumbre, el veneno de nuestra sangre, las lágrimas afiladas, las vidas muertas y cada uno de los muertos. Somos nuestra desgracia y aveces, borrachos de vida, en la mentira sonreímos. Nos somos perdidos y al encontrarnos moribundos jóvenes y bellos nos perdemos en el óxido y la fealdad.

De amores

"De todos modos lo que toca es regresar" Fue su frase innagural un miércoles de lluvia al caer la tarde. No podía moverse. Era tal la profundidad de su reflexión que el agua, estando él de pie, le bajaba a chorros por entre el cuerpo a medio vestir. Él apenas si entreveía el sol de fondo entre tanta nube y tanto gris. De todos modos, sí, lo que debía hacer era regresar. Había empezado con Juliana, la vecina cándida de 18 años de la casa de enfrente. Ella, claro, no lo merecía. Quizás por no merecerlo lo merecía. En las mañanas, cuando Juliana salía al colegio, él sólo podía irle detrás, pues iban en la misma dirección, inventando mundos en donde se tropezaban y ella sonreía amablemente y él la escupía en la cara sin decir nada, dejándola muda con su risita mediocre a media tinta. Otras veces se imaginaba hacer la misma fila con ella en la panadería. Mil de rollito, mil de blandito. Ofrecerle pasar primero y apenas ella lo hiciese empujarla para ser él primero. La amaba profundamente. Era de esos amores basados en el odio y el maltrato y la violencia. De esos amores que asustan a todas las partes. A mí me asustaba. Sabía de sus sueños con ella y sus fijaciones con esa delgada figura de casi niña llamada Juliana. Hablaba poco de eso pero pues con las cervezas y la botella toda a 2 mil pesos, surgía esa verdad molesta, esa verdad que me dejaba pensando: ¿le digo a la familia? ¿Deberia denunciar esto? ¿Debería contarle, avisarle, reportarle a alguien? Nunca lo hice. Sólo me quedé ahí de pie mirándolo cómo se bañaba de agua de lluvia ambas pieles. La de Juliana que yacía ahí entre húmeda y aún con el rostro de pánico profundo de quien no entiende nada y sabe que todo se acaba en ese instante. La otra piel, la que mojado él había arrancado de sí mismo a pedazos para proteger de la lluvia al cuerpo mojado y muerto. Él se desangraba entre tanto, ella ya no necesitaba desangrarse. El tijeretazo había sido tan efectivo que con en un sólo movimiento había acabado vida, amor y Juliana. Yo apenas podía respirar. Regresaría a mi casa, a mi cama, a mí. Me amaba igual que a ella. Yo le temía. Sin parecer parpadear giró su cabeza hacia donde yo me encontraba y con la claridad de quien se sabe dueño y de quien sabe que le habla a quien se asume perdido y desangrado me dijo: "De todos modos lo que toca es regresar". Cerré mi mano y agarré la de él. Serían apenas unas cuadras antes de llegar a casa e inundar mi propia muerte de mi propia sangre.

Un viaje y el viaje.


Se dijo que sí, que había que invertir cada centavo, cada último suspiro en conseguir el dinero a punta de empeñar de todo, de vender todo, de aceptar cualquier trabajo, de dejar pedazos de cuerpo por ahí, pedazos de vida, de cargar niños, acompañar ancianos, cuidar edificios, cocinarle al mundo y sus perros, de lo que fuera, como sea, en donde sea y lo que tocara. Acá ya el punto no era en donde le sonara la flauta sino sacarle música a los huecos del delantal a punta de soplo, suspiro y cansancio. Pero se dijo que todo por irse, todo por ese viaje que no importaba nada de nada, ni la experiencia del primer avión, ni del primer país, ni siquiera un idioma raro gutural pronunciado quién sabe cómo para decir quién sabe qué, ni no tener dónde llegar, mejor dicho, acá, en esta constelación de partes desgraciadas y deudas y toda la mierda propia de la vida y sus circustancias que son peores, lo que importaba, lo que estaba diáfano y espiritual era el pequeño rayo de luz. Esa liniecita delgada, fínisima como un cabello de ángel. Ese aire tibio, ese vaso de agua, esa cerveza a punto, ese aguardiente de 31 de Diciembre. La sonrisa que sólo puede salir de quien se embadurna de la luz de aquello que verá, del futuro que aguarda como uno lo quiere y lo planea y se hace cierto en ladrillos y cemento. Ese ser que un día estuvo y que con o sin el Todo, va estar ahí en compañía perpetua. Lo vale todo. Todos los mares de la dicha, todas las lágrimas en roca. El mundo que una vez tuvo. Diga, no más. Y trabajó y trabajó y gastó el grosor de su piel y una vida entera y dejo grietas hasta en su propia sombra. Años que se fueron como días, días que entre la bruma y la niebla de la siempre aparecida y usual desesperanza y desesperación y frustración con puños en las puertas y en la tierra y gritos apretujando las manos, días que parecieron años. Y un día como esos, una mañana, en un segundo infinito, le entrelazó nuevamente las manos. No hubo pasado y dolor. En una explosión el tiempo reprogamó sus piñones y le dio sólo rienda a un destino manifiesto para sí: a la eternindad de verse y saberse juntos nuevamente y en el ocaso de lo tangible, ser para siempre en el amanecer de lo intocable.

Entangled


Decía para sí en una voz apenas audible:

'Se ve un cielo a mitad de ventana. La cortina verde que cubre aún retazos de cielo y algunos apartes de edificios allá en donde otros también miran. Hay nubes que cruzan el infinito cielo y el aire que, aun si descompuesto por el smog y la carga pesada de partículas ajenas y gases tóxicos, sopla. Sopla tenue. Sopla ya una sonrisa y la forma de tu voz. El cansancio se apacigua y se vuelve cosmos. Energía que renace del interior intangible, del abstracto de la esencia. En donde todo puede ser y estamos ahí retozando el desayuno y creyendo en universos infinitos que burbujean el Todo final. Se ve tu cuerpo invisible entrelazado. Bajo estas sábanas, con este café mañanero. La puerta cerrada que sigue abierta a ti. A los pasos que un día volverán. La piel a la que un día nuevamente llegaré. Nos separa la distancia que nada es. Nos une la trascendencia que todo espacio llena y sacude. Se ve el día de hoy y la forma de tu horizonte feliz".

Uno de esos domingos en que él se supo. De luz diáfana y con apenas unos pocos carros de fondo. Con lágrimas confusas entre la ausencia y la dicha de la existencia. Con un dolor que retorna ocasionalmente en alegría.

Le quedaba un suspiro y la más pura ilusión. Fe de lo plausible.

I found you there


There is something behind every door, behind any single particle of dust.
And I found you there.

There is light hidden under the nails.
I found you there.

All the time contained in one breathe, in each phoneme you blow.

The universe, as infinite it seems, the finiteness of its own word. All and all.
Multiple universes surrounding so unapproachable.
With mass-less matter in the sand of our deepest imagination, with the evidence of its existence just by default.
They are there. And all around me lacks color and sound if I can someway feel the fact of your existence.

Does it matter? With you no more distance. Around you no more passing. Entangled such corpuscles across the distance and way beyond the Horizon.

It is your body, your very warm aura, reason enough to intangible buildings of faith and hope.
I swim in the river of your voice, I walk now in each print of your entropy.
With no edges nor boundaries.
Transmutable walls like bricks in-between the day and the night.

We both in an eternal dawn, we as the perpetual dawn fusing the contrasts together, giving meaning, creating opposing party for each being, filling out in fundamental contents.

Chained in the need of no chains. Tied in the need of no strings.

