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13 de junio de 2026

Nudos

Estábamos teniendo una conversación mística y poética, cuando de repente me escriben diciéndome "mándame nudes". Yo dije, bueno, este misticismo está en otra emisora y pues estábamos en los espíritus de la naturaleza. Cuando estaba a punto de enviar lo solicitado, me di cuenta que realmente decía "mándame nubes" y que yo andaba ya en una elevándome en pedazos de piel jamás expuestos tan a la ligera. Era yo el que siempre estuvo en una nube. Cosas del texto predictivo que yo mismito sin teclado predigo. 

25 de marzo de 2019

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Gritó. O eso creyó hacer. ¿Qué es gritar para una planta? Se miraba a sí misma, sin ojos, ni sistema nervioso, y se sabía angustiada, adolorida de espíritu y tripas, podrida. Su espíritu de clorofila sólo podía derramar lágrimas y golpearse contra la pared del tallo. ¿Quién necesita acaso manos para darse contra el mundo? Para cortarse las venas. Seguro que las venas -unas, pues- habrán querido de cuando en vez cortarse las venas. Rasgarse las vestiduras. Poner Julio Jaramillo. Se agitaba como en el pico del pogo, como cuando nada el que mal nada, se ahogaba en las arenas, se asfixiaba en la prisión húmeda de las aguas. Invisibles, transparentes, reales. Fotos que son lo representado y no, y lo representado y el representante. Y no. Miraba al cielo pidiendo auxilio. ¿Por qué la desesperanza exige mirar al gran arriba o al muy adentro? Sus ojos de retina y metáfora, cada una de sus miradas y reflexiones, las células nerviosas que no eran y se miraban a sí mismas, reconociéndose otra cosa, sabiéndose disfraz de pero por dentro neuronas. Impávidas, inmóviles, eléctricas. Se percibían como la leyenda de la mata pensadora, de la mata con oídos afinados a "buenos días, ¿cómo amanecieron?", el mito jamás escrito sino en todas partes de las plantas clorofilescas que se sientan a escuchar con un vaso por entre la puerta. Porque así alimentan su chisme y su crecimiento vertical hacia el cielo tras la esperanza y la desdicha. Sus pensamientos, que nunca fueron mientras se pensaban, serían los últimos jamás para el sistema no nervioso. No asustadizo. No angustiado. Con la luz invisible de la infinita oscuridad. 

4 de diciembre de 2018

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Fue una revelación. Una imagen tangible, una ilusión de piedra, pesada como todas las aguas, pesada como el hierro en las estrellas moribundas. Fue un nombre. Con un pasado y un retrato de todos los tiempo, de cumpleaños y reuniones, de fiestas y encuentros, de álbumes viejos e imágenes digitales en la memoria de celulares robados y memorias olvidadas, imágenes en nubes de unos y ceros y nubes de polvo y smog. Fue una fecha. ¡Todas las fechas! Cada día de hambre y llenura, cada día de sueño y vigilia, cada día en que la sangre fluye y se espanta, todas las noches por la ventana y en las baldosas. En las rendijas y las hendiduras. En los rotos y el impermeable plástico de una boca asfixiada. Fue un último día, este último día, una muerte revelada a quien, cuando apenas lo supo, agonizante, desparramándose, entrópico y sin fortuna futura, en un último suspiro de la adivinanza, murió.

24 de julio de 2013

Un viaje y el viaje.


Se dijo que sí, que había que invertir cada centavo, cada último suspiro en conseguir el dinero a punta de empeñar de todo, de vender todo, de aceptar cualquier trabajo, de dejar pedazos de cuerpo por ahí, pedazos de vida, de cargar niños, acompañar ancianos, cuidar edificios, cocinarle al mundo y sus perros, de lo que fuera, como sea, en donde sea y lo que tocara. Acá ya el punto no era en donde le sonara la flauta sino sacarle música a los huecos del delantal a punta de soplo, suspiro y cansancio. Pero se dijo que todo por irse, todo por ese viaje que no importaba nada de nada, ni la experiencia del primer avión, ni del primer país, ni siquiera un idioma raro gutural pronunciado quién sabe cómo para decir quién sabe qué, ni no tener dónde llegar, mejor dicho, acá, en esta constelación de partes desgraciadas y deudas y toda la mierda propia de la vida y sus circustancias que son peores, lo que importaba, lo que estaba diáfano y espiritual era el pequeño rayo de luz. Esa liniecita delgada, fínisima como un cabello de ángel. Ese aire tibio, ese vaso de agua, esa cerveza a punto, ese aguardiente de 31 de Diciembre. La sonrisa que sólo puede salir de quien se embadurna de la luz de aquello que verá, del futuro que aguarda como uno lo quiere y lo planea y se hace cierto en ladrillos y cemento. Ese ser que un día estuvo y que con o sin el Todo, va estar ahí en compañía perpetua. Lo vale todo. Todos los mares de la dicha, todas las lágrimas en roca. El mundo que una vez tuvo. Diga, no más. Y trabajó y trabajó y gastó el grosor de su piel y una vida entera y dejo grietas hasta en su propia sombra. Años que se fueron como días, días que entre la bruma y la niebla de la siempre aparecida y usual desesperanza y desesperación y frustración con puños en las puertas y en la tierra y gritos apretujando las manos, días que parecieron años. Y un día como esos, una mañana, en un segundo infinito, le entrelazó nuevamente las manos. No hubo pasado y dolor. En una explosión el tiempo reprogamó sus piñones y le dio sólo rienda a un destino manifiesto para sí: a la eternindad de verse y saberse juntos nuevamente y en el ocaso de lo tangible, ser para siempre en el amanecer de lo intocable.

16 de junio de 2013

Entangled


Decía para sí en una voz apenas audible:

'Se ve un cielo a mitad de ventana. La cortina verde que cubre aún retazos de cielo y algunos apartes de edificios allá en donde otros también miran. Hay nubes que cruzan el infinito cielo y el aire que, aun si descompuesto por el smog y la carga pesada de partículas ajenas y gases tóxicos, sopla. Sopla tenue. Sopla ya una sonrisa y la forma de tu voz. El cansancio se apacigua y se vuelve cosmos. Energía que renace del interior intangible, del abstracto de la esencia. En donde todo puede ser y estamos ahí retozando el desayuno y creyendo en universos infinitos que burbujean el Todo final. Se ve tu cuerpo invisible entrelazado. Bajo estas sábanas, con este café mañanero. La puerta cerrada que sigue abierta a ti. A los pasos que un día volverán. La piel a la que un día nuevamente llegaré. Nos separa la distancia que nada es. Nos une la trascendencia que todo espacio llena y sacude. Se ve el día de hoy y la forma de tu horizonte feliz".

