Tengo esa vergüenza feliz. Y hasta dolorosa. Pero sonrío. Me veo cantando y tomando vino y hasta cerveza. Pensando que todo se puede y que menos mal pude de nuevo. Ahora tarareo y tengo la sonrisa tonta que, claro, se irá mañana. No importa. Me soy feliz ya. Me quedo aquí encerrado en este pequeño cuarto sin baldosa donde todo parece un suspiro. Todo se va. ¿Cuántos y cuántas habrán aquí estado y llorado y hecho de estas paredes mudos testigos de encuentros fortuitos? Muchos. Todos. Yo.
Me cuento.
Y qué bueno fue.
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