Simply the perception and conviction of myself into you converged.
Hay un sol con voz, hay un universo que habla. Tus labios que configuran el viento y el polvo. La maravilla de saberte acá sin distancias. Atados a pesar de todo. Conectados a través del horizonte. Hay una sonrisa tras las aguas. Hay un milagro entre los dedos. La luz de lo imposible construyéndose. Tiempo.
Se fue volando la casa, se me fue volando mi hogar. El dolor de ahora no es sino el del espacio vacío, el del alma incompleta. La mañana feliz de cada mañana está en tu sonrisa, en tus pasos adelante, en tus palabras de lucha. Ya estaremos palma con palma. Tiempo.
Pido disculpas por la ausencia. Ahora el corazón y las letras me duelen. Mi alma duele. Prefiero un silencio. MV.

Dos turistas


Era hora de ir por plata. Una ciudad como esas: turística, llena de bares y ventas de postales y desayunos carísimos en plato chiquito con un cafe de dos dedos en un vaso donde apenas si caben, de hecho, dos dedos. Cajeros, por supuesto, todos. En esas ciudades sobran es razones para gastarse el billete y aveces tengo la impresión que la sola pereza basta y sobra (y alcanza para la ñapa) para gastar y gastar y andar lanzando monedas en cuanta fuente -o charco- haya por ahí en las esquinas. El caso es que nos tocó, luego de revisar que la cartera estaba a medio llenar y no de billetes de bajo rango, pero con eso de que cobran hasta por mirar el techo, decía, el caso es que nos tocó devolvernos al cajero automático del hotel por más dinero.

Ah es que  una ciudad como esas lo que tiene de sobra es hoteles. El de nosotros, en pleno centro, era un edificio alto, de vidrios negros. De los delgados vistos de frente y eso era porque cada piso representaba apenas dos habitaciones. Una a cada lado. Pero eso sí, les digo, eran LAS habitaciones. Muy grandes, muy pero muy grandes. Con esas camas que tienen el área del tapete de una sala promedio con unas mil almohadas de tamaños tan variados que mi primera pregunta fue '¿y para qué tantas?' pero bueno, es que cuando se es de estrato medio, tirando pa' bajo, y una vez en la vida que uno se gana esos toures con todo pago -menos los impuestos de los tiquetes, las bebidas, la comida, las salidas, el bronceador, la invitada a la nena y un larguísimo etcétera- es decir, con todo pago-excepto, ¿qué eso de todo-excepto?, parece ciertamente una contradicción  a lo ¿por qué en vez de haber algo no hay nada? Mini bar, que era como diez veces mi bar en casa, televisión como del tamaño de la pared posterior a mi cuarto en casa, con un clóset que es del tamaño de mi casa. Llegamos entonces al cajero automático justo a la entrada.

A mano izquierda, cruzando la avenida, estaba una de esas iglesias enormes de tres naves y con esas cúpulas que dan sobretodo miedo en caso de que el infierno exista y con dos torres altísimas, como las de las mezquitas, terminando cada una en tres puntas. Toda ella en piedra y vidrios y complicada hasta decir 'ya no más'. Imagínese ud la hija de la Basílica de San Pedro y de la de la Sagrada Familia y se dará una idea. Ah y la anterior cópula por dos. Era imponente la berrionda. Tanto que hasta nuestro súper hotel, ultra lujoso, brillante y de nuevo-rico, parecía un teléfono celular al lado del Hermitage. Al lado derecho estaban construyendo un edificio. Esos rascacielos  que de tan altos y sobretodo de tan demorados son sobretodo toca-culos. No tengo la menor idea cuánto llevaban construyéndolo para el momento del relato ni cuánto más les faltaría pero es de esas cosas que uno, cuando toma lugar en su pueblo, sólo suspira de tristeza imaginándose el tráfico, las mallas verdes, los señores de casco a toda hora, el polvo, ¡el ruido!, mejor dicho, como cuando el maestro de obra es el que está en la casa dale que te pego a los azulejos del baño por tres semanas: un calvario. Como ver el pasto crecer. Arriba se veían cientos de obreros. Un grúa enorme, de proporciones tipo Transformer, como la que se debió usar para poner el último tornillo a la Estación Espacial Internacional en caso que hubiesen usado una, claro.

Así pues, nos paramos en el cajero echando número a ver cuánto era que necesitábamos en efectivo al menos para ese día. Era evidente que mucho pero no cuánto exactamente. En esas estábamos cuando Mónica me dice, oye Felipe, ¿dime?, creo que estoy como mareada, ¿mareada? ¿en serio? ¿No será por el sol, el mísero desayuno, el cansacio de haber caminado ayer tanto? ¡No! No es eso. Mira la lámpara de la recepción del hotel. (Lo cual era posible pues la puertas eran de vidrio). ¿No es muy grande y pesada para estarse moviendo? Yo sólo atiné a decir: ¡Dios mío! Hasta que alguien, que no podría describir porque aunque lo vi no lo recuerdo bien, salió gritando: ¡está temblando! El piso empezó a sonar como la caña de azúcar en el trapiche. Las personas corrían de lado a lado y se escuchaban muchos gritos. Yo entré en un estado de shock. Me costaba pensar con claridad y mi mente se volvió sobretodo un repositorio de imágenes y sonidos. Como si fuese simplemente una cámara. Inerte. Un mecanismo destinado a grabar. El movimiento aumentaba, el estremecimiento de la tierra se hacía más fuerte y el aturdimiento de la desesperación de las personas era como el de abejas si pudiesen ser sopranos. Como si todo el ruido de los radios mal sintonizados sonara al mismo tiempo. Sentía la mano de Mónica que me apretaba halándome en dirección a la iglesia. Pero no tenía sentido eso. Si había una construcción que podría deshacerse era esa y además era, de entre todas, la más alta, la más monumental. Alcancé a ver cómo los obreros en el edificio de al lado intentaban bajar desde semejante altura por entre el armazón de hierro pero hubo un momento en que ya era un hecho que un edificio a medio hacer no resisitiría mucho ni le daría la oportunidad a todos para salir a salvo. Fue uno, el de una de las esquinas, cerca a la grúa que, supongo, en medio de la desesperación y esperando contar con buena suerte, se lanzó. Era imposible sobrevivir a un salto semejante. Pero seguido a él, empezaron todos a saltar como meteoritos. Uno de ellos cayó justo enfrente mío, a unos, no sé, dos metros y quedó desparramado, medio moviéndose, medio muerto, lamentándose desde lo hondo de sus tripas y sin pedir ya ayuda pues tampoco eso tenía sentido. Mónica no lo soportó más. Me soltó y salió a correr justo hacia la calle frente a la iglesia. Yo desperté de mi letargo cuando, creo, me sentí abandonado por ella. Aunque ciertamente que fui yo quien la abandoné al no reaccionar rápidamente. Al verla alejarse sólo pude gritarle, ¡no! ¡Allá es peor! ¡La iglesia se va a caer! Empecé a caminar hacia atrás, en reversa, hacia donde parecía haber más espacio libre y en donde se amontonaban algunos niños con una maestra y, recuerdo, dos señoras mayores que se cogían de las manos. Me tropecé y caí y al levantar la cabeza vi cómo las dos torres y cada uno de los picos de la iglesia empezaban a caer en pedazos enormes, pesados y estruendosos sobre la calle. Ahí hacia donde Mónica segundos antes se había dirigido. Los vidrios del hotel estallaban como copas caídas de un tercer piso. Se formaban grietas en las calles y cruzaban la plaza en la que yo estaba. El sol brillaba, había el mismo cielo hermoso de hacía apenas unos segundos cuando todo estaba quieto y todos estábamos frustrados por el caos pero felices por, bueno, el caos. Me agarraba la cabeza arrodillado y gritaba con todas mis fuerzas como queriendo detener todo, como creyéndome Dios y gritaba por ella, gritaba por mí, por las señoras cogidas de la mano, por los niños, por los obreros ya muertos, por un mundo artificial que se venía abajo así nada más. Nunca supe cuántas personas murieron en ese evento. Me tomó días salir de esa ciudad y terapias por años para recuperar mi cabeza que se había desensamblado después del terremoto. Nunca supe perdonarme por no encontrar las palabras correctas para dirigirme a la mamá de Mónica y ante la pregunta ¿qué se sabe de ella? responder 'nada, aún no se sabe nada'. Y el tiempo pasa y aún no sabemos nada.