Uno de esos domingos en que él se supo. De luz diáfana y con apenas unos pocos carros de fondo. Con lágrimas confusas entre la ausencia y la dicha de la existencia. Con un dolor que retorna ocasionalmente en alegría.

Le quedaba un suspiro y la más pura ilusión. Fe de lo plausible.

25 de febrero de 2013

Dos turistas


Era hora de ir por plata. Una ciudad como esas: turística, llena de bares y ventas de postales y desayunos carísimos en plato chiquito con un cafe de dos dedos en un vaso donde apenas si caben, de hecho, dos dedos. Cajeros, por supuesto, todos. En esas ciudades sobran es razones para gastarse el billete y a veces tengo la impresión que la sola pereza basta y sobra (y alcanza para la ñapa) para gastar y gastar y andar lanzando monedas en cuanta fuente -o charco- haya por ahí en las esquinas. El caso es que nos tocó, luego de revisar que la cartera estaba a medio llenar y no de billetes de bajo rango, pero con eso de que cobran hasta por mirar el techo, decía, el caso es que nos tocó devolvernos al cajero automático del hotel por más dinero.

Ah es que  una ciudad como esas lo que tiene de sobra es hoteles. El de nosotros, en pleno centro, era un edificio alto, de vidrios negros. De los delgados vistos de frente y eso era porque cada piso representaba apenas dos habitaciones. Una a cada lado. Pero eso sí, les digo, eran LAS habitaciones. Muy grandes, muy pero muy grandes. Con esas camas que tienen el área del tapete de una sala promedio con unas mil almohadas de tamaños tan variados que mi primera pregunta fue '¿y para qué tantas?' pero bueno, es que cuando se es de estrato medio, tirando pa' bajo, y una vez en la vida que uno se gana esos toures con todo pago -menos los impuestos de los tiquetes, las bebidas, la comida, las salidas, el bronceador, la invitada a la nena y un larguísimo etcétera- es decir, con todo pago-excepto, ¿qué es eso de todo-excepto?, parece ciertamente una contradicción  a lo ¿por qué en vez de haber algo no hay nada? Mini bar, que era como diez veces mi bar en casa, televisión como del tamaño de la pared posterior a mi cuarto en casa, con un clóset que es del tamaño de mi casa. Llegamos entonces al cajero automático justo a la entrada.

A mano izquierda, cruzando la avenida, estaba una de esas iglesias enormes de tres naves y con esas cúpulas que dan sobretodo miedo en caso de que el infierno exista y con dos torres altísimas, como las de las mezquitas, terminando cada una en tres puntas. Toda ella en piedra y vidrios y complicada hasta decir 'ya no más'. Imagínese ud la hija de la Basílica de San Pedro y de la de la Sagrada Familia y se dará una idea. Ah y la anterior cúpula por dos. Era imponente la berrionda. Tanto que hasta nuestro súper hotel, ultra lujoso, brillante y de nuevo-rico, parecía un teléfono celular al lado del Hermitage. Al lado derecho estaban construyendo un edificio. Esos rascacielos  que de tan altos y sobretodo de tan demorados son sobretodo toca-culos. No tengo la menor idea cuánto llevaban construyéndolo para el momento del relato ni cuánto más les faltaría pero es de esas cosas que uno, cuando toma lugar en su pueblo, sólo suspira de tristeza imaginándose el tráfico, las mallas verdes, los señores de casco a toda hora, el polvo, ¡el ruido!, mejor dicho, como cuando el maestro de obra es el que está en la casa dale que te pego a los azulejos del baño por tres semanas: un calvario. Como ver el pasto crecer. Arriba se veían cientos de obreros. Un grúa enorme, de proporciones tipo Transformer, como la que se debió usar para poner el último tornillo a la Estación Espacial Internacional en caso que hubiesen usado una, claro.

Así pues, nos paramos en el cajero echando número a ver cuánto era que necesitábamos en efectivo al menos para ese día. Era evidente que mucho pero no cuánto exactamente. En esas estábamos cuando Mónica me dice, oye Felipe, ¿dime?, creo que estoy como mareada, ¿mareada? ¿en serio? ¿No será por el sol, el mísero desayuno, el cansacio de haber caminado ayer tanto? ¡No! No es eso. Mira la lámpara de la recepción del hotel. (Lo cual era posible pues la puertas eran de vidrio). ¿No es muy grande y pesada para estarse moviendo? Yo sólo atiné a decir: ¡Dios mío! Hasta que alguien, que no podría describir porque aunque lo vi no lo recuerdo bien, salió gritando: ¡está temblando! El piso empezó a sonar como la caña de azúcar en el trapiche. Las personas corrían de lado a lado y se escuchaban muchos gritos. Yo entré en un estado de shock. Me costaba pensar con claridad y mi mente se volvió sobre todo un repositorio de imágenes y sonidos. Como si fuese simplemente una cámara. Inerte. Un mecanismo destinado a grabar. El movimiento aumentaba, el estremecimiento de la tierra se hacía más fuerte y el aturdimiento de la desesperación de las personas era como el de abejas si pudiesen ser sopranos. Como si todo el ruido de los radios mal sintonizados sonara al mismo tiempo. Sentía la mano de Mónica que me apretaba halándome en dirección a la iglesia. Pero no tenía sentido eso. Si había una construcción que podría deshacerse era esa y además era, de entre todas, la más alta, la más monumental. Alcancé a ver cómo los obreros en el edificio de al lado intentaban bajar desde semejante altura por entre el armazón de hierro pero hubo un momento en que ya era un hecho que un edificio a medio hacer no resisitiría mucho ni le daría la oportunidad a todos para salir a salvo. Fue uno, el de una de las esquinas, cerca a la grúa que, supongo, en medio de la desesperación y esperando contar con buena suerte, se lanzó. Era imposible sobrevivir a un salto semejante. Pero seguido a él, empezaron todos a saltar como meteoritos. Uno de ellos cayó justo enfrente mío, a unos, no sé, dos metros y quedó desparramado, medio moviéndose, medio muerto, lamentándose desde lo hondo de sus tripas y sin pedir ya ayuda pues tampoco eso tenía sentido. Mónica no lo soportó más. Me soltó y salió a correr justo hacia la calle frente a la iglesia. Yo desperté de mi letargo cuando, creo, me sentí abandonado por ella. Aunque ciertamente que fui yo quien la abandonó al no reaccionar rápidamente. Al verla alejarse sólo pude gritarle, ¡no! ¡Allá es peor! ¡La iglesia se va a caer! Empecé a caminar hacia atrás, en reversa, hacia donde parecía haber más espacio libre y en donde se amontonaban algunos niños con una maestra y, recuerdo, dos señoras mayores que se cogían de las manos. Me tropecé y caí y al levantar la cabeza vi cómo las dos torres y cada uno de los picos de la iglesia empezaban a caer en pedazos enormes, pesados y estruendosos sobre la calle. Ahí hacia donde Mónica segundos antes se había dirigido. Los vidrios del hotel estallaban como copas caídas de un tercer piso. Se formaban grietas en las calles y cruzaban la plaza en la que yo estaba. El sol brillaba, había el mismo cielo hermoso de hacía apenas unos segundos cuando todo estaba quieto y todos estábamos frustrados por el caos pero felices por, bueno, el caos. Me agarraba la cabeza arrodillado y gritaba con todas mis fuerzas como queriendo detener todo, como creyéndome Dios y gritaba por ella, gritaba por mí, por las señoras cogidas de la mano, por los niños, por los obreros ya muertos, por un mundo artificial que se venía abajo así nada más. Nunca supe cuántas personas murieron en ese evento. Me tomó días salir de esa ciudad y terapias por años para recuperar mi cabeza que se había desensamblado después del terremoto. Nunca supe perdonarme por no encontrar las palabras correctas para dirigirme a la mamá de Mónica y ante la pregunta ¿qué se sabe de ella? responder 'nada, aún no se sabe nada'. Y el tiempo pasa y aún no sabemos nada.

