Palíndro-meado

Son pero no existen. No hay ojo.
Por tanto tampoco el antojo.
Pues el que mira es quien ata el cerrojo.
Y lo hace para sí, fuera de sí. Hasta de su enojo.
Y sin embargo, es un ojo con anteojos.
Nada realmente ve o, mejor, lo que ve lo hace siempre de reojo.
De manera tal, que también va cojo.
Poniendo sus proyectos todos en aparente remojo.
Porque el río del tiempo agarra a cada todo débil de raíz, flojo.
Y se lo lleva, como a toda felicidad y como a cada uno de los abrojos.
Dígame si no. ¡Ojo pues! Póngale el ojo.


Invivible

Todo lo que se atasca.
La semilla envenenada que la boca masca.
Todo eso que lento atravieza la garganta.
Un animal muerto, un río sucio como sucia la muerta planta.
Todo ese miedo y esa desdicha que sólo el silencio propio escucha.
Poca la luz, poca el agua, mientras que la desdicha es siempre mucha.
¿Nos queda acaso sólo la ficción de la sonrisa?
¿La espera remota de un fin que viene sin prisa?
Nada hay en el silbido de la brisa.
Nadie hay en la certeza de la casa.
Supura entre tanto sangre invisible.
Y se apaga la única brasa.
Todo es finalmente imposible.
El Todo se hace trizas.
Porque la Nada todo lo pisa.



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