Ni siquiera


Las lágrimas que todos los días se forman. Aveces brotan, aveces se mantienen hirviendo adentro. Todas las imágenes de aquello que fue y todos los sueños de aquello que pudo ser y no será. Porque la vida sólo empuja cuerpos muertos. Vidas muertas. Dolores que envenenan toda la sangre, dolores de siempre, dolores de todos. En la edad que sea, en el sitio que sea. Miedo a no poder cumplir lo propio, miedo a incumplir lo dicho al ajeno, miedo a ignorar y saber que el olvido llega despacio a todas las promesas y cada sueño feliz. Una niebla que cubre los caminos y se posa y hunde y no deja respirar. Las gargantas gritan asolas. Perdidas. No saben quiénes son, no saben en dónde están, no saben de sus mañanas ni del sol ni del mar tibio. Sólo saben de lamentos, de hordas de asesinos, de árboles sin hojas. La incertidumbre. No poseer siquiera el retrato de la daga que llegará sin duda. No ser dueños siquiera de la pesadumbre porque llega temprano, mira a los ojos y se instala para siempre con la existencia hueca, vacía de todo, la nada que llega al ser a ser eso: nada. Un nada, una nada. Yo, tú, las madres, los hijos. En la roca que se ata al tobillo, en la herida que se pisa al ir a trabajar, en la puerta que rompe la llave una noche fría, en el cuerpo viejo abandonado en la sala. El mundo que sólo pide y chupa y nosotros que sólo  pedimos y chupamos. Somos ese dolor, esa pesadumbre, el veneno de nuestra sangre, las lágrimas afiladas, las vidas muertas y cada uno de los muertos. Somos nuestra desgracia y aveces, borrachos de vida, en la mentira sonreímos. Nos somos perdidos y al encontrarnos moribundos jóvenes y bellos nos perdemos en el óxido y la fealdad.
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