Hubo un día en que el sol brillaba.

30 años y 3 sonetos


Hoy Primero: mis primeros treinta años.
Momento que atestiguan es declive
de pelo y panza, de fuerza inclusive.
¿Hay hoy juventud ida por el caño?

¿‘Divino tesoro’? Divino engaño.
A dolores del cuerpo más proclive
es este hoy cazador y detective
de una bien tersa piel habida antaño.

He dicho tres veces 'hoy' porque duele
y duele tal vez aumentar la cuenta
que empuja sin quererlo cual pelele.

Cuento entonces ahora desde treinta
y el tiempo sigue y sigue, dele y dele,
empujando mi yo hasta los cuarenta.

Para continuar: algo moderado,
que de la depresión voy a la euforia,
y no hace falta ni un grito de gloria
ni hacer pensar que me quiero enterrado.

No hay en ningún momento nada dado:
viejo fracaso ni joven victoria,
la vida siempre es una trayectoria
y todo enfrente es un juego de dados.

Con los que a montones quiero, estar quiero,
no importa cuándo si nos coge vivos,
que nos coja, sí, encendiendo el caldero.

Estamos así en los años cautivos,
sin ver el camino al ser zapateros
de horizonte fecundo e ilusivo.

¿Me soy infeliz en este escalón?
¿Vendrá acaso algo que valga la pena?
Me soy feliz pues hay menos cadenas
y soy más yo con todo y resbalón.

Me iré, claro, a beberme hasta un galón
y a comer lo que una hambrienta ballena,
a esculcar lo que sobre en la alacena
y bailar con todos en el salón.

¡Quién dijo lágrimas y quién dolor!
Haber vivido es la mayor razón
para prender el fuego y dar calor.

¡Quién dijo incomodidad, picazón!
Si hay conmigo sobretodo valor.
¡Sobra aquí, señores, es corazón!

Kántaro.


Era pequeño. Se quejaba siempre solo y de algo que era imposible escuchar. Lo veía casi todos los días a eso de las cinco treinta cuando regresaba de la oficina. Me preguntaba por su edad. Pero como daba la espalda mientras le secreteaba a la pared, me era difícil saber qué tan joven o qué tan viejo sería. Tenía casi todo el tiempo una camisa a cuadros de mangas cortas metida entre el pantalón de pana con unos zapatos viejos color café oscuro que poco combinaban. De poco pelo, eso sí. Lo que, de hecho, era el único indicio de sus años y quizás también de su vida. No en vano se dice aquello de 'arrancarse los pelos de la desesperación'. Sin embargo, apoyado casi sosteniendo la pared como quien sostiene en fotos arregladas, miles de ellas, la torre de Pisa, era evidente que no la pasaba bien. Sus músculos estaban tensos, aruñaba la pared, gemía.

Pasaron los días, y pensaría yo que hasta los meses, y el chisme, la pura y física cotilla, y llegar siempre diciéndole a mi esposa, ve, ahí está ese man otra vez, en las mismas, cuchicheando solo, encorvado, quejándose, ¿qué será que le pasa? ¿Lo habrán abandonado? ¿Habrá perdido su equipo de fútbol? ¿Se le murió alguien? Mejor dicho, se me pasaba todo por la cabeza en un novelerío y drama barato o, bueno, para ser preciso se me pasaba todo lo que se me podía pasar antes de cambiar de tema y pensar en otra cosa. Sinceridad. Así es que, de tanto darle vueltas al asunto, me decidí ir a donde el portero, el guachimán que llaman, y decirle, ole, ¿y ese tipo qué? ¿Ud sabe algo? Y me dijo, sí, claro. Es el papá del papá de la señora de la esquina de la esquina. (Lo que ya me decía mucho sobre la edad del esquinero y del portero sobre sus problemas espaciales o con las esquinas). El señor sufre de no sé qué pero pues yo creo que está loco y punto. Habla solo todo el tiempo y cómo no: está solo todo el tiempo. ¡Sorpresa! Nadie lo visita o lo visitan para visitar al final otra cosa porque luego él se sale y se está solo. Pero fíjese, a mí también me generaba tanta duda, que una vez de madrugada, con eso que uno de vigilante poco tiene qué hacer sino vigilar y aburrirse y deprimirse hasta la muerte, porque por eso nos pagan, decía, un día tempranito a escondidas y antes que él llegara le puse una grabadora de esas de periodista con la curiosidad de qué putas es lo que hablaba recostado como en teléfono roto y como si la pared tuviera oído (y oreja). ¿Quiere oír? ¡Pues claro que quiero! Le dije con mis ojos abiertos cual requiriendo gotas. Al final, me dijo, yo quedé más perdido que el hijo de Lindbergh y no me solucionó nada y prefiero el parqués pero, la mera verdá', guardo la grabación porque con eso del YouTube pues uno nunca sabe qué puede resultar siendo famoso y popular. ¡Ay qué ver lo que a la gente le gusta! Ya se lo paso.

Por supuesto que no lo escuché ahí mismito. Me lo llevé a mi casa raudo y veloz y le prometí al vigilante devolvérselo al siguiente día. Mientras caminaba en dirección al edificio de mi apartamento, estaba ya él, todo él, su camisa, sus zapatos, su discurso, su espalda ahí, en las mismas con la misma...pared. Lo miré sabiendo que dentro de poco iba a ser capaz de entenderlo a él y su embrollo. Llegué a comer a cuchara rápida y quise, de pura güeva, evitar el tema con mi mujer hablando que dizque de la política de la separación de basuras en dispositivos electrónicos en los hoteles en cercanía de los desiertos para época navideña (de lo cual se menos ocho) para no levantar sospechas de que tenía esa grabación. Y otra vez, por supuesto, con su mirada de 'no me crea tan bruta' ella me preguntó que qué me pasaba, que era la primera vez que no hablaba del tipo ese y que eso era porque me traía algo entre manos. ¿Yo? Mucha güeva. Me figuró contarle todo lo del portero, de la grabación, de Misión Imposible y Holmes y ella, entre sorprendida y curiosa, me llevó de la mano al baño y nos encerramos apretujados en ese espacio de dos por dos con la luz apagada y con la rendija abierta. Ella se sentó en el sanitario, cruzó la pierna y yo me quedé de pie con el dedo sobre el 'play'. Click.

