Ni siquiera


Las lágrimas que todos los días se forman. Aveces brotan, aveces se mantienen hirviendo adentro. Todas las imágenes de aquello que fue y todos los sueños de aquello que pudo ser y no será. Porque la vida sólo empuja cuerpos muertos. Vidas muertas. Dolores que envenenan toda la sangre, dolores de siempre, dolores de todos. En la edad que sea, en el sitio que sea. Miedo a no poder cumplir lo propio, miedo a incumplir lo dicho al ajeno, miedo a ignorar y saber que el olvido llega despacio a todas las promesas y cada sueño feliz. Una niebla que cubre los caminos y se posa y hunde y no deja respirar. Las gargantas gritan asolas. Perdidas. No saben quiénes son, no saben en dónde están, no saben de sus mañanas ni del sol ni del mar tibio. Sólo saben de lamentos, de hordas de asesinos, de árboles sin hojas. La incertidumbre. No poseer siquiera el retrato de la daga que llegará sin duda. No ser dueños siquiera de la pesadumbre porque llega temprano, mira a los ojos y se instala para siempre con la existencia hueca, vacía de todo, la nada que llega al ser a ser eso: nada. Un nada, una nada. Yo, tú, las madres, los hijos. En la roca que se ata al tobillo, en la herida que se pisa al ir a trabajar, en la puerta que rompe la llave una noche fría, en el cuerpo viejo abandonado en la sala. El mundo que sólo pide y chupa y nosotros que sólo  pedimos y chupamos. Somos ese dolor, esa pesadumbre, el veneno de nuestra sangre, las lágrimas afiladas, las vidas muertas y cada uno de los muertos. Somos nuestra desgracia y aveces, borrachos de vida, en la mentira sonreímos. Nos somos perdidos y al encontrarnos moribundos jóvenes y bellos nos perdemos en el óxido y la fealdad.

De amores

"De todos modos lo que toca es regresar" Fue su frase innagural un miércoles de lluvia al caer la tarde. No podía moverse. Era tal la profundidad de su reflexión que el agua, estando él de pie, le bajaba a chorros por entre el cuerpo a medio vestir. Él apenas si entreveía el sol de fondo entre tanta nube y tanto gris. De todos modos, sí, lo que debía hacer era regresar. Había empezado con Juliana, la vecina cándida de 18 años de la casa de enfrente. Ella, claro, no lo merecía. Quizás por no merecerlo lo merecía. En las mañanas, cuando Juliana salía al colegio, él sólo podía irle detrás, pues iban en la misma dirección, inventando mundos en donde se tropezaban y ella sonreía amablemente y él la escupía en la cara sin decir nada, dejándola muda con su risita mediocre a media tinta. Otras veces se imaginaba hacer la misma fila con ella en la panadería. Mil de rollito, mil de blandito. Ofrecerle pasar primero y apenas ella lo hiciese empujarla para ser él primero. La amaba profundamente. Era de esos amores basados en el odio y el maltrato y la violencia. De esos amores que asustan a todas las partes. A mí me asustaba. Sabía de sus sueños con ella y sus fijaciones con esa delgada figura de casi niña llamada Juliana. Hablaba poco de eso pero pues con las cervezas y la botella toda a 2 mil pesos, surgía esa verdad molesta, esa verdad que me dejaba pensando: ¿le digo a la familia? ¿Deberia denunciar esto? ¿Debería contarle, avisarle, reportarle a alguien? Nunca lo hice. Sólo me quedé ahí de pie mirándolo cómo se bañaban de agua de lluvia ambas pieles. La de Juliana que yacía ahí entre húmeda y aún con el rostro de pánico profundo de quien no entiende nada y sabe que todo se acaba en ese instante. La otra piel, la que mojado él había arrancado de sí mismo a pedazos para proteger de la lluvia al cuerpo mojado y muerto. Él se desangraba entre tanto, ella ya no necesitaba desangrarse. El tijeretazo había sido tan efectivo que con un sólo movimiento había acabado vida, amor y Juliana. Yo apenas podía respirar. Regresaría a mi casa, a mi cama, a mí. Me amaba igual que a ella. Yo le temía. Sin parecer parpadear giró su cabeza hacia donde yo me encontraba y con la claridad de quien se sabe dueño y de quien sabe que le habla a quien se asume perdido y desangrado me dijo: "De todos modos lo que toca es regresar". Cerré mi mano y agarré la de él. Serían apenas unas cuadras antes de llegar a casa e inundar mi propia muerte de mi propia sangre.

