Unas lágrimas atascadas. Un trepidar de la nada. Gritos a la brisa y al smog. Sin razón se abren los ojos todas las mañanas con heridas que supuran todas las vidas y una única calma. El cuarto siempre está cerrado y el cemento aturde ahí afuera en donde las preguntas se olvidan. Duelen más los dolores cuando no tienen sombra ni nombre.
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Luego de tomarme un tinto, de ir al baño y volver, de sacar la basura, de peinar al gato -¿se peinan los gatos?-, arreglar la gotera, de llamar a cobrar, quitarle los pelos a la alfombra y comprar debajo del puente lo que encima de él huele y que tiene nombre y apodo y hasta castigo, yo diría que...