4 de abril de 2009

Ado.

Vino masculino y me dijo: soy un ado. Se me cayó la hache. Mi voz grave me hace o.

Me escondí bajo las sábanas pensando: debí cerrar la ventana.

Se acercó quedito, quedito. Apenas tecleando la alfombra. Y oh que canta la sentencia desgraciada: la desgracia: serán tus acciones, el movimiento falaz del verbo.

Se fue y nunca supe qué se quedó.

Y en adelante: cuando me busco siempre me encuentro ocupado, comiendo helado porque ando trabado. Y he esperado la hora última cuando me sienta feliz de haber no-estado. Y de verme llevado a la tierra de olvido donde aún nada he pagado.

Es ya tarde. Estoy cansado. Olvidado. Mamado.

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Luego de tomarme un tinto, de ir al baño y volver, de sacar la basura, de peinar al gato -¿se peinan los gatos?-, arreglar la gotera, de llamar a cobrar, quitarle los pelos a la alfombra y comprar debajo del puente lo que encima de él huele y que tiene nombre y apodo y hasta castigo, yo diría que...