Un viaje y el viaje.


Se dijo que sí, que había que invertir cada centavo, cada último suspiro en conseguir el dinero a punta de empeñar de todo, de vender todo, de aceptar cualquier trabajo, de dejar pedazos de cuerpo por ahí, pedazos de vida, de cargar niños, acompañar ancianos, cuidar edificios, cocinarle al mundo y sus perros, de lo que fuera, como sea, en donde sea y lo que tocara. Acá ya el punto no era en donde le sonara la flauta sino sacarle música a los huecos del delantal a punta de soplo, suspiro y cansancio. Pero se dijo que todo por irse, todo por ese viaje que no importaba nada de nada, ni la experiencia del primer avión, ni del primer país, ni siquiera un idioma raro gutural pronunciado quién sabe cómo para decir quién sabe qué, ni no tener dónde llegar, mejor dicho, acá, en esta constelación de partes desgraciadas y deudas y toda la mierda propia de la vida y sus circustancias que son peores, lo que importaba, lo que estaba diáfano y espiritual era el pequeño rayo de luz. Esa liniecita delgada, fínisima como un cabello de ángel. Ese aire tibio, ese vaso de agua, esa cerveza a punto, ese aguardiente de 31 de Diciembre. La sonrisa que sólo puede salir de quien se embadurna de la luz de aquello que verá, del futuro que aguarda como uno lo quiere y lo planea y se hace cierto en ladrillos y cemento. Ese ser que un día estuvo y que con o sin el Todo, va estar ahí en compañía perpetua. Lo vale todo. Todos los mares de la dicha, todas las lágrimas en roca. El mundo que una vez tuvo. Diga, no más. Y trabajó y trabajó y gastó el grosor de su piel y una vida entera y dejo grietas hasta en su propia sombra. Años que se fueron como días, días que entre la bruma y la niebla de la siempre aparecida y usual desesperanza y desesperación y frustración con puños en las puertas y en la tierra y gritos apretujando las manos, días que parecieron años. Y un día como esos, una mañana, en un segundo infinito, le entrelazó nuevamente las manos. No hubo pasado y dolor. En una explosión el tiempo reprogamó sus piñones y le dio sólo rienda a un destino manifiesto para sí: a la eternindad de verse y saberse juntos nuevamente y en el ocaso de lo tangible, ser para siempre en el amanecer de lo intocable.

Entangled


Decía para sí en una voz apenas audible:

'Se ve un cielo a mitad de ventana. La cortina verde que cubre aún retazos de cielo y algunos apartes de edificios allá en donde otros también miran. Hay nubes que cruzan el infinito cielo y el aire que, aun si descompuesto por el smog y la carga pesada de partículas ajenas y gases tóxicos, sopla. Sopla tenue. Sopla ya una sonrisa y la forma de tu voz. El cansancio se apacigua y se vuelve cosmos. Energía que renace del interior intangible, del abstracto de la esencia. En donde todo puede ser y estamos ahí retozando el desayuno y creyendo en universos infinitos que burbujean el Todo final. Se ve tu cuerpo invisible entrelazado. Bajo estas sábanas, con este café mañanero. La puerta cerrada que sigue abierta a ti. A los pasos que un día volverán. La piel a la que un día nuevamente llegaré. Nos separa la distancia que nada es. Nos une la trascendencia que todo espacio llena y sacude. Se ve el día de hoy y la forma de tu horizonte feliz".

Uno de esos domingos en que él se supo. De luz diáfana y con apenas unos pocos carros de fondo. Con lágrimas confusas entre la ausencia y la dicha de la existencia. Con un dolor que retorna ocasionalmente en alegría.

Le quedaba un suspiro y la más pura ilusión. Fe de lo plausible.

I found you there


There is something behind every door, behind any single particle of dust.
And I found you there.

There is light hidden under the nails.
I found you there.