Hubo un día en que el sol brillaba.

2 de enero de 2013

Kántaro.


Era pequeño. Se quejaba siempre solo y de algo que era imposible escuchar. Lo veía casi todos los días a eso de las cinco treinta cuando regresaba de la oficina. Me preguntaba por su edad. Pero como daba la espalda mientras le secreteaba a la pared, me era difícil saber qué tan joven o qué tan viejo sería. Tenía casi todo el tiempo una camisa a cuadros de mangas cortas metida entre el pantalón de pana con unos zapatos viejos color café oscuro que poco combinaban. De poco pelo, eso sí. Lo que, de hecho, era el único indicio de sus años y quizás también de su vida. No en vano se dice aquello de 'arrancarse los pelos de la desesperación'. Sin embargo, apoyado casi sosteniendo la pared como quien sostiene en fotos arregladas, miles de ellas, la torre de Pisa, era evidente que no la pasaba bien. Sus músculos estaban tensos, aruñaba la pared, gemía.

Pasaron los días, y pensaría yo que hasta los meses, y el chisme, la pura y física cotilla, y llegar siempre diciéndole a mi esposa, ve, ahí está ese man otra vez, en las mismas, cuchicheando solo, encorvado, quejándose, ¿qué será que le pasa? ¿Lo habrán abandonado? ¿Habrá perdido su equipo de fútbol? ¿Se le murió alguien? Mejor dicho, se me pasaba todo por la cabeza en un novelerío y drama barato o, bueno, para ser preciso se me pasaba todo lo que se me podía pasar antes de cambiar de tema y pensar en otra cosa. Sinceridad. Así es que, de tanto darle vueltas al asunto, me decidí ir a donde el portero, el guachimán que llaman, y decirle, ole, ¿y ese tipo qué? ¿Ud sabe algo? Y me dijo, sí, claro. Es el papá del papá de la señora de la esquina de la esquina. (Lo que ya me decía mucho sobre la edad del esquinero y del portero sobre sus problemas espaciales o con las esquinas). El señor sufre de no sé qué pero pues yo creo que está loco y punto. Habla solo todo el tiempo y cómo no: está solo todo el tiempo. ¡Sorpresa! Nadie lo visita o lo visitan para visitar al final otra cosa porque luego él se sale y se está solo. Pero fíjese, a mí también me generaba tanta duda, que una vez de madrugada, con eso que uno de vigilante poco tiene qué hacer sino vigilar y aburrirse y deprimirse hasta la muerte, porque por eso nos pagan, decía, un día tempranito a escondidas y antes que él llegara le puse una grabadora de esas de periodista con la curiosidad de qué putas es lo que hablaba recostado como en teléfono roto y como si la pared tuviera oído (y oreja). ¿Quiere oír? ¡Pues claro que quiero! Le dije con mis ojos abiertos cual requiriendo gotas. Al final, me dijo, yo quedé más perdido que el hijo de Lindbergh y no me solucionó nada y prefiero el parqués pero, la mera verdá', guardo la grabación porque con eso del YouTube pues uno nunca sabe qué puede resultar siendo famoso y popular. ¡Ay qué ver lo que a la gente le gusta! Ya se lo paso.

Por supuesto que no lo escuché ahí mismito. Me lo llevé a mi casa raudo y veloz y le prometí al vigilante devolvérselo al siguiente día. Mientras caminaba en dirección al edificio de mi apartamento, estaba ya él, todo él, su camisa, sus zapatos, su discurso, su espalda ahí, en las mismas con la misma...pared. Lo miré sabiendo que dentro de poco iba a ser capaz de entenderlo a él y su embrollo. Llegué a comer a cuchara rápida y quise, de pura güeva, evitar el tema con mi mujer hablando que dizque de la política de la separación de basuras en dispositivos electrónicos en los hoteles en cercanía de los desiertos para época navideña (de lo cual se menos ocho) para no levantar sospechas de que tenía esa grabación. Y otra vez, por supuesto, con su mirada de 'no me crea tan bruta' ella me preguntó que qué me pasaba, que era la primera vez que no hablaba del tipo ese y que eso era porque me traía algo entre manos. ¿Yo? Mucha güeva. Me figuró contarle todo lo del portero, de la grabación, de Misión Imposible y Holmes y ella, entre sorprendida y curiosa, me llevó de la mano al baño y nos encerramos apretujados en ese espacio de dos por dos con la luz apagada y con la rendija abierta. Ella se sentó en el sanitario, cruzó la pierna y yo me quedé de pie con el dedo sobre el 'play'. Click.

