Montag.


Me voy a ese patio en el que nada encuentro,
en el que nada queda ya. Ese afuera que me duele adentro.

Ya nada es mío: me digo. Y me respondo: ya nada es nuestro. En el centro
de esta fascinerosa ilusión me destierro. Me lloro y me reencuentro.

Todo se echó a perder. Todo se desgastó. Ya nada tiene encanto.
Así limpio la cruz vieja y me padezco y me sufro entretanto.
Así me quedo de pie frente a este frío y frente a este llanto.

Llueve. Llueve la tristeza que ahora sí aparece y alumbra.
Sumergida en esa mentira cruel que es la vida y su penumbra.

Ah cómo me engañaste con tu fruta primera, sileciosa condena. Culebra.
Pues no me queda más que este rastro de lo que fui, que esta delgada hebra.

Tan sólo espero que el sueño profundo sea aquel soplo divino que a la agonía sacuda.
¡Que venga a mí la final condena, que venga a estas manos, que ya a mí acuda!

Y que limpie de todo mañana este irrespirable incienso y esta tenebrosa duda.
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