All the time contained in one breathe, in each phoneme you blow.

The universe, as infinite it seems, the finiteness of its own word. All and all.
Multiple universes surrounding so unapproachable.
With mass-less matter in the sand of our deepest imagination, with the evidence of its existence just by default.
They are there. And all around me lacks color and sound if I can someway feel the fact of your existence.

Does it matter? With you no more distance. Around you no more passing. Entangled such corpuscles across the distance and way beyond the Horizon.

It is your body, your very warm aura, reason enough to intangible buildings of faith and hope.
I swim in the river of your voice, I walk now in each print of your entropy.
With no edges nor boundaries.
Transmutable walls like bricks in-between the day and the night.

We both in an eternal dawn, we as the perpetual dawn fusing the contrasts together, giving meaning, creating opposing party for each being, filling out in fundamental contents.

Chained in the need of no chains. Tied in the need of no strings.

Simply the perception and conviction of myself into you converged.
Hay un sol con voz, hay un universo que habla. Tus labios que configuran el viento y el polvo. La maravilla de saberte acá sin distancias. Atados a pesar de todo. Conectados a través del horizonte. Hay una sonrisa tras las aguas. Hay un milagro entre los dedos. La luz de lo imposible construyéndose. Tiempo.
Se fue volando la casa, se me fue volando mi hogar. El dolor de ahora no es sino el del espacio vacío, el del alma incompleta. La mañana feliz de cada mañana está en tu sonrisa, en tus pasos adelante, en tus palabras de lucha. Ya estaremos palma con palma. Tiempo.
Pido disculpas por la ausencia. Ahora el corazón y las letras me duelen. Mi alma duele. Prefiero un silencio. MV.

Miércoles dos y 7

Sumergiendo los cuellos. Ahogando cada guiño y cada ojo. Son las tardes de sol en la noche, es un mediodía de cortinas abajo. La suciedad se levanta en las manos que ya rompieron los cuellos de vidrio, en las manos que hundieron sin piedad los ojos de papel. Se ve un cuerpo hambriento abrazando proyecciones de sueños en la pared. El cinematógrafo narra acaso que sólo en las esquinas vacías el dolor es tangible.

Dos turistas


Era hora de ir por plata. Una ciudad como esas: turística, llena de bares y ventas de postales y desayunos carísimos en plato chiquito con un cafe de dos dedos en un vaso donde apenas si caben, de hecho, dos dedos. Cajeros, por supuesto, todos. En esas ciudades sobran es razones para gastarse el billete y aveces tengo la impresión que la sola pereza basta y sobra (y alcanza para la ñapa) para gastar y gastar y andar lanzando monedas en cuanta fuente -o charco- haya por ahí en las esquinas. El caso es que nos tocó, luego de revisar que la cartera estaba a medio llenar y no de billetes de bajo rango, pero con eso de que cobran hasta por mirar el techo, decía, el caso es que nos tocó devolvernos al cajero automático del hotel por más dinero.

Ah es que  una ciudad como esas lo que tiene de sobra es hoteles. El de nosotros, en pleno centro, era un edificio alto, de vidrios negros. De los delgados vistos de frente y eso era porque cada piso representaba apenas dos habitaciones. Una a cada lado. Pero eso sí, les digo, eran LAS habitaciones. Muy grandes, muy pero muy grandes. Con esas camas que tienen el área del tapete de una sala promedio con unas mil almohadas de tamaños tan variados que mi primera pregunta fue '¿y para qué tantas?' pero bueno, es que cuando se es de estrato medio, tirando pa' bajo, y una vez en la vida que uno se gana esos toures con todo pago -menos los impuestos de los tiquetes, las bebidas, la comida, las salidas, el bronceador, la invitada a la nena y un larguísimo etcétera- es decir, con todo pago-excepto, ¿qué eso de todo-excepto?, parece ciertamente una contradicción  a lo ¿por qué en vez de haber algo no hay nada? Mini bar, que era como diez veces mi bar en casa, televisión como del tamaño de la pared posterior a mi cuarto en casa, con un clóset que es del tamaño de mi casa. Llegamos entonces al cajero automático justo a la entrada.