'El fenómeno, la cosa no en sí. Eso más allá-de pero que allá está. A eso que es posible acceder sólo si dejamos de ser nosotros y todos los demás y todo aquello que puede percibir. Hay un filtro que olvidamos: nosotros mismos. Estos cuerpos que buscan acercarse y tocarse y trabajar en conjunto y crear políticas y normas estandarizadas para movimientos grupales que cada quien siente diferente. Somos no sólo la percepción de nosotros mismos sino la de los demás sobre nuestro ser y parecer y el acumulado de todas las variaciones de esas minúsculas impresiones en el tiempo y en el espacio. Sobretodo en las circunstancias. Hay un mundo que es el mundo-todo sin color y sin sabor, con forma y materia pero sin textura. Hay conocimiento sobre nuestras ideas y nos queda apenas los cuadros que pintamos mientras existimos pero no sobre lo intangible, invisible, inaudible. Nada podemos saber más que el resultado de la inferencia de la estructura, del método que adaptamos. Si eso que ahí hay, que converge a sí mismo, en una serie infinita de subordinaciones no es sino el supuesto de su existencia, sólo es en supuesto, en abstracto, en la evidencia que señala a gritos un punto que ni siquiera está vacío de sí pero que está vacío de nosotros. ¿Cómo puede valer la sombra sin luz? ¿Cómo puede valer el sonido en el vacío? Se aleja todo a pedazos, se alejan los astros inalcanzables y las estrellas se pierden. Habrá una noche sin estrellas, un telescopio sin astros, habrá un universo negro simplemente, ahí presente, pero que ya no podremos seguir y nos sentaremos a vernos y comentar a los más jóvenes que hubo un tiempo en que habían cosas que se llamaban astros y estrellas y que existía el día y la noche y que todo afuera podía ser contado pero sobetodo comentado y danza a lo arriba presentado, música y cosmología poética. Y que ahí sigue: muy lejos, muy allá, como desaparecido. Y ellos, los más jóvenes, manoseándose entre las charlas, pensarán, pobre diablo, veteje de mierda, hablando de fantasmas y apariciones, de cosas que existen pero que no existen, de luces maravillosas y dizque calores no artificiales.'

2 de noviembre de 2012

Excusa de comunicación


¿Se lo dijiste así nada más? Esas excusas que te inventás vos.
Bueno, hombre, es que no sé cómo decirle lo que le quiero decir.
¿Cómo así? Pero si la has llamado como un cuatrillón de veces en unas borracheras con el ombligo para el otro lado.
Pues sí, en eso tenés razón. Maldito aguardiente. Pero ve, dejame te lo leo. Pero eso sí, ese día se lo canté.
¿Lo cantaste? ¿Vos cantás? Digo, ¿no sonás a gato bañándose?
Pues no sé, pero cuando canto me llaman de la portería al citófono con 'recomendaciones' de los vecinos.
Te creo. De amigo me bastás pero de vecino...ufff me pido no.
¿Me vas a dejar leértelo?
Sí, dale. Pero esperate mientras sirvo agua que ¡ay mi madre!
Listo pues. ¡Y dice!

'El tiempo ajusta sus medidas, la noche aguarda la mañana; el sol, su salida.
Está cerca y ya viene. Llega callada, furtiva.
Trae consigo una sonrisa y guarda en sus brazos una añoranza.
Confirma en mis pasos una esperanza.
Viajo por estas letras y a través de tus ojos doy forma a mi presencia.
Te abrazo, sonrío por los años que hemos compartido
y dejo en la distancia un suspiro por aquello que juntos hemos vivido.
Somos amigos. Lo hemos sido siempre. Siempre lo seremos.
Celebrarás un año más de andanzas
y experiencias en este camino que desconocido creemos
y junto al viento que nos abriga en la jornada
o el agua que aminora el cansancio,
junto al cielo que nos guía o la compañía de una luna amada;
más allá están mis manos abiertas que se extienden entre la arena,
frente a ti ha estado, sigue mi voz entre la niebla: febril, serena.

Seguirán con las estrellas de este viernes un ciclo más que la vida nos ofrece
y que finaliza para ti con el próximo amanecer.
Un ciclo nuevo que inicia, uno que crece,
uno que empieza a crecer.
Hoy es ocho, mañana es nueve.
Entrarán las luces por mi ventana
y sabré que son las mismas que se filtran por la tuya.
Ellas despertarán tus ojos y los míos,
despertarán tu vida más allá del sueño
y celebrarán contigo y conmigo que cumples años
y que los festejas ahí, en tu cuarto, junto a mí, a mi lado.'

¿Y entonces?
No jodás. Casate conmigo.

10 de septiembre de 2012

Era sólo un vino.



'La fiesta que si no es de madrugada no fue de noche.
Que sin trago que encienda, no hay en el cielo un coche.
Que hace del vómito en la mesa el dorado broche.
Ay quejarse siempre.
Ay siempre quejarse.
Y aparentar que un día estamos contentos.
Y decir sin embargo que de la desgracia nadie está exento.
Que mierda es todo. Y hasta la mierda es un invento.
Ay quejarse siempre.
Ay siempre quejarse.
¿Qué me queda? La distancia.
¿Qué dejo? La vagancia.
La ignorancia y la arrogancia y la abundancia de todo y que nada funcione de verdad sino todo a medias en esta tragedia barata de enciclopedia de bus y un cantante de Jesús y como para que rime, de ese, humm 'virús' y que canto y que lloro de tanto en tanto a ese voltea'o santo en medio del llanto y el quebranto de mis sombras y la noche fría sin manto y ¡el camposanto!'

'Ya pues, matate pedazo de idiota. ¿Qué es lo que hablás? No pues, ahora de payaso a poeta. Ve, no me jodás, pasate otro guaro que estoy que me bailo. Mejor dicho, ponete alguna de esas que sonaban en los colectivos cuando llegamos a Bogotá. De las de 'viejitas pero sabrosas'. Una salsita que va o un merengue de esos de 'cachete con cachete, pechito con pechito'. Hoy amanecí o, bueno, se nos hizo la noche con ganas del pasito tuntún y de beber hasta que el ombligo se pase para el otro lado y dejar la güevonada de estar tratando de arreglar este mundo de mierda que mejor se arregla bailándolo, o se desarregla emborrachándolo. Se me quedó esa frase vieja de que 'el trago no te da la respuesta sino que te hace olvidar la pregunta'. Y ya estoy mama'o de hacerme preguntas pendejas y tener que madrugar todas las mañanas con la puta preocupación que quizás sea la última levantada y que debo salir a meterme en ese tráfico de sardinas empacadas, de canguro con trillizos a respirar a medias y cansarme subiendo porque no hago un culo de ejercicio y duermo y hago pereza y como mal y fumo. No, es que hay algo equivocado con vivir, ¿no te parece? Upa, no. Dije que no más preguntas culas. Mejor dicho, caminá hacemos lo de 'a la derecha, a la izquierda' mientras me contás qué pasó con es nena que se fue a los Niuyores, ¿o era a los Mayamis?, no sé, esa vieja con la que te metiste y que era casada pero putamente infelizmente casada con ese man, que bien feo si era, pero ya, es que cuando se tiene plata, la belleza se diluye, ¿no? Como ahora que te veo a vos hasta chusco. ¿Por qué era lo de grillero? Ya ni me acuerdo de eso. Esa vaina no tenía sentido. ¿No? ¿Y es que acaso con ella no te manoseabas en el carro mientras la llevabas a verse con el ahora marido entonces prometido? Ay qué ver cuan imbécil se puede ser. Y no él. Sino vos que te metiste en un paseo tan jodido para que luego te dejaran montado en la burra sin más y ella se fuera en plan chévere a viajar el mundo y vos acá chillándola y yo mamándome tu quejadera. Cambiá eso que suena mal. ¿Eso no era antes una balada de las de pop? Qué manía tan desesperante que le cambien el ritmo a las vainas. Si era para llorarla, ¿cómo puede ser que ahora sea para zandunguearla? ¿Para sacarle brillo a la ebilla? ¿Hebilla es con hache? ¿Para azotar baldosa? ¿De dónde se crean esas frases que todos repetimos constantemente? Me pasa ahora cuando voy a comprar comida que escucho a los del colegio de aquí a la vuelta hablar y ¡no entiendo! Maldita sea, antes no entendía a los viejos con lo que me parecían palabras rebuscadas y ahora no entiendo a los pela'os de 15 con palabras que parecen sacadas del culo. ¿Es que se trata todo de eso? ¿De no entender? ¿De permanecer confundidos? Como medio ebrios creyéndonos felices porque se nos antoja que es mejor o porque ya nos aburre la quejadera a toda hora del que amanece con nosotros y se acuesta con otro. Ay no sé. Hasta los desesperanzados me parecen salidos de un rialiti de la televisión y los optimistas de algún culto de los que tienen avisos pegados en los postes de la luz eléctrica. Pillá todo lo que podemos hacer mientras bailamos. ¿Bailamos? Ah este hp se durmió.'

