Vino masculino y me dijo: soy un ado. Se me cayó la hache. Mi voz grave me hace o.
Me escondí bajo las sábanas pensando: debí cerrar la ventana.
Se acercó quedito, quedito. Apenas tecleando la alfombra. Y oh que canta la sentencia desgraciada: la desgracia: serán tus acciones, el movimiento falaz del verbo.
Se fue y nunca supe qué se quedó.
Y en adelante: cuando me busco siempre me encuentro ocupado, comiendo helado porque ando trabado. Y he esperado la hora última cuando me sienta feliz de haber no-estado. Y de verme llevado a la tierra de olvido donde aún nada he pagado.
Es ya tarde. Estoy cansado. Olvidado. Mamado.
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