'El fenómeno, la cosa no en sí. Eso más allá-de pero que allá está. A eso que es posible acceder sólo si dejamos de ser nosotros y todos los demás y todo aquello que puede percibir. Hay un filtro que olvidamos: nosotros mismos. Estos cuerpos que buscan acercarse y tocarse y trabajar en conjunto y crear políticas y normas estandarizadas para movimientos grupales que cada quien siente diferente. Somos no sólo la percepción de nosotros mismos sino la de los demás sobre nuestro ser y parecer y el acumulado de todas las variaciones de esas minúsculas impresiones en el tiempo y en el espacio. Sobretodo en las circunstancias. Hay un mundo que es el mundo-todo sin color y sin sabor, con forma y materia pero sin textura. Hay conocimiento sobre nuestras ideas y nos queda apenas los cuadros que pintamos mientras existimos pero no sobre lo intangible, invisible, inaudible. Nada podemos saber más que el resultado de la inferencia de la estructura, del método que adaptamos. Si eso que ahí hay, que converge a sí mismo, en una serie infinita de subordinaciones no es sino el supuesto de su existencia, sólo es en supuesto, en abstracto, en la evidencia que señala a gritos un punto que ni siquiera está vacío de sí pero que está vacío de nosotros. ¿Cómo puede valer la sombra sin luz? ¿Cómo puede valer el sonido en el vacío? Se aleja todo a pedazos, se alejan los astros inalcanzables y las estrellas se pierden. Habrá una noche sin estrellas, un telescopio sin astros, habrá un universo negro simplemente, ahí presente, pero que ya no podremos seguir y nos sentaremos a vernos y comentar a los más jóvenes que hubo un tiempo en que habían cosas que se llamaban astros y estrellas y que existía el día y la noche y que todo afuera podía ser contado pero sobetodo comentado y danza a lo arriba presentado, música y cosmología poética. Y que ahí sigue: muy lejos, muy allá, como desaparecido. Y ellos, los más jóvenes, manoseándose entre las charlas, pensarán, pobre diablo, veteje de mierda, hablando de fantasmas y apariciones, de cosas que existen pero que no existen, de luces maravillosas y dizque calores no artificiales.'

De reojo.


Hay una soledad en esta ventana. Hay vidrios que reportan cuerpos caminando y camas vacías. Luces en las paredes de televisores prendidos que nadie ve. Un cuerpo que gira intentando atrapar el sueño sobre una alfombra rota y que ahora mira por su ventana. Hace el sol de las cuatro y la ciudad que está viva parece muerta. Entre estas paredes, metido en este cubículo con una puerta bloqueda por mis propias manos y la nevera vacía. Días en que el agua corre tonta y sola mientras me baño y entreveo mi propio reflejo en las baldosas. Percibo más las grietas que a mí mismo. Aveces canto. Aveces creo que cantar se asemeja a volar. Aveces bailo y camino y cuento los pasos entre cada cuarto y brillo descalzo el piso de madera esperando abrir un túnel invisible entre cada vivienda y hundirme bajo las vigas que sostienen este edificio viejo y gritar y gritar sumergido todo con la boca llena de tierra. Creo que la historia lo resuelve todo. Que recorrer con mi propia sangre la Reforma o los Templarios, quizás Al-Ándalus, la sombra de eso que llaman Lucy, el acero y la espada, el vapor que empuja, el aceite negro que apaga, creo que lamer todo lo escrito y tallado me pondrá en el camino de vuelta al tiempo y la entropía. Que me devolveré olvidando que soy y existo y me soy en esta hora en que me tocó vivir y vivirte. Empujar a Juana de su hoguera y dejar mi cuerpo abandonado entre esas llamas. Que sea ella quien se haga Santa y yo sólo cenizas.  Me curo, cumplo la expiación de mis propias imágenes de cuando duermo o cuando te toco y nos tocamos y quiero que las rocas converjan en mí y ropan mis huesos, de cuando debo introducirme en vagones irrespirables sin luz y con el destino repetible de siempre, de todos los años, de todos los días, con la maldita e imparable rutina, con la carga de todos esos que se hayan a sí mismos fabulosos y sienten el deber de compartir su fabulosidad a gritos y empujones y de esos miedosos que quisieran no estar ahí y no tener que reunir siempre monedas y todos los días pensar que o esto o comer. Me sufro. Me desgarro desnudo frente al único espejo que puedo ver. No tengo esa piel que quiero vestir ni son esos ojos los que he deseado para ver. Pero me queda el equilibrio, el máximo desorden, el fin o cuando menos ese fin.

Crédito



¿Cuánto alcance tienen los dolores?
¿Cuántas lágrimas quedan aplazadas?
Mientras jugamos,
mientras pretendemos que ya no es.
Mientras le damos guión a nuestras bocas.
En un teatro vacío de nosotros mismos.
Sin sonido.
Un día, así, con el mar golpeando las tiendas,
con el estruendo de una biblioteca que se cae,
con los platos que se deslizan de las bandejas,
con las ventanas rotas por un balazo que nadie espera,
con la madera vieja enfrentada a la humedad,
un día, así, se rehacen los mismos cuchillos y la sangre vuelve a fluir.
Ese momento cuando nos preguntamos por la dirección del tiempo
y si nuestro cuerpos -quizás ya no amados- se siguen en su único flujo.
Sufrir a cuotas.
Llamadas de lo que parecía que ya habíamos olvidado.

Excusa de comunicación


¿Se lo dijiste así nada más? Esas excusas que te inventás vos.
Bueno, hombre, es que no sé cómo decirle lo que le quiero decir.
¿Cómo así? Pero si la has llamado como un cuatrillón de veces en unas borracheras con el ombligo para el otro lado.
Pues sí, en eso tenés razón. Maldito aguardiente. Pero ve, dejame te lo leo. Pero eso sí, ese día se lo canté.
¿Lo cantaste? ¿Vos cantás? Digo, ¿no sonás a gato bañándose?
Pues no sé, pero cuando canto me llaman de la portería al citófono con 'recomendaciones' de los vecinos.
Te creo. De amigo me bastás pero de vecino...ufff me pido no.
¿Me vas a dejar leértelo?
Sí, dale. Pero esperate mientras sirvo agua que ¡ay mi madre!
Listo pues. ¡Y dice!

'El tiempo ajusta sus medidas, la noche aguarda la mañana; el sol, su salida.
Está cerca y ya viene. Llega callada, furtiva.
Trae consigo una sonrisa y guarda en sus brazos una añoranza.
Confirma en mis pasos una esperanza.
Viajo por estas letras y a través de tus ojos doy forma a mi presencia.
Te abrazo, sonrío por los años que hemos compartido
y dejo en la distancia un suspiro por aquello que juntos hemos vivido.
Somos amigos. Lo hemos sido siempre. Siempre lo seremos.
Celebrarás un año más de andanzas
y experiencias en este camino que desconocido creemos
y junto al viento que nos abriga en la jornada
o el agua que aminora el cansancio,
junto al cielo que nos guía o la compañía de una luna amada;
más allá están mis manos abiertas que se extienden entre la arena,
frente a ti ha estado, sigue mi voz entre la niebla: febril, serena.

Seguirán con las estrellas de este viernes un ciclo más que la vida nos ofrece
y que finaliza para ti con el próximo amanecer.
Un ciclo nuevo que inicia, uno que crece,
uno que empieza a crecer.
Hoy es ocho, mañana es nueve.
Entrarán las luces por mi ventana
y sabré que son las mismas que se filtran por la tuya.
Ellas despertarán tus ojos y los míos,
despertarán tu vida más allá del sueño
y celebrarán contigo y conmigo que cumples años
y que los festejas ahí, en tu cuarto, junto a mí, a mi lado.'

¿Y entonces?
No jodás. Casate conmigo.

En sobras



Who can this night save me from all what I see inside?
From what I can create, who can provide me shelter?
There’s someone who’s not me but me and who I can’t hide.
Hidden from the light it was and now I can read it as a letter.
No symbols written or any code has been on its paper applied.
I read with him and we knew each other while reading together.
Vanishing all that is myself so do my hands while getting tied.
There is just no more me (or one me and I) who is him forever.
I've tried.
I've died.
For the better.

¡Miércoles!



En mí alumbra la sombra de un engaño.
La sombra de ya jamás una mentira.
Dejando las tristes sombras de la ira
en el reflejo de quien es un extraño.

Tantos sueños que prometiste antaño.
Dijiste ‘un paraíso que suspira
músicas suaves al son de tu lira.
Tierra sin armas, heridos ni daño’.

Fue sino dejar en mí fluir tu río
para que zarpando apenas el barco,
la pura agua fuera moco de crío.

¿Me dices ahora que fue por parco
que me metiste en tu intangible trío,
un agua sucia de tu sucio charco?