16 de julio de 2012

El verbo caos


Y vio cuanto porno pudo. Drogado, borracho, en las mañanas pero sobretodo en las noches facilitando el proceso (by) al traer el pael higiénico, todo él, el rollo completo al lado de la mesita de noche con retazos previamente cortados optimizados con el uso y la experiencia a la cantidad precisa y necesaria. Particularmente le gustaban los videos muy ficticios en donde eran marcianos o marcianas o híbridos y abducciones azarosas con una nueva modalidad de placer y dolor, o dioses del Olimpo y Asgard y Baal o el que cayera, o zombies. Éstas últimas eran claramente sus favoritas: las de zombies y su movimiento lento pero constante, su persistencia sin sentido, su afán parsimonioso de movimiento sin razón y sin objetivo. Las había visto todas y se dijo, ¿por qué no mezclar esas dos pasiones? Ahora con la moda de los mash-up en los que suena la voz de la una con el piano del otro, ¿por qué no el gemido del uno con la sangre sin vida del otro? Sonaba apenas natural. Así, se dedicó horas eternas, suspendido en escenas y posiciones casi imposibles, en eventos virtuales orgiásticos entre tantas y tantos al mismo tiempo, en cámaras baratas y grandes producciones. Hubo una en 3D, sólo que la falta de gafas y el portátil barato, no dejaron entrever más profundidad que la ya muy evidente propia del sudor y que era como del -o del algún otro- mundo. Como de esa tierra caliente de cristales de donde viene Súperman o Linterna Verde mientras se dan un vueltón jugando Escondite Inglés con la Mujer Maravilla o hasta entre ellos con besos franceses y chupadas en donde el sol no quema. Amontonando días de video descargado de la red, memorias de las chiquitas con megas y megas de piernas y culos, revistas, cuentos que ni el trópico de un cangrejo ni Saló en el salón, se le ocurrió que era momento de coser. De hilar alas de mariposa en alambres de ganchos de ropa uno tras otro como esqueleto de la cometa y cubierto en colchas de retazos con las fotos y revistas y portadas e imágenes impresas de todos los videos vistos. Quería desnudar todas esas pieles en los cielos y nubes grises y días soleados. Con la paciencia y frustración de quien se enseña lo que hace y califica lo que se enseña, destinó más días para configurar el objeto volador que los se gastó grabando sus propios gritos con el celular en cada escrutinio pornográfico. 'El objeto volador'. Esas palabras se le deslizaban de la boca cada tanto sin darse cuenta con el mismo reflejo innato que lo hacen los ojos al cerrarse o los dedos al moverse mientras se habla. 'El objeto volador'. O el que él llamaba volador, realmente no sabía si funcionaría para volar, qué volaría o si lo pondría a volar siquiera. Lo importante era acercar la adicción a la herramienta ésta para la cual la presión inferior sería al final más grande que la contraria soplándola arriba, derecha, arriba, izquierda, al horizonte estelar sin direcciones ni cartesianos. Tras los dedos con ampollas, las lágrimas de tanto enfocar, el alambre enterrado en las palmas, el hilo que le cortaba las encías (no tenía tijeras efectivas), tras casi morirse de tanto pujar con la cabeza las ideas, un buen día de Julio al finalizar la mañana, acabó el transformer. Se vio en una epifanía vestido con él, ya no para el perro ni para el vigilante ni doña Margarita la de la tienda, ni para nadie más sino para él. Decidido se metió en medio ubicando los brazos en las dos primeras alas de la mariposa multicolor agitado en un acceso de tos por lo que ya veía venir. Se dirigió tambaleando en dirección del balcón del piso 15 del edificio 4 del conjunto B, su apartamento, su cárcel de llave en billetera y empezó a agitarse, primero despacio para entender el mecansimo en que el viento, como fluido turbulento, se deslizaba entre las formas y los materiales y su fricción y su temperatura. Fue aumentando la fuerza cambiando conforme lo hacía el véctor celeste. Las dos alas iban moviéndose empujando, por un mecanismo de poleas y piñones, las otras 4 que hacían a la capa invisible romper el hechizo gravitacional despegando sus pies descalzos de las baldosas. Suspiró pensando en Dédalo e Ícaro, suspiró pensando en las estrellas del porno que se habían sacrificado ingnorantes por él, por los zombies y los virus, por la epidemiología y esos humanos de bocas hambrientas que habían mordido alguna vez sus nalgas, pero sobretodo suspiró -gritando seguido- por Poincaré, se dijo que era momento de él empujar desde sus entrañas la tormenta que estallaría en Japón o en las Filipinas, que era momento de ser él el dueño de la llama inicial del orden y los patrones, de las formas inusitadas de las bandadas de pájaros y de los videos retroalimentados, del caos acumulado en lo improbable, en las variables definidas y pintadas de resultado impredescible. Empujaría su ser tangible la última revolución sexual. Sólo necesitaba todo el tiempo del mundo, o al menos el tiempo suficiente para poder reducir a apenas un cubo pequeñito de realidad somática, el evento casi imposible. Supiraba rogando pues con la verdad entrópica tatuada en las pupilas se decía en susurros que: 'de ese tiempo me resta apenas una vida mía por vivir'.

