Los incendios que se vienen cojos a mi encuentro, apenas si pueden arrastrarse en sus llamas, en las cenizas que dejan por ahí. El calor cocina mis ojos y hierve mis lágrimas.
Las calles son las ollas de una sopa de gente y perros y gatos, insectos y aves. El cucharón que baila invisible nos agita al ritmo de la sazón universal. Nos salan estrellas fortuitas, pedazos de roca que caen.
Y ya nos sirven humeantes en este plato azul. En esta bóveda celeste con asas blancas.
El comedor está listo y el comensal se alista. Listo un pollo, listo el pollo, listo un pescado, lista la papa, listo un maduro, listo el señor.
Yo me unto en mi jugo y me ensalzo y me hundo para saber mejor.
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