Me la bailo.

Le decía a su hijo de cuatro años mientras sonaba un merengue en el carro. Justo en la parada del semáforo y a mitad del camino de la casa al colegio. "Cómo me gusta el Merengue. Es necesario aquí aclarar que no te estoy hablando del merengue musical. Tampoco, del merengue como postre sino del merengue que se baila, del que se escucha. El de caderas. Sus maneras y formas. Sus golpes lentos no carentes de gracia sino llenos de fiesta y cuerpos sudados. No es una marcha puntual y cuadriculada como, aunque no te lo creas, lo dijo alguien por ahí. Qué cosa tan absurda, ¿no? Pero bueno, ¿no crees tú que la agitadera viene claramente de una tierra gigante de músicas y bailes, de cumbias, de salsas sabrosas, de samba. Un mundo de pájaros y bananos, de un lugar con gentes múltiples para quienes a pesar de la marcha que les resulta vivir, siempre bailan?". Se quedó callado mirando el cielo a través de la ventana. Su hijo un poco distraído pensaba en qué comería y a qué horas. Ya tenía hambre. "Stimmt". Le dijo, pues aprobaba esa sentencia y estaba totalmente de acuerdo."

"Fíjate. Me da la impresión que va a llover". Dejó en claro nuevamente a su hijo.
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