21 de junio de 2012

Un plan



"No solo importa cuan efectivo es el resultado sino el conocimiento sistemático de cómo está hecho" se repetía a sí mismo.

'El punto finalmente es que todo experimento valioso pueda ser replicado en multitud de ocasiones y oportunidades guardando el contexto de cómo se hizo y para qué y que la comunidad científica -y hasta la no científica- pueda modelarlo nuevamente y para siempre hasta el final de los tiempos. Que ese mismo resultado les permita a varios hacer esas caras de ajá, sí, claro, mano que estrecha otra mano de satisfacción y hasta orgullo porque sí, en efecto, la cosa funcionó, y abrazos de fraternidad intelectual porque sí, no cabe duda, la joda esta da si se le mira por abajo y por debajo, por arriba, de medio lado, en diagonal, con pendiente de 45. ¡Funciona! Le funcionó a un sinfín de los muy-muy, estrellas faranduleras de la ciencia y la matemática, aunque, bueno, la matemática es otro parche, de verdad es que es otro maní, mejor dicho, es otro cantar porque ahí no se trata de amontonar datos y datos ni hecharle número a bases de información puesta gota a gota en espera de que la conclusión estadística sea la esperada, al contrario, el 'cuy' del trabajo es montar teoremas en caballo y que se demuestren infaliblemente. Pregúntenle al Fermat que le jodió la vida por décadas a una fila de güevas hasta que pin, salió el que con papel y lapiz, como todos, encontré el arito rojo. Chistoso, por ejemplo, andar  con lanza mental y con ojímetro a la caza de esos neutrinos de mierda que como divas sólo sacan un dedo de cuando en cuando -una única vez cada miles de años- entre cúmulos enormes de hielo en donde fácilmente podrían caber todas las ballenas azules del mundo. Pufff el suicidio, la inutilidad y la paciencia infinita de sentarse a ver el pasto crecer, y digamos, verlo crecer en cámara lenta. Pero como hay gente pa'to'o pues yo también'. 

En esas, con las manos aún rodeando el cuello ya rojizo por el estrangulamiento en esta noche de jueves y grillos, en la soledad varias horas río arriba de un terreno inmenso como Alemania cubierto de árboles y matas y maleza, habitado por no más de un centenar de personas de otra lengua y otro origen, se dio cuenta, como en un chispazo de Eureka con bola de fuego 1604, que su plan minucioso en este caso en particular tenía un pequeñísimo incoveniente: el resultado no podría ser practicado nuevamente, no habría nunca una oportunidad más de poder analizar el objeto de su interés ni de seguirle sus pasos. Nunca en lo sucesivo habría cómo nuevamente medirle cada uno de sus encuentros y formas, cada una de sus expresiones. Su voz, sus maneras, las redes de su aleatoriedad. Descubrió en la fiebre y en el mar de su pesadilla de carne y hueso que esa apretujada carne sólo pertenecía a ese hueso roto y que sólo se podía, como aún sólo se puede, 'perseguir, diagramar y matar un cuerpo amado una única vez'.  

4 de junio de 2012

Siguiente.


Y es que no va a ver un sitio disponible para él sino el sitio ocupado que nunca va a ocupar. Se quedará observando todo ese círculo cerrado al que no va a pertenecer. Rosca y anillo de alianza, club secreto que ignorará para siempre. Rasgando la puerta de entrada. Intentando mirar por entre las rendijas y los matorrales. Perdido en un cúmulo de frases y códigos ininteligibles. Armado de diccionarios en línea, en físico, en rombos verdes y azules. No le queda de otra que aceptar que ya no está. Que acaso si estuvo, es hora de dar la media vuelta y retornar a ese campo de luces en donde pelean caballeros dorados y las armaduras se enlazan en un sueño de comedia y de divinidad. Le queda por destino un aro de arena ardiente que tiene su nombre solo para él, para gente como él, para quienes ya fueron tasados tal cual como él. Habrá de sumergir sus penas y dolores y lamentarse hasta que el Todo supremo de burbujas universales se encoja entre un Kelvin infinito y se expanda con el frío absoluto separando átomos y corpúsculos. Sin más, la silla vacía de él siempre ocupada de ti.

23 de mayo de 2012

Famosos hocicos


No, hombre, no. No te podés sólo quedar viendo por la ventana esperando que alguien venga y te salude. Menos si te escondés detrás de la cortina y apenas dejás ver un ojito café, de noche y cuando llueve. Está bien, ya estoy exagerando. Pero apuesto este hueso carnudo mío a que tan lejos de lo que te pasa no estoy. La verdad es que entiendo que sos tímido y que te afana que te hablen y no tener qué decir pero no cabe duda que más allá de esa sala debe estar quién quiera acompañarte a dar un paseo saltando líneas en los andenes del cemento. Un personaje por ahí de esos que lanzan cosas y te conversan como si te importara el tema o como si acaso pudieras entenderlo. ¿No te han dicho alguna vez bebé? ¿Niño? Claramente ninguna de las dos. A mí, debo decir, me molesta que me confundan o me quieran hacer parecer uno de ellos. No es cierto. Nosotros somos lo que somos. ¿Qué se creen tan interesantes como para quitarnos nuestra descripción milenaria para adaptarnos a la de ellos? Me pido 'no'. Voy por el 'gracias pero no, gracias'.  Pero bueno, me fui por entre las ramas. Hablábamos de tu dizque tristeza. Ok, ok. Hablamos. En presente y aún no en pretérito. Pues bien, la verdad es que yo pasé por cosas similares cuando descubrí que además de patio existía en ante-jardín lleno de flores y un camino cual atajo a la calle cuarta en dirección al centro de la ciudad. Deberías ver esos museos casi llegando al Morro. Llenos de árboles para recostarse y darles vuelta y dejarles una marca. Uno piensa, ¿de tanto territorio marcado, aún queda territorio por marcar? Yo creo que sí. Yo creo que en ese entrecruzamiento de amoníaco queda visto que hasta para nosotros la globalización es un hecho. Pero vos, que te la mantenés de la cocina al patio, del cuarto y la cama al baño y el sanitario, vos que no hacés sino jugar a onomatopeyas humanas debajo de las sábanas, vos que sólo se te ocurre aparecerte cuando te dan pan y te lanzan un pedazo de carne como a una foca. ¿Es que te creés una foca? Habrese visto tal absurdo. Vos que no  hacés sino mirar poniendo tus dos patas en ese vidrio esperando un no sé qué para no sé quién y nunca sabemos cuándo, vos, este vos al que veo oler la rendija inferior de la puerta para sentir el día y sus vientos, que no te has pillado que las redes sociales nos pertenecen a nosotros también, mejor dicho, ¿ vos me venís a decir a mí que lo único que te enseñaron para manifestar inconformidad y pereza y modorra y furia fue a ladrar?

