Me la bailo.

Le decía a su hijo de cuatro años mientras sonaba un merengue en el carro. Justo en la parada del semáforo y a mitad del camino de la casa al colegio. "Cómo me gusta el Merengue. Es necesario aquí aclarar que no te estoy hablando del merengue musical. Tampoco, del merengue como postre sino del merengue que se baila, del que se escucha. El de caderas. Sus maneras y formas. Sus golpes lentos no carentes de gracia sino llenos de fiesta y cuerpos sudados. No es una marcha puntual y cuadriculada como, aunque no te lo creas, lo dijo alguien por ahí. Qué cosa tan absurda, ¿no? Pero bueno, ¿no crees tú que la agitadera viene claramente de una tierra gigante de músicas y bailes, de cumbias, de salsas sabrosas, de samba. Un mundo de pájaros y bananos, de un lugar con gentes múltiples para quienes a pesar de la marcha que les resulta vivir, siempre bailan?". Se quedó callado mirando el cielo a través de la ventana. Su hijo un poco distraído pensaba en qué comería y a qué horas. Ya tenía hambre. "Stimmt". Le dijo, pues aprobaba esa sentencia y estaba totalmente de acuerdo."

"Fíjate. Me da la impresión que va a llover". Dejó en claro nuevamente a su hijo.

Olla en el fogón.

No quedaban en la bolsa más marañones. ¿Qué hacer? ¿En dónde podría y a esa hora conseguir nueces para el pesto? Ella llegaría en media hora y él estaba aún intentando sacar con un tenedor los pedazos que estaban atrapados en la licuadora. El horno a punto, la paila sobre el fuego a punto, el vino blanco ya en la nevera tomando tono y frescura. Condones en el lugar adecuado, lubricante en el rincón justo. Una lista de música pensada con detalle para avivar el sí. Ropa elegante, un poco holgada para disimular la incipiente barriga y sobretodo fácil de quitar.
Decidió entonces ir a la tienda que quedaba a la vuelta. Eran dos cuadras y media. Cuatro minutos más o menos. ¿Y el fuego que ardía en las ollas? Todo cuadraba al parecer. Había el tiempo justo Se puso el saco de domingo, los primeros zapatos que encontró y salió del apartamento. Eran tres llaves, claro. Una para la puerta, otra para la reja de la puerta y otra para la reja del patio que tenía, como protección, un candado. En par voliones hizo todo, llegó al pequeño mercado y consiguió, menos mal, las tres bolsitas que necesitaba. Pagó, dio las gracias a Doña Mery -la de la tienda- y se devolvió casi corriendo, del mismo modo en que lo haría trotando en la mañana mientras le daba vueltas al parque. Finalmente, en frente de su casa, respirando a medias (la falta de ejercicio, ustedes saben), buscó azarado y afandísimo cómo abrir el dichoso y oxidado candado. Primero, una mano en el bolsillo derecho en donde usualmente guardaba las llaves. Nada. Segunda opción: en el otro bolsillo podría ser ya que no había llevado en ese afán el celular y siempre lo ponía en el izquierdo. Nada. ¿En el buso? No tenía espacio ninguno, hueco ninguno, sólo vejez, sólo dejadez. Sólo mugre. No había nada qué hacer. Miró al cielo suspirando levemente. Había olvidado dentro las llaves.

Mecha.

Miraba el techo blanco con detenimiento. Poco a poco se fue cobijando pues el frío glacial se entraba por entre la puerta que nunca cerraba bien. Siempre llevándose a rastras el tapete para abrirse. Intentaba concentrarse en dormir y se decía a sí mismo una y otra vez "Es hora. Apágate". Sin embargo, apagarse le recreaba cables y botones. Luces rojas que como vampiros estaba ahí entre enchufes escondidos detrás del sofá y de los sillones malgastando el flujo que algún día, destino cruel termodinámico, dejaría de suplir semejante consumo. Podía casi, pero es que mejor dicho, como si estuviera ahí, decía, podía prácticamente ver la extinción de todas las estrellas. Primero restarían miles de millones de millones, luego miles de millones, luego millones, luego cien miles, luego miles, luego cientas, luego unas cuantas decenas, seguido apenas unas ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos y finalmente quedaría una estrella en un infinito universo solo y vacío y aburridísimo como el que más, apenas alumbrando la nada en donde seguramente nadie vive ni hay quien cuente la historia. Como una vela en el viento que el Día de las Velitas está a punto de desaparecer, ya sea por el viento y la lluvia que nunca falta para esa conmemoración o porque no hay ni mecha ni cera para sostenerla. Como una llama de la estufa que le cae agua. Así veía esa moribunda estrella perderse en la lejanía de un pasado brillante y de carácter fuerte, de novela de medio día, con explosiones y arcoiris, ondas que arrastraban todo, flores que chupaban, pieles que se bronceaban, aguas que se evaporaban. "Apágate". E intentaba apretar con los dedos diferentes partes de la piel. En el culo, en las piernas, en la cabeza, en un ojo pensando que quizás sí había un interruptor para largarse de ese momento pragmático y poder ir de parche con Morfeo y Baco y hasta Jesús. ¿Quién dice que no son parranderos? A todos les gusta la pachanga, fijo. Pero no le funcionaba. Sabía que con planetas, luceros y cometas, al otro día tenía que levantarse a cumplir con el requisito, siempre aburrido, de existir y trabajar y hacer charlas y lobby y política y volver y, mejor dicho, hacer todo eso que todos hacen y que él hacía y llevaba haciendo por años. Seguramente en la vida que ya pasó, si es que lo de las reencarnaciones es verdad, le tocó la misma vaina. En la siguiente sería igual. Y en la que le sigue a esa. "Mejor que se apague esa vela" se dijo poniendo énfasis y deteniéndose en todas las sílabas. "No la prendas, apágala". De repente, abrió los ojos y ya eran las seis de la mañana. Con él una estrella en lo profundo.

Compás.

Era innecesario que lo intentara. No había realmente qué contorsionarse de esa manera. La cabeza bajaba con el tono de la cuerda del violín y se inclinaba en dirección a su pie derecho. La espalda recta. Las puntas de los pies en el ángulo correcto para sostener en equilibrio el cuerpo. Iba al son de cada golpe, de cada sonido del tambor, del cuero, de las palmas. Perfectamente sincronizada en piso y frente al auditorio. A todos esos ojos que miraban. 


No hacía falta, sin embargo, demostrar tanta técnica ni gracia. Bastaba con que lo mirara a los ojos a la salida del teatro. Era lo único que él, sentado viéndola danzar, le pedía para sacarla a caminar.

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