Tenía que tomar dos trenes, de los muy veloces, de Brandemburgo an der Havel, una ciudad vecina de Berlín, hacia Viena, para encontrarme con la otra patojeidad en europa que conozco yo luego de pasar tiempo con la patoejidad en las alemanias.
Como prima no gastarse la prima, que no tengo porque soy independiente, pero pues urge el ahorro, compré un boleto, barato-baratier, que salía a las 4:47 de la madrugada. Con aquello del otoño que se va acabando y con aquello de que las temperaturas rondan a esas horas los 3 grados, tuve que vestirme cual cebolla, capa sobre capa sobre capa, y quedar como un cuadradito (porque este tamaño mío no me da para ser rectangular). Tuve que levantarme aún cansado y despertarme aún dormido y la ansiedad de la hora del tren no me dejó dormir el dormir. Sin embargo, me alisté, todo en orden; terminé de empacar, todo en orden; mordí algo para el orden de las tripas; ahí todo en orden, y me fui arrastrando la maleta de ruedas que avisa a toda Europa, y a sus no sé cuántos países, con su chirrineo y estruendo de carnaval, que uno está de viaje y que ya se va.
Llegué a tiempo para que el tren dijera (el tablero, pues) que iba a llegar tarde. 20 minutos más tarde. Mala cosa con el frío y la trasnochada. Y estaba yo solo en esa estación sola porque ¿cuántos toman un tren a las 4:47am un domingo en un ciudad minúscula alemana? Yo, por supuesto.
Me quedé ahí soplándome las manos esperando no ser la escultura de hielo de Hyoga en la casa de Libra (y sin Shun) cuando anunciaron la llegada del automotor-chorizo. Oh felicidad. Realmente era sólo un trencito corto, de los rápidos, para uno largo, también de los rápidos, y no más. Una excelente decisión a pesar de lo temprano, a pesar del frío, a pesar del domingo que bien pudo ser de guayabo.
Me paré exacto en donde estaba el vagón encomendado e impreso, y esperé a que se abriera la puerta: pues ene-o, no. No se abrió. Ni esa ni ninguna. Al momento se bajó por allá en un vagón lejano el señor trabajador de adentro que sale-afuera a pitar y cuando lo escuché, me escuché gritando, y me di cuenta que debía apretar el botón y cuando me lancé a hacerlo ya estaba en rojo y no en verde y yo estaba verde y rojo porque el rojo quería decir que ya la puerta estaba bloqueada. Y así, yo parado frente al vagón correcto del tren correcto a la hora correcta, se fue. Se fue el tren y me dejó. Roturas del corazón y del bolsillo.
Uno en esos momentos se bloquea como la puerta esa -la pinche puerta esa- que me dejó afuera y uno ya no piensa más y piensa con la cabeza afuera y por eso no piensa. Así que resolví lo que era lógico: llamar a molestar bien temprano en domingo a los tres amigues de la vida que me había dado posada en el pasado inmediato. Su voz denotaba que estaban más allá que acá. Y los desperté (inserte sticker adecuado) como porque ¿por qué no un domingo en la madrugada? En su calma adormilada, me calmaron y me sugirieron coger camino hacia la estación principal a pedir cacao y presentar mi drama de ignorante. De experto ignorante. Sobre todo porque he tomado esos trenes rápidos un requete montón de veces antes. No era mi primera vez pero sí lo era el estar solo, cosa que las anteriores veces me subía en la fila. Nunca yo de primero. O solito.
Ahora descubro que todas esas veces alguien sí había apretado el botón de la dichosa puerta. Es como saber bien, saber a medias y saber mal. Todo en conjunto. Mi vida en un botón de puerta.
Llegué efectivamente a la Oficina de tiquetes para perdidos y mensos en donde me tocó el turno inmediato pues ¿quién va a la Oficina de tiquetes para perdidos y mensos un domingo a las 7 de la mañana? Como era una señora ya grande, pensé que tenía más sentido hablarle en alemán que en inglés o que en colombiano diciéndole que la había cagado y que todo estaba repaila y que uy mk.
Flexioné mi alemán y le dije que me había pasado algo muy vergonzoso. Ella abrió los ojos con la sabiduría de quien ha escuchado ya todo en la oficina de tiquetes para perdidos y mensos y ni esperó a que yo terminara. Apenas le dije que yo no sabía que debía apretar el botón aquél, soltó una carcajada de leona y en el equivalente del alemán, me dijo: "pues obvio, ¿y entonces?" Sólo faltó que buscara a los demás colegas para que conocieran la historia y a que le dijera a la cámara de seguridad que me grabara bien para la historia de la oficina de tiquetes de perdidos y mensos.