A mano izquierda, cruzando la avenida, estaba una de esas iglesias enormes de tres naves y con esas cúpulas que dan sobretodo miedo en caso de que el infierno exista y con dos torres altísimas, como las de las mezquitas, terminando cada una en tres puntas. Toda ella en piedra y vidrios y complicada hasta decir 'ya no más'. Imagínese ud la hija de la Basílica de San Pedro y de la de la Sagrada Familia y se dará una idea. Ah y la anterior cópula por dos. Era imponente la berrionda. Tanto que hasta nuestro súper hotel, ultra lujoso, brillante y de nuevo-rico, parecía un teléfono celular al lado del Hermitage. Al lado derecho estaban construyendo un edificio. Esos rascacielos  que de tan altos y sobretodo de tan demorados son sobretodo toca-culos. No tengo la menor idea cuánto llevaban construyéndolo para el momento del relato ni cuánto más les faltaría pero es de esas cosas que uno, cuando toma lugar en su pueblo, sólo suspira de tristeza imaginándose el tráfico, las mallas verdes, los señores de casco a toda hora, el polvo, ¡el ruido!, mejor dicho, como cuando el maestro de obra es el que está en la casa dale que te pego a los azulejos del baño por tres semanas: un calvario. Como ver el pasto crecer. Arriba se veían cientos de obreros. Un grúa enorme, de proporciones tipo Transformer, como la que se debió usar para poner el último tornillo a la Estación Espacial Internacional en caso que hubiesen usado una, claro.

Así pues, nos paramos en el cajero echando número a ver cuánto era que necesitábamos en efectivo al menos para ese día. Era evidente que mucho pero no cuánto exactamente. En esas estábamos cuando Mónica me dice, oye Felipe, ¿dime?, creo que estoy como mareada, ¿mareada? ¿en serio? ¿No será por el sol, el mísero desayuno, el cansacio de haber caminado ayer tanto? ¡No! No es eso. Mira la lámpara de la recepción del hotel. (Lo cual era posible pues la puertas eran de vidrio). ¿No es muy grande y pesada para estarse moviendo? Yo sólo atiné a decir: ¡Dios mío! Hasta que alguien, que no podría describir porque aunque lo vi no lo recuerdo bien, salió gritando: ¡está temblando! El piso empezó a sonar como la caña de azúcar en el trapiche. Las personas corrían de lado a lado y se escuchaban muchos gritos. Yo entré en un estado de shock. Me costaba pensar con claridad y mi mente se volvió sobretodo un repositorio de imágenes y sonidos. Como si fuese simplemente una cámara. Inerte. Un mecanismo destinado a grabar. El movimiento aumentaba, el estremecimiento de la tierra se hacía más fuerte y el aturdimiento de la desesperación de las personas era como el de abejas si pudiesen ser sopranos. Como si todo el ruido de los radios mal sintonizados sonara al mismo tiempo. Sentía la mano de Mónica que me apretaba halándome en dirección a la iglesia. Pero no tenía sentido eso. Si había una construcción que podría deshacerse era esa y además era, de entre todas, la más alta, la más monumental. Alcancé a ver cómo los obreros en el edificio de al lado intentaban bajar desde semejante altura por entre el armazón de hierro pero hubo un momento en que ya era un hecho que un edificio a medio hacer no resisitiría mucho ni le daría la oportunidad a todos para salir a salvo. Fue uno, el de una de las esquinas, cerca a la grúa que, supongo, en medio de la desesperación y esperando contar con buena suerte, se lanzó. Era imposible sobrevivir a un salto semejante. Pero seguido a él, empezaron todos a saltar como meteoritos. Uno de ellos cayó justo enfrente mío, a unos, no sé, dos metros y quedó desparramado, medio moviéndose, medio muerto, lamentándose desde lo hondo de sus tripas y sin pedir ya ayuda pues tampoco eso tenía sentido. Mónica no lo soportó más. Me soltó y salió a correr justo hacia la calle frente a la iglesia. Yo desperté de mi letargo cuando, creo, me sentí abandonado por ella. Aunque ciertamente que fui yo quien la abandoné al no reaccionar rápidamente. Al verla alejarse sólo pude gritarle, ¡no! ¡Allá es peor! ¡La iglesia se va a caer! Empecé a caminar hacia atrás, en reversa, hacia donde parecía haber más espacio libre y en donde se amontonaban algunos niños con una maestra y, recuerdo, dos señoras mayores que se cogían de las manos. Me tropecé y caí y al levantar la cabeza vi cómo las dos torres y cada uno de los picos de la iglesia empezaban a caer en pedazos enormes, pesados y estruendosos sobre la calle. Ahí hacia donde Mónica segundos antes se había dirigido. Los vidrios del hotel estallaban como copas caídas de un tercer piso. Se formaban grietas en las calles y cruzaban la plaza en la que yo estaba. El sol brillaba, había el mismo cielo hermoso de hacía apenas unos segundos cuando todo estaba quieto y todos estábamos frustrados por el caos pero felices por, bueno, el caos. Me agarraba la cabeza arrodillado y gritaba con todas mis fuerzas como queriendo detener todo, como creyéndome Dios y gritaba por ella, gritaba por mí, por las señoras cogidas de la mano, por los niños, por los obreros ya muertos, por un mundo artificial que se venía abajo así nada más. Nunca supe cuántas personas murieron en ese evento. Me tomó días salir de esa ciudad y terapias por años para recuperar mi cabeza que se había desensamblado después del terremoto. Nunca supe perdonarme por no encontrar las palabras correctas para dirigirme a la mamá de Mónica y ante la pregunta ¿qué se sabe de ella? responder 'nada, aún no se sabe nada'. Y el tiempo pasa y aún no sabemos nada.