No sé si quererte es ya suficiente,
no sé si perdonarte acaso basta,
no sé si te mantienes cineasta,
o si es todo esto fatal ingrediente

del veneno mortal de la serpiente
que atesoran todos los de tu casta,
esperando embadurnarlo en una asta
y clavarla un día así suavemente.

¿Acaso me miras y te arrepientes
o es todo esto un actor y su charada
y soy yo un ingenuo cliente sin dientes?

¿Acaso te sufro a ti a cucharadas
y tú por mí quizás ya nada sientes
ni es finalmente tu hogar mi morada?

Era sólo un vino.



'La fiesta que si no es de madrugada no fue de noche.
Que sin trago que encienda, no hay en el cielo un coche.
Que hace del vómito en la mesa el dorado broche.
Ay quejarse siempre.
Ay siempre quejarse.
Y aparentar que un día estamos contentos.
Y decir sin embargo que de la desgracia nadie está exento.
Que mierda es todo. Y hasta la mierda es un invento.
Ay quejarse siempre.
Ay siempre quejarse.
¿Qué me queda? La distancia.
¿Qué dejo? La vagancia.
La ignorancia y la arrogancia y la abundancia de todo y que nada funcione de verdad sino todo a medias en esta tragedia barata de enciclopedia de bus y un cantante de Jesús y como para que rime, de ese, humm 'virús' y que canto y que lloro de tanto en tanto a ese voltea'o santo en medio del llanto y el quebranto de mis sombras y la noche fría sin manto y ¡el camposanto!'

'Ya pues, matate pedazo de idiota. ¿Qué es lo que hablás? No pues, ahora de payaso a poeta. Ve, no me jodás, pasate otro guaro que estoy que me bailo. Mejor dicho, ponete alguna de esas que sonaban en los colectivos cuando llegamos a Bogotá. De las de 'viejitas pero sabrosas'. Una salsita que va o un merengue de esos de 'cachete con cachete, pechito con pechito'. Hoy amanecí o, bueno, se nos hizo la noche con ganas del pasito tuntún y de beber hasta que el ombligo se pase para el otro lado y dejar la güevonada de estar tratando de arreglar este mundo de mierda que mejor se arregla bailándolo, o se desarregla emborrachándolo. Se me quedó esa frase vieja de que 'el trago no te da la respuesta sino que te hace olvidar la pregunta'. Y ya estoy mama'o de hacerme preguntas pendejas y tener que madrugar todas las mañanas con la puta preocupación que quizás sea la última levantada y que debo salir a meterme en ese tráfico de sardinas empacadas, de canguro con trillizos a respirar a medias y cansarme subiendo porque no hago un culo de ejercicio y duermo y hago pereza y como mal y fumo. No, es que hay algo equivocado con vivir, ¿no te parece? Upa, no. Dije que no más preguntas culas. Mejor dicho, caminá hacemos lo de 'a la derecha, a la izquierda' mientras me contás qué pasó con es nena que se fue a los Niuyores, ¿o era a los Mayamis?, no sé, esa vieja con la que te metiste y que era casada pero putamente infelizmente casada con ese man, que bien feo si era, pero ya, es que cuando se tiene plata, la belleza se diluye, ¿no? Como ahora que te veo a vos hasta chusco. ¿Por qué era lo de grillero? Ya ni me acuerdo de eso. Esa vaina no tenía sentido. ¿No? ¿Y es que acaso con ella no te manoseabas en el carro mientras la llevabas a verse con el ahora marido entonces prometido? Ay qué ver cuan imbécil se puede ser. Y no él. Sino vos que te metiste en un paseo tan jodido para que luego te dejaran montado en la burra sin más y ella se fuera en plan chévere a viajar el mundo y vos acá chillándola y yo mamándome tu quejadera. Cambiá eso que suena mal. ¿Eso no era antes una balada de las de pop? Qué manía tan desesperante que le cambien el ritmo a las vainas. Si era para llorarla, ¿cómo puede ser que ahora sea para zandunguearla? ¿Para sacarle brillo a la ebilla? ¿Hebilla es con hache? ¿Para azotar baldosa? ¿De dónde se crean esas frases que todos repetimos constantemente? Me pasa ahora cuando voy a comprar comida que escucho a los del colegio de aquí a la vuelta hablar y ¡no entiendo! Maldita sea, antes no entendía a los viejos con lo que me parecían palabras rebuscadas y ahora no entiendo a los pela'os de 15 con palabras que parecen sacadas del culo. ¿Es que se trata todo de eso? ¿De no entender? ¿De permanecer confundidos? Como medio ebrios creyéndonos felices porque se nos antoja que es mejor o porque ya nos aburre la quejadera a toda hora del que amanece con nosotros y se acuesta con otro. Ay no sé. Hasta los desesperanzados me parecen salidos de un rialiti de la televisión y los optimistas de algún culto de los que tienen avisos pegados en los postes de la luz eléctrica. Pillá todo lo que podemos hacer mientras bailamos. ¿Bailamos? Ah este hp se durmió.'

Tangente.


Al mismo tiempo y en el mismo lugar. La ubicuidad. El pertenecer. El desaparecer. En un mundo que creemos determinista, en donde no dudamos que el tiempo es apenas una línea en donde lo que viene ha sido predispuesto por lo que ya pasó, en ese entorno en el que armamos reglas y reglamentos, políticas y estrategias, cuadros de entradas y salidas, indicadores de impacto y herramientas de monitoreo, evaluación y análisis, en esa misma casa en donde nos miramos frente al espejo olvidando que ese ahí no soy yo sino una representación de mí y que yo soy una representación de mí mismo, de la forma en que he configurado la participación en mi realidad y en las realidades en las que participo cuando de mí se habla o, mejor, cuando soy el percibido. No puedo sino escuchar mis pensamientos y no sé si los demás escuchan los suyos (quizás algunos los míos) y ¿en qué tono? ¿en qué idioma? ¿cómo bailan tus palabras, de qué forma pronuncias las frases y argumentas tus miedos cuando te hablas? El universo está en soledad perpetua minutos antes de tú dormir. ¿Un cuerpo abrazado a ti? Abrazas un cuerpo en donde la dureza de la piel es apenas una imagen fugaz de algo que no está. No puedo no estar aislado y huir de mi existencia y al mismo tiempo existir. Soy vacío de materia, soy una energía condensada que se deshace entrópicamente degradada en una ciudad que identifico propia y de la que casi todo desconozco. A nadie conozco. A unos cuantos. Es inexorable el paso de este río. Se evaporarán las estrellas y consigo un Todo de formas definidas. Me evaporo y me miro y me miro y no puedo aceptar que deba lo inevitable ser aceptado. No puedo tomar como propio lo que no puedo negar como extraño. No es la infelicidad, es la extraña certeza de tener esa certeza. Y la incertidumbre. Y el miedo. Los códigos y todas las metáforas. Tus analogías de señora vieja, de hombre que camina, de niño que juega, de mamá, de papá, de hermano, sobrina, cuñada, amigo, vecina, extraños seres fuera de este cuarto y más allá de los límites ciertos y hasta de los inciertos. Tus fantasmas y representaciones de creer que puedes opinar y tener razón. Que vale y es necesario aveces escucharte, quizás amarte. Yo invalido toda existencia y le echo el lodo de la condena de hielo a toda presencia. Nada me saca de mí: ni siquiera la ausencia. ¿Paciencia? No. El futuro es uno y es un no futuro.