La señora, alemana por todos los lados, me dijo que fresco, que todo bien, que no me azarara -eso. pero en alemán- y miró el tiquete y me dijo: ay tranqui, le busco otro que no le va a costar nada. -Eso, pero en alemán-
Cosa que me re-mandó por otra conexión menos maravillosa pero con la cual podía llegar. Inicialmente a Praga, capital de la República Checa -y yo con este checo tan "avanzado" que tengo- y de ahí a Viena.
Ya en Praga, en la estación central de trenes -diferente a otras que conozco- sólo anuncian la plataforma de embarque hasta faltando 10 minutos para salir, así que es necesario pararse frente al tablero esperando el anuncio final. Un poquito de ansiedad colectiva no le hace daño a nadie.
Yo estaba ahí parado en plan Fabuloso -el limpiador de pisos- porque pasaban y pasaban los minutos acercándose el momento crucial y no salía el número de la plataforma. Yo, nervioso. ¿Por qué la demora si en los otros trenes sí salía?
En eso un señor, que lo tenía al lado, me mostró la pantalla del celular con una traducción de inglés a checo (supuso que yo era checo. Curioso porque la verdad es que más cerca estoy del Checo Acosta), pero la señora al lado del señor le habló en español, y entonces nos dimos cuenta que éramos hispanohablantes, ellos chilenos, yo colombiano, y nos abrazamos de miedo y ansiedad por no saber la plataforma (bueno, nos abrazamos en la mente pues nos acabábamos de conocer).
Ellos no hablaban ningún idioma excepto español: el señor tenía 82 años y viajaba con su hija, la otra señora, supervisados por los nietos e hijos vía WhatsApp.
De verlos tan nerviosos, yo estaba en las mismas pero tenía-tengo, dícese, más experiencia, que los adopté para el ratico porque, por fortuna les tocaba en el vagón de al lado. Así que yo me fui al frente, la señora después de mí, y el señor al final. De tanta corredera para llegar al vagón correcto -sólo teníamos 10 minutos para lograrlo en una cadena larga de vagones que se hace eterna con el afán y la urgencia- se nos perdió el señor.
Ella me dijo: no me veo a mi papá. Le dije que se quedara con mi maleta. A la señora que acababa de conocer, y devolverme corriendo a buscar el señor y rogar encontrarlo en el momento correcto para no perder ni yo ni ellos el tren (el burro por delante). Me fui a tres puertas de vagón y alcancé a verlo. Venía corriendo tan rápido como podía y tanto como la maleta lo dejaba. Lo alcancé y le dije que me dejara llevar su maleta y que él me siguiera. Para avanzar más rápido.
Nos acabábamos de conocer. Era un riesgo para él yo teniendo su maleta y para mí la señora teniendo la mía. Pero hay momentos en que toca confiar sin información. Con un apenas, un casi, un poquito.
Corrimos, la alcanzamos a ella, les indiqué su vagón y en un salto me monté al mío.
Luego dio tiempo de indicarles cómo movilizarse en Viena, cómo comprar el tiquete semanal para que les saliera más barato y cuál tren usar para llegar al hotel una vez arribemos al destino final. No el de la película.
Pienso que ese botón del primer tren simplemente no quiso abrirse porque sabía que este par de chilenos hermosos que encontré, iban a necesitar un poquito de ayuda de este pechito. Y todo se encadenó en un bello encuentro, que también me ayudó a mí, a sentirme útil y a sentir que puedo retirar temporalmente mi pertenencia de la oficina de tiquetes para perdidos y para mensos. Que lo soy, pero hoy es domingo, así que es necesario descansar.
Ahora voy en el tren escribiendo la experiencia, mirando por la ventana las montañas de la bella República Checa y respiro porque sé que llegaré y que ellos llegarán, juntos, cada quien a su vida pero a un destino común que nos unió gracias a un tren invisible que se fue sin llevarme. Yo me llevo finalmente, alguna cosa se habría hecho; y a veces me tropiezo, con alguna cosa hay que caerse; pero me voy andando entre la torpeza y la sonrisa.
Sólo resta esperar la esperanza y aspirar la vida, porque qué más.
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