14 de mayo de 2012

El Acomodador y la Nueva


"Pues no, no compro ningún producto de Apple porque no me da la gana. Porque me pasé a la contrareforma como si estuviera yo jodiéndole la vida al ahora, al actual Lutero. Me armo de ganas y del ejército de mi propia voluntad y mis ganas de hacer berrinche y quedarme quieto como un burro que pone su rabo para no levantarlo jamás nunca. Nada. Ni Microsoft ni cafecito de Starbucks. Mucho menos una de esas hamburguesas McDonalds que van en contra de la entropía como si así de chistoso pudiese uno ir por la vida negando la termodinámica. Tampoco aguanto hambre y me endeudo hasta quedar sin un culo de plata mirando por la ventana como un perro porque no tengo pa' gastar, para comprarme un pedazo de trapo y bolsa que dejará de ser interesante en unos, digamos, dos meses. ¡Dos meses! No. No quiero pertenecer a esas sectas modernas disfrazadas de tecnología donde la gente celebra que se abra una tienda nueva y duerme en las puertas como un mendigo para pagar quién sabe cuánta plata y que hace filas por horas y horas para ponerle pasta metálica a una adicción que más parece un T.O.C. y un BANG en la sociedad. No me vengan con cuenticos de dizque innovación ni pantalones desgastados, envejecidos porque sí, ni comidas que saben diferente porque son de tal o cual marca y son súper buenas, más allá de lo mejor, lo último de lo último, lo más de lo más; y no porque sepan diferente sino porque, mezclados con esa acosadera y ese bombardeo constante de imágenes, cual día D, nos hacen creer que son diferentes y buenos y que hay que tener varios en la alacena a la espera que se venzan porque se nos vencen. ¡Y nos lo creemos! Me molesta esa visión casi religiosa y familiar de Coca Cola y Nike y quién sabe cuánta maricadita más por ahí metiéndose en los portaretratos como si fuera la mamá de alguien o el hijo de alguien o algo importante y no un líquido negro con mucha azúcar y que sirve para soltar las tuercas oxidadas del carro de mi papá. ¿En qué momento se dio que nuestro cerebro se alumbra con las revistas en las mismas partes que se alumbran con los rostros de nuestras mamás, con la intagibilidad de la fe? ¿Por qué este afán de compartir todo con todos a toda hora?"

Luego de tan larga perorata que se decía a sí mismo mientras acomodaba uno de los detergentes para ropa de color en el pasillo tres de la sección de aseo, se decidió a continuar con las cajas de cereal. Era un día feriado en el que tuvo que reemplazar a la Nueva. La tonta hermosa que, por más hermosa y nada tonta, seguro estaba durmiendo justo en ese momento con un alguien que él quisiera ser. Se decidió a hacerlo en espera de que su sacrificio al menos le diera la oportunidad de decirle a ella: "de nada, cuando quieras".  De mirarla a los ojos. De permitirle gastar en ella por lo menos la mitad del salario mínimo que recibía mensualmente y que no le alcanzaba ni para olerlo. Eran ya las cinco de la tarde. Sentado en un banquito diminuto para su gordura, miró por una de las ventanas enormes del súper mercado hacia la calle 53: el cielo estaba gris y las calles, o esa calle, estaba solitaria. El cemento estaba quieto y no temblaba siquiera por la proximidad de un bus articulado. Empezaba a llover. De sus ojos, que le picaban por el polvo de los cartones, se deshidrataba un mundo solitario. Se evaporaba de arriba hacia abajo una laguna azul en la que flotaba un futuro ahogado.

7 de mayo de 2012

La última


¿Por qué gritas? De hecho, ¿por qué no lo hago yo? Sólo veo arrancándote, desgarrando cada palmo de tu miedo, de ver ese cuerpecito ahí, sentado, que pudo suspirar una última vez. No hay nada más que quieras proteger, sólo tu propio ser que protege esas manitos que ahí adentro juegan a modular nuevas palabras. Quizás ignorando el cataclismo que pudo ser. Hay mucho más que hubiese podido ser. Una realidad fantasma en la que se acumulan todos esos teatros invisibles. Tus lágrimas son el grito del cemento. Las cuerdas tensas de tu garganta. Mi mutismo.

27 de abril de 2012

Cuántas


Y yo te puedo imaginar a ti leyéndome a mí y acordándote tú de ti. Y yo te leeré y me verás leyéndote y me veras viéndome a mí: recordándome en las letras que un día tú escribiste. ¿Te animas a vivir en un mundo de espejos? Contigo preferiré ver el reflejo de aquello que imaginas cuando ves el mío. Veo aquello que proyectas y ahora quiero ver la proyección de eso que reflejan las ondas que tu todo rechaza. Quiero perderte en el reflejo infinito de una habitación tapizada de cristales lisos. No te pares enfrente. Déjame observarte con la espalda. Con los ojos confusos de tanto verte en todas partes. Ni tampoco apagues la luz que ilumina esta cueva hija del cuarzo. Intentaré no dormir. Y aun si me vence el cansancio y la sangre del cuerpo, aun si la fuerza del piso me empuja sobre su regazo, soñaré que te puedo imaginar a ti leyéndome a mí y tú me soñarás acordándote tú de ti y de mí soñándote en esta intersección de burbujas flotantes.

22 de abril de 2012

Aislar


Me privaste de sensaciones.
De una luz que quemara mi rostro.
De un sonido que invadiera el aire que respiro.
De un espacio finito que pudiesa palpar.
Me dejaste en un cuarto cuyas paredes son mi propia piel.
En donde estoy conmigo y a nadie puedo hablar.
Me desaparezco sin saber si sigo vivo.

¿Cómo doy cuenta de mi existencia?
¿Qué podría indicar el punto de mi yo en un aquí y en un ahora?

El encierro y el olvido.
Una noche infinita sin estrellas en el infinito temporal es ahora mi universo.
Pequeña área sin registro que navega inúltimente mi conciencia
intentando dar un mapa físico a esta cama en la que me recuesto.
A este piso y esto que parece una puerta sellada.
Siento que me encuentro entre la intersección de vivir y de estar ya muerto.
Y retorno a mi memoria y alguno de mis sueños
buscando el reto del oasis inasible
que aparece en este desierto de penumbra absoluta y silencios.
Me atacan mis nostalgias.

Suena un piano y una flauta.
Las orquestas todas retumban dentro de mi cabeza
acosándome por renacer más allá de mi cuerpo.
Un pitido constante,
ruido acumulado de todo aquello que pudo sonar en mi pasado.
Me acosa y me persigue y no puedo sino golpearme
contra las paredes rogando por orden sonoro o de nuevo filoso mutismo.
Mi mente busca manifestar a sí misma el mundo.
Crear un saco de señales en el cual pueda introducirme y asfixiarme.
Y se detiene y vuelve. Me despierta cuando estoy despierto.
No sé cuánto tiempo ha pasado ni cuanto habrá de pasar.