Hubo un día en que el sol brillaba.

Lunes 18 y dos

El agua brota de las uñas. Los gritos. La espera: de la cascada y de la mano en el grifo. No hay un dejar si el rastro de gotas no evapora, si el sudor de la tensión sala todas los mares y los ríos. Y los vasos de tu ausencia llenos.

Lunes 12 con dos

Porque te pretendes el centro de la mesa. El plato fuerte. Porque te asumes el vino y la guitarra. Porque te crees todas las sábanas y cada música. Cada música. ¿Te has olvidado acaso que cuando dijiste ‘me voy’ fue el mundo todo quien de ti partió?

30 años y 3 sonetos


Hoy Primero: mis primeros treinta años.
Momento que atestiguan es declive
de pelo y panza, de fuerza inclusive.
¿Hay hoy juventud ida por el caño?

¿‘Divino tesoro’? Divino engaño.
A dolores del cuerpo más proclive
es este hoy cazador y detective
de una bien tersa piel habida antaño.

He dicho tres veces 'hoy' porque duele
y duele tal vez aumentar la cuenta
que empuja sin quererlo cual pelele.

Cuento entonces ahora desde treinta
y el tiempo sigue y sigue, dele y dele,
empujando mi yo hasta los cuarenta.

Para continuar: algo moderado,
que de la depresión voy a la euforia,
y no hace falta ni un grito de gloria
ni hacer pensar que me quiero enterrado.

No hay en ningún momento nada dado:
viejo fracaso ni joven victoria,
la vida siempre es una trayectoria
y todo enfrente es un juego de dados.

Con los que a montones quiero, estar quiero,
no importa cuándo si nos coge vivos,
que nos coja, sí, encendiendo el caldero.

Estamos así en los años cautivos,
sin ver el camino al ser zapateros
de horizonte fecundo e ilusivo.

¿Me soy infeliz en este escalón?
¿Vendrá acaso algo que valga la pena?
Me soy feliz pues hay menos cadenas
y soy más yo con todo y resbalón.

Me iré, claro, a beberme hasta un galón
y a comer lo que una hambrienta ballena,
a esculcar lo que sobre en la alacena
y bailar con todos en el salón.

¡Quién dijo lágrimas y quién dolor!
Haber vivido es la mayor razón
para prender el fuego y dar calor.

¡Quién dijo incomodidad, picazón!
Si hay conmigo sobretodo valor.
¡Sobra aquí, señores, es corazón!

Miércoles uno y treinta

Se aproxima un negro infinito o al menos uno que parece serlo. La noche absoluta sin universo. El peso de toda el agua. Toda las capas materiales sobre el cuerpo. La singularidad o el destino. Mi peso.

