La sentencia acato.

Estoy que mato al ingrato.
Con una mirada maligna, una pócima secreta o hasta con un zapato.
¿A quién? Al que se fue. Al novato.
Era un hombre timorato.
Era un ser que para todo sentenciaba: “mejor al rato”
“¿Para qué comprar lo caro si siempre está lo más barato?”
Ah es que para el concurso de pereza fue siempre el primer candidato
y de la sociedad siempre se creyó del mejor estrato.
Nunca lavarse tan siquiera un plato.
Siempre dormido, siempre pidiendo. Siempre un mojigato.
Ustedes se preguntarán: ¿y yo por qué vengo ahora con semejante relato?
¿De dónde acá semejante arrebato?
Perdónenme la queja innecesaria, el exceso de confianza y la falta de recato.
Pero la verdad es que hablando en pasado dejo a un lado tanto alegato
y resulto en tercera persona hablando de mí y describiendo mi retrato.
Así es y ahí está. Mil disculpas. Ahí les dejo el dato.
¡Ay que me siento un neonato!
¡Me mato!
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