De tu música


Y dejar así que las notas suban y bajen y tracen los senos con todas su curvas distantes de radio viajando por el espacio y todos los valles verdes y cadenas de montañas cubiertas de nieve y vida en la sombra de un planeta lejano allá en donde rojos son los caminantes que esperan ser filmados para las sombras de la posteridad humana perdidos en el miserio infinito del barrio inmenso que se avecina lleno de galaxias y nebulosas y perfumes y un cuello redondo que baja por tu cuerpo y por cada racimo que de ti pende en la llamada de una lengua sedienta o de un cascada tibia en la que puedan sumergirse y enumerarse todas las fotos de piscina de una mañana de domingo de una niñez ya perdida y sumida en una vejez de retratos fortuitos de gente ya olvidada de puertas y decoraciones y mesas de centro.

Dejar así que sea la música que escupen las ranas y que soplan las tubas por los túneles de gusanos de seda confeccionando vestidos eternos de redes y torturas e historias de guerras y espadas y una ánfora de agua contenida en la mitología cayendo en la cabeza del dios del futuro y dando en el golpe de un gople el pie al sonido que empujará a la muerte a todas las miradas de noche y nostalgias de todos aquellos que un día se perdieron en su propias ropas y se encontraron así sin más como escrito en la sangre que de todo nada quedará y que sólo hay esa mirada tierna de alguien a quien llamaron 'tú' y que tiene en infinitivo cuando no ve y que sólo hace el presagio funesto de un vacío lleno de preguntas vibrando en el silencio y purismo del secreto infinito que callan todas las bocas y que no saben lo que callan y que soplando abren el camino paralelo a un Todo de corpúsculos y átomos arreglados en fórmulas distintas y leyes de vida que conformen un 'yo' que no exista o un 'tú' que ya existió.

Porque existes. Si existo yo.

Y nada debe tener sentido en estas letras. Excepto tú.

Me cargo confuso. Excepto tú.

El verbo caos


Y vio cuanto porno pudo. Drogado, borracho, en las mañanas pero sobretodo en las noches facilitando el proceso (by) al traer el pael higiénico, todo él, el rollo completo al lado de la mesita de noche con retazos previamente cortados optimizados con el uso y la experiencia a la cantidad precisa y necesaria. Particularmente le gustaban los videos muy ficticios en donde eran marcianos o marcianas o híbridos y abducciones azarosas con una nueva modalidad de placer y dolor, o dioses del Olimpo y Asgard y Baal o el que cayera, o zombies. Éstas últimas eran claramente sus favoritas: las de zombies y su movimiento lento pero constante, su persistencia sin sentido, su afán parsimonioso de movimiento sin razón y sin objetivo. Las había visto todas y se dijo, ¿por qué no mezclar esas dos pasiones? Ahora con la moda de los mash-up en los que suena la voz de la una con el piano del otro, ¿por qué no el gemido del uno con la sangre sin vida del otro? Sonaba apenas natural. Así, se dedicó horas eternas, suspendido en escenas y posiciones casi imposibles, en eventos virtuales orgiásticos entre tantas y tantos al mismo tiempo, en cámaras baratas y grandes producciones. Hubo una en 3D, sólo que la falta de gafas y el portátil barato, no dejaron entrever más profundidad que la ya muy evidente propia del sudor y que era como del -o del algún otro- mundo. Como de esa tierra caliente de cristales de donde viene Súperman o Linterna Verde mientras se dan un vueltón jugando Escondite Inglés con la Mujer Maravilla o hasta entre ellos con besos franceses y chupadas en donde el sol no quema. Amontonando días de video descargado de la red, memorias de las chiquitas con megas y megas de piernas y culos, revistas, cuentos que ni el trópico de un cangrejo ni Saló en el salón, se le ocurrió que era momento de coser. De hilar alas de mariposa en alambres de ganchos de ropa uno tras otro como esqueleto de la cometa y cubierto en colchas de retazos con las fotos y revistas y portadas e imágenes impresas de todos los videos vistos. Quería desnudar todas esas pieles en los cielos y nubes grises y días soleados. Con la paciencia y frustración de quien se enseña lo que hace y califica lo que se enseña, destinó más días para configurar el objeto volador que los se gastó grabando sus propios gritos con el celular en cada escrutinio pornográfico. 'El objeto volador'. Esas palabras se le deslizaban de la boca cada tanto sin darse cuenta con el mismo reflejo innato que lo hacen los ojos al cerrarse o los dedos al moverse mientras se habla. 'El objeto volador'. O el que él llamaba volador, realmente no sabía si funcionaría para volar, qué volaría o si lo pondría a volar siquiera. Lo importante era acercar la adicción a la herramienta ésta para la cual la presión inferior sería al final más grande que la contraria soplándola arriba, derecha, arriba, izquierda, al horizonte estelar sin direcciones ni cartesianos. Tras los dedos con ampollas, las lágrimas de tanto enfocar, el alambre enterrado en las palmas, el hilo que le cortaba las encías (no tenía tijeras efectivas), tras casi morirse de tanto pujar con la cabeza las ideas, un buen día de Julio al finalizar la mañana, acabó el transformer. Se vio en una epifanía vestido con él, ya no para el perro ni para el vigilante ni doña Margarita la de la tienda, ni para nadie más sino para él. Decidido se metió en medio ubicando los brazos en las dos primeras alas de la mariposa multicolor agitado en un acceso de tos por lo que ya veía venir. Se dirigió tambaleando en dirección del balcón del piso 15 del edificio 4 del conjunto B, su apartamento, su cárcel de llave en billetera y empezó a agitarse, primero despacio para entender el mecansimo en que el viento, como fluido turbulento, se deslizaba entre las formas y los materiales y su fricción y su temperatura. Fue aumentando la fuerza cambiando conforme lo hacía el véctor celeste. Las dos alas iban moviéndose empujando, por un mecanismo de poleas y piñones, las otras 4 que hacían a la capa invisible romper el hechizo gravitacional despegando sus pies descalzos de las baldosas. Suspiró pensando en Dédalo e Ícaro, suspiró pensando en las estrellas del porno que se habían sacrificado ingnorantes por él, por los zombies y los virus, por la epidemiología y esos humanos de bocas hambrientas que habían mordido alguna vez sus nalgas, pero sobretodo suspiró -gritando seguido- por Poincaré, se dijo que era momento de él empujar desde sus entrañas la tormenta que estallaría en Japón o en las Filipinas, que era momento de ser él el dueño de la llama inicial del orden y los patrones, de las formas inusitadas de las bandadas de pájaros y de los videos retroalimentados, del caos acumulado en lo improbable, en las variables definidas y pintadas de resultado impredescible. Empujaría su ser tangible la última revolución sexual. Sólo necesitaba todo el tiempo del mundo, o al menos el tiempo suficiente para poder reducir a apenas un cubo pequeñito de realidad somática, el evento casi imposible. Supiraba rogando pues con la verdad entrópica tatuada en las pupilas se decía en susurros que: 'de ese tiempo me resta apenas una vida mía por vivir'.

La barcaza y la Colombia de a 20



Tu sangre es hoy toda la roja sangre viva del ancestro africano.
Hija en todos los tiempos del tambor, la flauta, la noche y el desierto,
del ardiente trópico húmedo como de su primer verdoso grano.
Llevada con hierro forjado fue tu historia a la mar y a todo puerto,
embarcada así por oro y fuerza en la caravana de la colonia.
Lo supiste como lo sabes. Con los españoles se fue encubierto
el desfile austero y fatal de quien llora toda última ceremonia.

¿Qué sientes tú que fuiste y eres en el amasijo de esta amalgama?
¿Hay para todos un mismo cobertizo con una misma coraza?
El fuego del pasado arde contigo y conmigo está tu ardiente llama.

Ah mi Nueva Granada que aquél día te vio llegar así desnudo
a sacar de los campos y de la tierra la azúcar que no era tuya,
a querer hacer de tus signos y tu madre lengua apenas un nudo,
forzándote con puño y cadenas a entonar el primer aleluya.
¡Fuiste pies y planta del ritmo de todo aquello que me soy y canto!
En las alturas con tus alpargatas de algodón, de fique y cabuya
lavaste el tosco ladrillo, la dura piedra y untaste el calicanto.