Jueves dos con cuatro y 1

Fui yo quien abrió la boca y fueron tus palabras las que salieron. De tus ojos, todas mis lágrimas. Soy la piel debajo de tu piel y tú la sombra de mi aliento.

Jueves diez con siete

Unas lágrimas atascadas. Un trepidar de la nada. Gritos a la brisa y al smog. Sin razón se abren los ojos todas las mañanas con heridas que supuran todas las vidas y una única calma. El cuarto siempre está cerrado y el cemento aturde ahí afuera en donde las preguntas se olvidan. Duelen más los dolores cuando no tienen sombra ni nombre.

Martes 15 con uno

Sueñas muertos y sombras. Mentiras. Basura en espera de tu boca y ansiosa del filo gastado de tus dientes. Sueñas tu cuerpo en un pueblo sin escenografía. Y estás ahí: partiéndote, evaporándote, sumergiéndote, dejándome. Un sol que sin mañana apagado está.

Jueves uno con cero

Es cierto que dejamos y nos dejamos a cada segundo, todos los días. Es falso que nada olvidamos, que lo pasado todo recordamos. Queda siempre la duda de saber quiénes somos y en quiénes nos convertimos. Tu cuerpo todo es sobretodo mi abismo y mayor misterio.

Lunes siete con cero

Hay unas ganas de verte ya, no mañana. Hay unas ganas de olvidarte ya, sin ayer. Hay un plan de quererte siempre, sin sentido. Hay unos rostros presentes, sin tus ojos. Alguien que sonrié, y no es tu boca. Un espejo, una sombra, luz.

Kántaro.


Era pequeño. Se quejaba siempre solo y de algo que era imposible escuchar. Lo veía casi todos los días a eso de las cinco treinta cuando regresaba de la oficina. Me preguntaba por su edad. Pero como daba la espalda mientras le secreteaba a la pared, me era difícil saber qué tan joven o qué tan viejo sería. Tenía casi todo el tiempo una camisa a cuadros de mangas cortas metida entre el pantalón de pana con unos zapatos viejos color café oscuro que poco combinaban. De poco pelo, eso sí. Lo que, de hecho, era el único indicio de sus años y quizás también de su vida. No en vano se dice aquello de 'arrancarse los pelos de la desesperación'. Sin embargo, apoyado casi sosteniendo la pared como quien sostiene en fotos arregladas, miles de ellas, la torre de Pisa, era evidente que no la pasaba bien. Sus músculos estaban tensos, aruñaba la pared, gemía.

Pasaron los días, y pensaría yo que hasta los meses, y el chisme, la pura y física cotilla, y llegar siempre diciéndole a mi esposa, ve, ahí está ese man otra vez, en las mismas, cuchicheando solo, encorvado, quejándose, ¿qué será que le pasa? ¿Lo habrán abandonado? ¿Habrá perdido su equipo de fútbol? ¿Se le murió alguien? Mejor dicho, se me pasaba todo por la cabeza en un novelerío y drama barato o, bueno, para ser preciso se me pasaba todo lo que se me podía pasar antes de cambiar de tema y pensar en otra cosa. Sinceridad. Así es que, de tanto darle vueltas al asunto, me decidí ir a donde el portero, el guachimán que llaman, y decirle, ole, ¿y ese tipo qué? ¿Ud sabe algo? Y me dijo, sí, claro. Es el papá del papá de la señora de la esquina de la esquina. (Lo que ya me decía mucho sobre la edad del esquinero y del portero sobre sus problemas espaciales o con las esquinas). El señor sufre de no sé qué pero pues yo creo que está loco y punto. Habla solo todo el tiempo y cómo no: está solo todo el tiempo. ¡Sorpresa! Nadie lo visita o lo visitan para visitar al final otra cosa porque luego él se sale y se está solo. Pero fíjese, a mí también me generaba tanta duda, que una vez de madrugada, con eso que uno de vigilante poco tiene qué hacer sino vigilar y aburrirse y deprimirse hasta la muerte, porque por eso nos pagan, decía, un día tempranito a escondidas y antes que él llegara le puse una grabadora de esas de periodista con la curiosidad de qué putas es lo que hablaba recostado como en teléfono roto y como si la pared tuviera oído (y oreja). ¿Quiere oír? ¡Pues claro que quiero! Le dije con mis ojos abiertos cual requiriendo gotas. Al final, me dijo, yo quedé más perdido que el hijo de Lindbergh y no me solucionó nada y prefiero el parqués pero, la mera verdá', guardo la grabación porque con eso del YouTube pues uno nunca sabe qué puede resultar siendo famoso y popular. ¡Ay qué ver lo que a la gente le gusta! Ya se lo paso.