Ahora puedo ver luces en esta ceguera inducida.

26 de febrero de 2012

Quien se preocupa.


Lo miraba entre ojos mientras él hablaba por teléfono con su familia. Se escuchaba de fondo ¡aló! ¡mamá! y sólo podía suspirar apenas entrecortádamente y tomar agua con el dolor en la garganta por ese puño de pensamientos que le aprisionaban las amígdalas y lo dejaban respirando a medias. "Hoy, no sé, hoy otra vez me invade ese miedo por él. Ese susto porque un día tome un taxi y se vaya entre golpes y amenazas a los rincones perdidos de colinas verdes y casas de madera en donde sólo la desolación aguarda y las ganas de gritar agarrándose la cara y llorar la indignación de la desgracia y la pérdida de toda fortuna. ¿Qué es más de temer que evidenciar cuán frágiles somos, cuánto daño nos pueden hacer, cuánto pueden herirnos? Lo escucho de fondo reírse sin saber todo lo que puede pasarle y sin saber que yo no puedo hacer nada ni advertirle ni protergerle. Que su cuerpo es dueño de ese río que lleva a quién sabe dónde y con quién sabe quién. A un desierto infinito en donde el calor deshidrata todos los sueños e inunda de arena todas las fosas nasales. ¿Qué habré de decir si un día pasa todo esto que me aterroriza a la ropa que dejó, al café que quedó sin preparar, a las puertas que no cerró? ¿Qué habré de decir los días en que no pase y en los que yo me ahogo de pánico y certeza?"

19 de enero de 2012

Bus 491


Te miró. En esa silla roja cuando apenas te subiste. Estabas tú de pie, él sentado. Pagaste los mil quinientos pesos y te diste la vuelta. Él alcanzó a mirarte de reojo. Quizás el culo. Tú hiciste esa cara que siempre haces de no me di cuenta pero como que sí y buscaste en dónde sentarte pero no era posible. Estaba ese bus mañanero de Sábado empaquetado como un canguro con trillizos en donde apenas si se podía respirar y no había espacio ni para un grano de arroz parado. Aun a pesar de los diez grados afuera, dentro de esa caja de sardinas, el vapor de los cuerpos, el dióxido de carbono expulsado en la respiración agitada de los pasajeros, esos dizque treinta y siete grados acumulados, pegados y manoseados, parecía un horno con pollos dando vueltas. Tú sudabas un poco. Habías salido tarde como para variar y habías tenido que correr las dos últimas cuadras para alcanzar a tomar el número 491 en dirección a la Avenida 68. Él quizás se había subido un poco antes. Había logrado esa silla roja que, entre otras, no te cedió. Tú de pie, incómoda pensando que él podía mirarte cómodo y sentado. ¿Qué te miraba? ¿Qué fue eso que te miró que te ponía nerviosa? Eso considerando que apenas si podías mover la cabeza para buscar la de él e imaginarte con una visión casi ingenieríl sobre la ubicación y dirección de sus ojos. Pero te gustaba, ¿no es cierto? Te gustaba un poco esa morbosidad de transporte público que descubriste diáfana una vez te quitaron con rayos de luz la miopía horrible que te acosaba. Ahora percibías con el ojo biónico del cuello, ¿lo percibiste con el ojo espiritual de tus ganas? Y es que claro, seguían y seguían subiendo personas. Más vacas, ¡más! Parecía un carro de payasos lleno de clase media y trabajadora con educación media y estudiada. Te ibas corriendo de a pocos a pesar de los empujones como para no alejarte mucho de él y que te dejara de mirar. Te seguía mirando. Era casi evidente, mejor dicho, empezaste cual James Bond a usar el vidrio de tu teléfono celular para entrever al hombrecito este que te gustaba porque, hay que decirlo, te gustaba o te gustaba la situación en la que te veías envuelta con él. Él pareció darse cuenta porque una vez usaste tu dispositivo telescópico, casi pero que casi, casi inmediatamente, sonrío. Quizás porque él se creía muy atractivo o muy interesante o porque fuiste tú la que primero lo miró sin darte cuenta mientras pisabas los tres escalones para subir a ese bus. Quizás. En esas situaciones en donde hay tantos gallos apretujados todo puede ser, uno no sabe con quién intractúa y resulta amigo de miradas y enemigo de empujones. Había pasado ya una media hora, creo, cuando cerca a la Calle 100 viste cómo, ¿sentiste?, se levantó y fue a la mitad del vehículo en donde tú a trancas y mochas habías llegado infiltrándote en esos pequeñísimos recovecos. Pasó justo detrás tuyo y te susurró algo muy al oído, si duda ningua. Era para ti el mensaje. Tú eras la destinataria de esos códigos soplados. Luego siguió, gritó algo como ¡aquí! ¡jueputa! ¡Qué no oye! Y se bajó. Como estabas justo frente al andén en dónde se bajó pudiste ver cómo se quedó quieto mirando el bus y esperando un momento. ¿Qué esperaba? ¿A ti? Decidiste hacer nada porque eso que te habló en la oreja no lo entendiste. Ni jota. Como una ilusión se desvaneció todo y el resumen de todo eso fue que te miró.

20 de noviembre de 2011

El número por 2.

La verdad estaba en ese archivo. Todas las personas que bajo su yugo habían caído, todas las historias inventadas, todas esas pantominas y esas cortinas de humo, que eran de hierro. Sabía que sólo debía encontrarse ese pequeño dispositivo que acumulaba un historial macabro de gritos y opresiones.
Se hizo un matemático primerizo para sobrellevar la carga de no encontrar una clave perfecta que sólo él pudiese saber y conocer. A través de una serie de mecanismos intentaba obtener una distribución adecuada de letras, números y símbolos que le permitieran sólo a él acceder al contenido.
Había sido sistemático y decidió armarse de toda la academia que pudo.
Carpetas de fotografías y videos acumulados de ya varias décadas de actividad constante y apasionada. De estudios formales y estadísticas. Entrevistas de tantas bocas rojas. Tantos cuerpos desnudos. Tantos suspiros y gritos. Imágenes de centenas de algoritmos e intentos tangibles, a ensayo y error, hechos a mano entre la desesperación y la convicción de quien sólo cree cierta su propia visión del mundo que le contiene.
Amontonada estaba la prueba, en ese ícono símbolo visible titilando en la pantalla de su computador y cuyo nombre era una cifra de errores sistemáticos, de almas. Él sólo necesitaba una clave perfecta.