¿Qué sientes tú que fuiste y eres en el amasijo de esta amalgama?
¿Hay para todos un mismo cobertizo con una misma coraza?
El fuego del pasado arde contigo y conmigo está tu ardiente llama.

Soportaste como esclavo creando de la desdicha un cimarrón,
orgullo del viejo Espartaco que no vio los cimientos del palenque.
Pusiste ahí con la cumbia y con la marimba en tu cabeza un jarrón
y que ahogaba en lo más hondo la falta de ritmo del criollo enclenque.
No llegó a las Américas con la espada y ocaso de Napoleón
mas que otra palpable forma evidente del miedo ciego y su rebenque,
mas que otra forma de engullirte vivo en el invisible Panteón.

¿Qué sientes tú que fuiste y eres en el amasijo de esta amalgama?
¿Hay para todos un mismo cobertizo con una misma coraza?
El fuego del pasado arde contigo y conmigo está tu ardiente llama.

Estabas entonces en un conflicto esencial con todo dueño blanco,
estabas entonces del lado callado de todo cuerpo oprimido.
Mientras Haití en el norte se bebía su libertad en el barranco,
tú creabas mágicos códigos secretos con llamas y silbidos.
Entretanto se escribió en el diecinueve la aparente Independencia
que al final no te trajo sino un apaciguamiento ya conocido
y quizás también el sueño de que Yanga compartiera su cadencia.

¿Qué sientes tú que fuiste y eres en el amasijo de esta amalgama?
¿Hay para todos un mismo cobertizo con una misma coraza?
El fuego del pasado arde contigo y conmigo está tu ardiente llama.

Ese mismo siglo vio nacer empapada la palabra mestizo,
contenedor de todas las aguas históricas en la misma taza.
Ese mismo siglo vio a Martí hallar en las pieles espejo postizo
al escribir que “no hay ningún odio de razas porque aquí no hay razas”.
La Gran Norma de Núñez se abrió camino con la rojiza alborada
y que no desató al ciudadano ni te aflojó mucho las tenazas,
empezando nuevamente el estribillo de la añosa mascarada.

¿Qué sientes tú que fuiste y eres en el amasijo de esta amalgama?
¿Hay para todos un mismo cobertizo con una misma coraza?
El fuego del pasado arde contigo y conmigo está tu ardiente llama.

Los Mil Días con su Guerra expulsaron a tu cuerpo de los terrajes
levantando en el Cauca la resistencia de Cinecio, El Empautado,
para encaminar con Córdoba el Chocó al estrado de corbata y traje.
En la perdida aldea se alzaban en lucha los tuyos enlutados;
por todas las promesas de cal y arena y todas las nubes errantes.
Llega con la reciente norma de normas un nuevo juego de dados
que se ha mostrado hasta este sol andino cojo, sordo e inoperante.

¿Qué sientes tú que fuiste y eres en el amasijo de esta amalgama?
¿Hay para todos un mismo cobertizo con una misma coraza?
El fuego del pasado arde contigo y conmigo está tu ardiente llama.

Recuerda señor mío hoy el horizonte y tú el mañana bella dama.
Que la ventisca seca la lágrima turbia y afloja la mordaza,
filtrando luz de esperanza, aclarando el más venturoso panorama.
Navegarás de vuelta hacia tus sueños nostálgicos en la barcaza.
¿Qué sientes tú que fuiste y eres en el amasijo de esta amalgama?
¿Hay para todos un mismo cobertizo con una misma coraza?
El fuego del pasado arde contigo y conmigo está tu ardiente llama.

Un plan



"No solo importa cuan efectivo es el resultado sino el conocimiento sistemático de cómo está hecho" se repetía a sí mismo.

'El punto finalmente es que todo experimento valioso pueda ser replicado en multitud de ocasiones y oportunidades guardando el contexto de cómo se hizo y para qué y que la comunidad científica -y hasta la no científica- pueda modelarlo nuevamente y para siempre hasta el final de los tiempos. Que ese mismo resultado les permita a varios hacer esas caras de ajá, sí, claro, mano que estrecha otra mano de satisfacción y hasta orgullo porque sí, en efecto, la cosa funcionó, y abrazos de fraternidad intelectual porque sí, no cabe duda, la joda esta da si se le mira por abajo y por debajo, por arriba, de medio lado, en diagonal, con pendiente de 45. ¡Funciona! Le funcionó a un sinfín de los muy-muy, estrellas faranduleras de la ciencia y la matemática, aunque, bueno, la matemática es otro parche, de verdad es que es otro maní, mejor dicho, es otro cantar porque ahí no se trata de amontonar datos y datos ni hecharle número a bases de información puesta gota a gota en espera de que la conclusión estadística sea la esperada, al contrario, el 'cuy' del trabajo es montar teoremas en caballo y que se demuestren infaliblemente. Pregúntenle al Fermat que le jodió la vida por décadas a una fila de güevas hasta que pin, salió el que con papel y lapiz, como todos, encontré el arito rojo. Chistoso, por ejemplo, andar  con lanza mental y con ojímetro a la caza de esos neutrinos de mierda que como divas sólo sacan un dedo de cuando en cuando -una única vez cada miles de años- entre cúmulos enormes de hielo en donde fácilmente podrían caber todas las ballenas azules del mundo. Pufff el suicidio, la inutilidad y la paciencia infinita de sentarse a ver el pasto crecer, y digamos, verlo crecer en cámara lenta. Pero como hay gente pa'to'o pues yo también'. 

En esas, con las manos aún rodeando el cuello ya rojizo por el estrangulamiento en esta noche de jueves y grillos, en la soledad varias horas río arriba de un terreno inmenso como Alemania cubierto de árboles y matas y maleza, habitado por no más de un centenar de personas de otra lengua y otro origen, se dio cuenta, como en un chispazo de Eureka con bola de fuego 1604, que su plan minucioso en este caso en particular tenía un pequeñísimo incoveniente: el resultado no podría ser practicado nuevamente, no habría nunca una oportunidad más de poder analizar el objeto de su interés ni de seguirle sus pasos. Nunca en lo sucesivo habría cómo nuevamente medirle cada uno de sus encuentros y formas, cada una de sus expresiones. Su voz, sus maneras, las redes de su aleatoriedad. Descubrió en la fiebre y en el mar de su pesadilla de carne y hueso que esa apretujada carne sólo pertenecía a ese hueso roto y que sólo se podía, como aún sólo se puede, 'perseguir, diagramar y matar un cuerpo amado una única vez'.  

Siguiente.


Y es que no va a ver un sitio disponible para él sino el sitio ocupado que nunca va a ocupar. Se quedará observando todo ese círculo cerrado al que no va a pertenecer. Rosca y anillo de alianza, club secreto que ignorará para siempre. Rasgando la puerta de entrada. Intentando mirar por entre las rendijas y los matorrales. Perdido en un cúmulo de frases y códigos ininteligibles. Armado de diccionarios en línea, en físico, en rombos verdes y azules. No le queda de otra que aceptar que ya no está. Que acaso si estuvo, es hora de dar la media vuelta y retornar a ese campo de luces en donde pelean caballeros dorados y las armaduras se enlazan en un sueño de comedia y de divinidad. Le queda por destino un aro de arena ardiente que tiene su nombre solo para él, para gente como él, para quienes ya fueron tasados tal cual como él. Habrá de sumergir sus penas y dolores y lamentarse hasta que el Todo supremo de burbujas universales se encoja entre un Kelvin infinito y se expanda con el frío absoluto separando átomos y corpúsculos. Sin más, la silla vacía de él siempre ocupada de ti.

