Ayer en París el hermano de una gran amiga estuvo justo al lado de una de las explosiones, otras dos amigas estuvieron atrapadas por 10 horas en el sitio en donde estaban cuando todo empezó, otro amigo estuvo incomunicado con su familia por espacio de 15 horas pues se encontraba en la calle, mi primo, ciudadano colombo francés, y su hijo, quienes viven en París, quedaron sin saber el uno del otro durante todo el día, mi otro primo -el hermano- hace poco dejó París luego de más de 10 años allá radicado, en donde imagino su preocupación por su familia, sus amigos y conocidos. Pensar que el dolor ajeno no es de nuestro interés por las distancias, por las riquezas, por las diferencias, porque a ellos quizás nosotros no les importamos o porque primero (y lo único) es lo propio, es como quien no denuncia el maltrato a una mujer porque es la del vecino, o quien no denuncia que golpean a un niño porque no es cercano. La indiferencia, la insensibilidad y el odio tienen todos el mismo rostro. Tanto dolor en Colombia sólo nos ha dejado la queja sin acción y el dar la espalda a lo que parece que no nos toca.
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