Amanece, pronto. Sale. Se esconde.
Se esconde. Sale. Anochece, pronto.
Era el chontaduro. Eran todas las frutas, el agua dulce y el verde (el dulce verde) y aquél azul...
Era el aire que se estrellaba en las tormentas. Las noches y los caminos, los silencios, las palabras. Eran todos pero...era ninguno.
Era sólo uno:
era La Guanábana.
Era, de las noches, el requerimiento de ni siquiera una sola sábana.
Eso era.
Es ahora de esa existencia, de cuerpo -se me dijo- ninguno, un largo e inexorable ayuno.
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Luego de tomarme un tinto, de ir al baño y volver, de sacar la basura, de peinar al gato -¿se peinan los gatos?-, arreglar la gotera, de llamar a cobrar, quitarle los pelos a la alfombra y comprar debajo del puente lo que encima de él huele y que tiene nombre y apodo y hasta castigo, yo diría que...