Famosos hocicos


No, hombre, no. No te podés sólo quedar viendo por la ventana esperando que alguien venga y te salude. Menos si te escondés detrás de la cortina y apenas dejás ver un ojito café, de noche y cuando llueve. Está bien, ya estoy exagerando. Pero apuesto este hueso carnudo mío a que tan lejos de lo que te pasa no estoy. La verdad es que entiendo que sos tímido y que te afana que te hablen y no tener qué decir pero no cabe duda que más allá de esa sala debe estar quién quiera acompañarte a dar un paseo saltando líneas en los andenes del cemento. Un personaje por ahí de esos que lanzan cosas y te conversan como si te importara el tema o como si acaso pudieras entenderlo. ¿No te han dicho alguna vez bebé? ¿Niño? Claramente ninguna de las dos. A mí, debo decir, me molesta que me confundan o me quieran hacer parecer uno de ellos. No es cierto. Nosotros somos lo que somos. ¿Qué se creen tan interesantes como para quitarnos nuestra descripción milenaria para adaptarnos a la de ellos? Me pido 'no'. Voy por el 'gracias pero no, gracias'.  Pero bueno, me fui por entre las ramas. Hablábamos de tu dizque tristeza. Ok, ok. Hablamos. En presente y aún no en pretérito. Pues bien, la verdad es que yo pasé por cosas similares cuando descubrí que además de patio existía en ante-jardín lleno de flores y un camino cual atajo a la calle cuarta en dirección al centro de la ciudad. Deberías ver esos museos casi llegando al Morro. Llenos de árboles para recostarse y darles vuelta y dejarles una marca. Uno piensa, ¿de tanto territorio marcado, aún queda territorio por marcar? Yo creo que sí. Yo creo que en ese entrecruzamiento de amoníaco queda visto que hasta para nosotros la globalización es un hecho. Pero vos, que te la mantenés de la cocina al patio, del cuarto y la cama al baño y el sanitario, vos que no hacés sino jugar a onomatopeyas humanas debajo de las sábanas, vos que sólo se te ocurre aparecerte cuando te dan pan y te lanzan un pedazo de carne como a una foca. ¿Es que te creés una foca? Habrese visto tal absurdo. Vos que no  hacés sino mirar poniendo tus dos patas en ese vidrio esperando un no sé qué para no sé quién y nunca sabemos cuándo, vos, este vos al que veo oler la rendija inferior de la puerta para sentir el día y sus vientos, que no te has pillado que las redes sociales nos pertenecen a nosotros también, mejor dicho, ¿ vos me venís a decir a mí que lo único que te enseñaron para manifestar inconformidad y pereza y modorra y furia fue a ladrar?

El Acomodador y la Nueva


"Pues no, no compro ningún producto de Apple porque no me da la gana. Porque me pasé a la contrareforma como si estuviera yo jodiéndole la vida al ahora, al actual Lutero. Me armo de ganas y del ejército de mi propia voluntad y mis ganas de hacer berrinche y quedarme quieto como un burro que pone su rabo para no levantarlo jamás nunca. Nada. Ni Microsoft ni cafecito de Starbucks. Mucho menos una de esas hamburguesas McDonalds que van en contra de la entropía como si así de chistoso pudiese uno ir por la vida negando la termodinámica. Tampoco aguanto hambre y me endeudo hasta quedar sin un culo de plata mirando por la ventana como un perro porque no tengo pa' gastar, para comprarme un pedazo de trapo y bolsa que dejará de ser interesante en unos, digamos, dos meses. ¡Dos meses! No. No quiero pertenecer a esas sectas modernas disfrazadas de tecnología donde la gente celebra que se abra una tienda nueva y duerme en las puertas como un mendigo para pagar quién sabe cuánta plata y que hace filas por horas y horas para ponerle pasta metálica a una adicción que más parece un T.O.C. y un BANG en la sociedad. No me vengan con cuenticos de dizque innovación ni pantalones desgastados, envejecidos porque sí, ni comidas que saben diferente porque son de tal o cual marca y son súper buenas, más allá de lo mejor, lo último de lo último, lo más de lo más; y no porque sepan diferente sino porque, mezclados con esa acosadera y ese bombardeo constante de imágenes, cual día D, nos hacen creer que son diferentes y buenos y que hay que tener varios en la alacena a la espera que se venzan porque se nos vencen. ¡Y nos lo creemos! Me molesta esa visión casi religiosa y familiar de Coca Cola y Nike y quién sabe cuánta maricadita más por ahí metiéndose en los portaretratos como si fuera la mamá de alguien o el hijo de alguien o algo importante y no un líquido negro con mucha azúcar y que sirve para soltar las tuercas oxidadas del carro de mi papá. ¿En qué momento se dio que nuestro cerebro se alumbra con las revistas en las mismas partes que se alumbran con los rostros de nuestras mamás, con la intagibilidad de la fe? ¿Por qué este afán de compartir todo con todos a toda hora?"

Luego de tan larga perorata que se decía a sí mismo mientras acomodaba uno de los detergentes para ropa de color en el pasillo tres de la sección de aseo, se decidió a continuar con las cajas de cereal. Era un día feriado en el que tuvo que reemplazar a la Nueva. La tonta hermosa que, por más hermosa y nada tonta, seguro estaba durmiendo justo en ese momento con un alguien que él quisiera ser. Se decidió a hacerlo en espera de que su sacrificio al menos le diera la oportunidad de decirle a ella: "de nada, cuando quieras".  De mirarla a los ojos. De permitirle gastar en ella por lo menos la mitad del salario mínimo que recibía mensualmente y que no le alcanzaba ni para olerlo. Eran ya las cinco de la tarde. Sentado en un banquito diminuto para su gordura, miró por una de las ventanas enormes del súper mercado hacia la calle 53: el cielo estaba gris y las calles, o esa calle, estaba solitaria. El cemento estaba quieto y no temblaba siquiera por la proximidad de un bus articulado. Empezaba a llover. De sus ojos, que le picaban por el polvo de los cartones, se deshidrataba un mundo solitario. Se evaporaba de arriba hacia abajo una laguna azul en la que flotaba un futuro ahogado.

La última


¿Por qué gritas? De hecho, ¿por qué no lo hago yo? Sólo veo arrancándote, desgarrando cada palmo de tu miedo, de ver ese cuerpecito ahí, sentado, que pudo suspirar una última vez. No hay nada más que quieras proteger, sólo tu propio ser que protege esas manitos que ahí adentro juegan a modular nuevas palabras. Quizás ignorando el cataclismo que pudo ser. Hay mucho más que hubiese podido ser. Una realidad fantasma en la que se acumulan todos esos teatros invisibles. Tus lágrimas son el grito del cemento. Las cuerdas tensas de tu garganta. Mi mutismo.

Cuántas


Y yo te puedo imaginar a ti leyéndome a mí y acordándote tú de ti. Y yo te leeré y me verás leyéndote y me veras viéndome a mí: recordándome en las letras que un día tú escribiste. ¿Te animas a vivir en un mundo de espejos? Contigo preferiré ver el reflejo de aquello que imaginas cuando ves el mío. Veo aquello que proyectas y ahora quiero ver la proyección de eso que reflejan las ondas que tu todo rechaza. Quiero perderte en el reflejo infinito de una habitación tapizada de cristales lisos. No te pares enfrente. Déjame observarte con la espalda. Con los ojos confusos de tanto verte en todas partes. Ni tampoco apagues la luz que ilumina esta cueva hija del cuarzo. Intentaré no dormir. Y aun si me vence el cansancio y la sangre del cuerpo, aun si la fuerza del piso me empuja sobre su regazo, soñaré que te puedo imaginar a ti leyéndome a mí y tú me soñarás acordándote tú de ti y de mí soñándote en esta intersección de burbujas flotantes.