Por supuesto que no lo escuché ahí mismito. Me lo llevé a mi casa raudo y veloz y le prometí al vigilante devolvérselo al siguiente día. Mientras caminaba en dirección al edificio de mi apartamento, estaba ya él, todo él, su camisa, sus zapatos, su discurso, su espalda ahí, en las mismas con la misma...pared. Lo miré sabiendo que dentro de poco iba a ser capaz de entenderlo a él y su embrollo. Llegué a comer a cuchara rápida y quise, de pura güeva, evitar el tema con mi mujer hablando que dizque de la política de la separación de basuras en dispositivos electrónicos en los hoteles en cercanía de los desiertos para época navideña (de lo cual se menos ocho) para no levantar sospechas de que tenía esa grabación. Y otra vez, por supuesto, con su mirada de 'no me crea tan bruta' ella me preguntó que qué me pasaba, que era la primera vez que no hablaba del tipo ese y que eso era porque me traía algo entre manos. ¿Yo? Mucha güeva. Me figuró contarle todo lo del portero, de la grabación, de Misión Imposible y Holmes y ella, entre sorprendida y curiosa, me llevó de la mano al baño y nos encerramos apretujados en ese espacio de dos por dos con la luz apagada y con la rendija abierta. Ella se sentó en el sanitario, cruzó la pierna y yo me quedé de pie con el dedo sobre el 'play'. Click.

'El fenómeno, la cosa no en sí. Eso más allá-de pero que allá está. A eso que es posible acceder sólo si dejamos de ser nosotros y todos los demás y todo aquello que puede percibir. Hay un filtro que olvidamos: nosotros mismos. Estos cuerpos que buscan acercarse y tocarse y trabajar en conjunto y crear políticas y normas estandarizadas para movimientos grupales que cada quien siente diferente. Somos no sólo la percepción de nosotros mismos sino la de los demás sobre nuestro ser y parecer y el acumulado de todas las variaciones de esas minúsculas impresiones en el tiempo y en el espacio. Sobretodo en las circunstancias. Hay un mundo que es el mundo-todo sin color y sin sabor, con forma y materia pero sin textura. Hay conocimiento sobre nuestras ideas y nos queda apenas los cuadros que pintamos mientras existimos pero no sobre lo intangible, invisible, inaudible. Nada podemos saber más que el resultado de la inferencia de la estructura, del método que adaptamos. Si eso que ahí hay, que converge a sí mismo, en una serie infinita de subordinaciones no es sino el supuesto de su existencia, sólo es en supuesto, en abstracto, en la evidencia que señala a gritos un punto que ni siquiera está vacío de sí pero que está vacío de nosotros. ¿Cómo puede valer la sombra sin luz? ¿Cómo puede valer el sonido en el vacío? Se aleja todo a pedazos, se alejan los astros inalcanzables y las estrellas se pierden. Habrá una noche sin estrellas, un telescopio sin astros, habrá un universo negro simplemente, ahí presente, pero que ya no podremos seguir y nos sentaremos a vernos y comentar a los más jóvenes que hubo un tiempo en que habían cosas que se llamaban astros y estrellas y que existía el día y la noche y que todo afuera podía ser contado pero sobetodo comentado y danza a lo arriba presentado, música y cosmología poética. Y que ahí sigue: muy lejos, muy allá, como desaparecido. Y ellos, los más jóvenes, manoseándose entre las charlas, pensarán, pobre diablo, veteje de mierda, hablando de fantasmas y apariciones, de cosas que existen pero que no existen, de luces maravillosas y dizque calores no artificiales.'